domingo, 12 de abril de 2015

2 Corintios 10:4


Un águila no pelea contra una serpiente en la tierra. La atrapa y la sube a los aires y la deja caer. Una serpiente no tiene aguante, poder o balance en el aire. En el aire es vulnerable, inútil y débil a diferencia de cuando está en la tierra que es peligrosa y poderosa.

No luches tus batallas con herramientas humanas. Ni caigas en la trampa de bajar de nivel. Remóntate a las alturas en las alas del Espíritu y deja que Dios pelee tus batallas.

¡Gracia y Paz!

Osman Florian

No temas, sólo ora



Isaías 43:2
Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo, y si por los ríos, no te anegarán; cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará.

Lamentaciones 3:22


Gálatas 6:8


Proverbios 19:3


Mateo 12:34-37



Un corazón dispuesto para Dios es el de un Creyente que es obediente por sobre todas las cosas. Es el de una persona honesta y fiel, que pone en primer lugar la palabra y la voluntad de Dios.

Esto es muy importante en nuestra vida cristiana, pues lo que guardemos en nuestro corazón se manifestará en todas nuestras acciones, ya que “de la abundancia del corazón habla la boca”. Nuestro corazón es el lugar donde existe la fuerza de la vida, el motor que mueve nuestras acciones. Así lo dice Proverbios 4:23: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”.


¡Gracia y Paz!

Salmo 86:11


Hebreos 4:16


Romanos 12:9-11 NTV


Proverbios 5:3-4 NTV


sábado, 11 de abril de 2015

CONFIEMOS NUESTRA VIDA EN LAS MANOS DE AQUEL QUE ES GRANDE EN PODER, GRANDE EN AMOR Y GRANDE EN MISERICORDIA


¿LA GRANDIOSA MAJESTAD E INFINITA SANTIDAD DE DIOS TE PRODUCEN CONVICCIÓN DE PECADO?


Isaías 6:1-7
“En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Señor de los ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”.

¿Has estado alguna vez delante de la fama y la grandeza? Tal vez le has estrechado la mano a un líder mundial. Quizás has estado cerca de un atleta famoso. O puede que un escritor de mucho éxito te haya firmado un libro. Estar cerca de personas muy famosas es muy emocionante. Los has visto por televisión y has leído acerca de ellos en los periódicos, ¡pero ahora estás en su presencia! Eso puede hacerte temblar. Sin embargo la realidad es que no debía ser así, pues todos ellos son gente común y corriente. Es posible que hayan hecho algo grande, pero en el fondo todos son seres humanos como tú y como yo. A los ojos de Dios son pecadores que necesitan la gracia del único a quien verdaderamente podemos llamar grande: nuestro Dios todopoderoso.

En la escritura de hoy, mientras adoraba ante el altar del incienso, el profeta Isaías recibió una visión y vio al Señor reinar como Dios soberano sobre su reino. Entonces exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Señor de los ejércitos”. La grandiosa majestuosidad e infinita santidad de Dios produjeron en el profeta una profunda convicción de pecado que lo llevó a confesar su miseria y su inmundicia.

Ciertamente esta debía ser la actitud normal de cualquier ser humano ante la santa presencia de Dios. Sin embargo con frecuencia las personas actúan con irreverencia delante del Señor, y por otro lado se inclinan ante la supuesta grandeza de otras personas que se encuentran en niveles sociales más elevados. Por ejemplo, todo aquel que alguna vez en su vida tiene el enorme privilegio de visitar a la reina Isabel de Inglaterra (y son muy pocos) debe seguir el siguiente protocolo:


  1. El visitante jamás debe hablar primero; siempre debe esperar a que la reina le dirija la palabra.
  2. Nunca debe preguntar nada a su majestad real, debe limitarse a contestarle.
  3. En su primera respuesta tiene que añadir las palabras “Su majestad”.
  4. Al retirarse, nunca debe darle la espalda a la reina.

La Biblia dice en Hebreos 4:16: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”. Es decir, sin ningún protocolo especial, con toda confianza podemos llegarnos hasta el trono de la gracia de Dios y recibir de él la gracia y la misericordia que necesitamos en ese momento. No obstante que él es el Rey de reyes y el Señor de señores, no tenemos que usar títulos de la nobleza al dirigirnos a él. Sólo necesitamos un corazón humilde reconociendo, como el profeta Isaías, nuestra miseria y la infinita santidad de nuestro Creador. Jesús nos dijo que le llamáramos simplemente “Padre Nuestro”. Así se establece una relación de amor y de respeto, y al mismo tiempo de absoluta confianza para llegarnos a él y traer nuestras cargas y nuestras necesidades.

Confía tu vida en las manos de Aquel que es grande en poder, grande en amor y grande en misericordia. Conoce y disfruta de la verdadera grandeza que existe solamente en Dios, buscando su rostro en oración cada día, y deleitándote en su santa presencia.

ORACIÓN:
Dios grande y poderoso, Rey de reyes y Señor de señores, me postro delante de tu santa presencia para adorarte como sólo tú mereces. Gracias por el privilegio que has dado a tu pueblo de acercarnos confiadamente a tu trono, y recibir tu amor y tu socorro. Por Cristo Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla

viernes, 10 de abril de 2015

SIN AFECTO NATURAL, INPLACABLES...



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¿ESTÁS TOMANDO EN CUENTA LAS ADVERTENCIAS DE DIOS?


Génesis 19:12-14
“Y dijeron los varones a Lot: ¿Tienes aquí alguno más? Yernos, y tus hijos y tus hijas, y todo lo que tienes en la ciudad, sácalo de este lugar; porque vamos a destruir este lugar, por cuanto el clamor contra ellos ha subido de punto delante de Yahweh; por tanto, Yahweh nos ha enviado para destruirlo. Entonces salió Lot y habló a sus yernos, los que habían de tomar sus hijas, y les dijo: Levantaos, salid de este lugar; porque Yahweh va a destruir esta ciudad. Mas pareció a sus yernos como que se burlaba”.

La historia de la destrucción de Sodoma y Gomorra es muy conocida por todos. Dios reveló a Abraham que destruiría estas dos ciudades porque su pecado era muy grave (Génesis capítulo 18). Abraham intercedió por los justos de la ciudad, y Dios le contestó que no la destruiría si encontraba diez justos en la ciudad. Lamentablemente ni siquiera diez justos había, pues el Señor decidió enviar dos ángeles con la misión de demoler aquel lugar. El pasaje de hoy nos muestra una conversación de los dos ángeles con Lot, el sobrino de Abraham. Dice que los varones le dijeron a Lot que sacara a su familia de la ciudad, porque la iban a destruir. Lot avisó a sus yernos, pero éstos pensaron que él bromeaba, es decir no creyeron la advertencia del suegro; así que Lot marchó solo con su esposa y sus hijas. Después que ellos estuvieron fuera, Dios envió una lluvia de fuego y azufre que incineró completamente ambas ciudades con todos sus habitantes (Génesis 19:24-25).

Muchos siglos después, respondiendo preguntas a un grupo de fariseos acerca de cuándo habría de venir el reino de Dios, Jesús hizo referencia a estos acontecimientos, y les dijo: “Asimismo como sucedió en los días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste” (Lucas 17:28-30). El día que Jesús regrese a la tierra sucederá algo similar a lo que sucedió en Sodoma. Y al igual que los yernos de Lot, muchos no creerán en esta advertencia y correrán la misma suerte. Otros creerán, como creyó Lot, y se librarán de la condenación.

Hace años un barco que pasaba por debajo de un puente en la ciudad de Saint Petersburgh, Florida, golpeó accidentalmente una de sus columnas y ésta se quebró, haciendo que parte del puente cayera al vacío. Era de noche y varios automóviles que en ese momento trataban de cruzar el puente, sin percatarse de lo que había sucedido, cayeron al mar. Un automovilista que venía a corta distancia se dio cuenta y pudo frenar a tiempo. Enseguida se bajó de su auto, y comenzó a hacer señas a los que se acercaban para que se detuvieran, pero ninguno hizo caso, quizás pensando que él estaba pidiendo algún tipo de ayuda. Continuaron su camino y este hombre, con horror, pudo ver como uno a uno esos vehículos caían al vacío. Finalmente algunos se dieron cuenta y comenzaron a detenerse antes de llegar al enorme hueco en el puente. Muchos años después, aquel hombre no había podido borrar de su mente aquella escena tan trágica de automóviles cayendo al mar y sus ocupantes muriendo ahogados, sólo por no hacer caso a la voz que los alertaba del peligro.

La Palabra de Dios advierte al mundo del peligro del pecado, y es clara en cuanto a las consecuencias del mismo: condenación eterna. Pero también nos habla de una esperanza en Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Esta esperanza es para los que creen que Jesús es el Hijo de Dios, quien murió en la cruz con el fin de pagar la deuda de nuestros pecados, y después resucitó venciendo a la muerte. A los demás, aquellos que no creen, les espera la muerte eterna. Así dice Juan 3:18: “El que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”. Como cristianos, es nuestro deber hablar al mundo del inmenso amor de Dios, y la salvación a través de Jesucristo. Y también debemos advertirles acerca del peligro de no creer.

ORACIÓN:
Bendito Dios que estás en los cielos, te ruego me des discernimiento para entender espiritualmente esta enseñanza, y sabiduría para transmitirla a aquellos que no te conocen, de manera que puedan ver claramente el peligro al cual se están enfrentando. Te lo pido en el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!

Dios te Habla