sábado, 4 de octubre de 2014

ORACIÓN

No es suficiente reconocer que hay que hacer cambios en nuestras vidas. Es imprescindible creer que la gracia de Dios, a través del sacrificio de su Hijo, es lo único que puede salvarnos de la condenación eterna. Romanos 10:9 dice que “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”. Aceptar a Jesucristo como salvador es el primer paso en nuestro camino al cielo, pero no debemos olvidar que se requieren cambios profundos en nuestros corazones y en nuestras mentes que nos muevan a actuar de manera que nuestro testimonio glorifique el nombre de Dios. Con este fin el Espíritu Santo viene a morar en nuestros corazones. Nuestra parte consiste en alimentar nuestro espíritu por medio de la oración y estudio de la Palabra de Dios diariamente. Así creceremos en el aspecto espiritual hasta que lleguemos “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, como dice Efesios 11:13.

ORACIÓN:
Amoroso Padre celestial, te doy gracias por el inmenso sacrificio de tu amado Hijo; y aunque soy inmerecedor de tan grande redención, te ruego me ayudes a entender tu infinita gracia y a rendirme a la acción transformadora de tu Santo Espíritu. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!

¿VIVES UN CRISTIANISMO INCOMPLETO?



¿VIVES UN CRISTIANISMO INCOMPLETO?

Hechos 19:1-5
“Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Efeso, y hallando a ciertos discípulos, les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan. Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús”.

Esta escritura nos dice que, durante su tercer viaje misionero, el apóstol Pablo llegó a la ciudad de Efeso. Allí Pablo halló un pequeño grupo de discípulos, a los cuales preguntó: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” Ellos contestaron que ni siquiera habían oído que existía el Espíritu Santo. Estos hombres habían recibido el bautismo de Juan el Bautista. La predicación de Juan era una advertencia a todos de lo que les pasaría si no se arrepentían de sus pecados, pero no incluía las buenas nuevas de salvación que más tarde conocerían a través de la predicación de Jesús. Juan estaba creando las condiciones para lo que vendría después. Así como dijo el profeta Isaías unos ocho siglos antes: “Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas” (Isaías 40:3). Por eso Juan anunció a todos: “Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo” (Marcos 1:7-8).

Cuando reconocemos que, producto de nuestros pecados, somos merecedores de la condenación eterna damos el primer paso hacia nuestra liberación pero no es suficiente, pues entonces nos esforzamos en comportarnos mejor pero inevitablemente fracasamos porque tratamos de hacerlo por nosotros mismos, lo cual es imposible. Entonces caemos en un estado de frustración y desesperanza. Es como escuchar de labios del médico el diagnóstico de una terrible enfermedad sin que al mismo tiempo nos dé la esperanza de que exista un tratamiento para su cura. Aquellos discípulos conocían las consecuencias de sus pecados, pero no la gracia de Cristo ni el poder del Espíritu Santo. Su “religión” era una lucha que no había alcanzado el momento de la paz.

En esta situación estaban aquellos hombres cuando Pablo les habló de aquel a quien Juan el Bautista les había anunciado como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Fue entonces que creyeron en el Señor Jesucristo y en su nombre fueron bautizados, recibiendo el Espíritu Santo. Más adelante dice que Pablo continuó predicando y enseñando la Palabra de Dios “por espacio de dos años, de manera que todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús” (Hechos 19:10). El poder de la Palabra de Dios y del Espíritu Santo se manifestó plenamente sobre la doctrina incompleta que existía entonces en aquella región. Desde entonces comenzaron a manifestarse cambios en la iglesia.

Es necesario entender que, aunque es muy importante, no es suficiente reconocer que hay que hacer cambios en nuestras vidas. Es imprescindible creer que la gracia de Dios, a través del sacrificio de su Hijo, es lo único que puede salvarnos de la condenación eterna. Romanos 10:9 dice que “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”. Aceptar a Jesucristo como salvador es el primer paso en nuestro camino al cielo, pero no debemos olvidar que se requieren cambios profundos en nuestros corazones y en nuestras mentes que nos muevan a actuar de manera que nuestro testimonio glorifique el nombre de Dios. Con este fin el Espíritu Santo viene a morar en nuestros corazones. Nuestra parte consiste en alimentar nuestro espíritu por medio de la oración y estudio de la Palabra de Dios diariamente. Así creceremos en el aspecto espiritual hasta que lleguemos “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, como dice Efesios 11:13.

ORACIÓN:
Amoroso Padre celestial, te doy gracias por el inmenso sacrificio de tu amado Hijo; y aunque soy inmerecedor de tan grande redención, te ruego me ayudes a entender tu infinita gracia y a rendirme a la acción transformadora de tu Santo Espíritu. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla


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viernes, 3 de octubre de 2014

¿TIENES PROBLEMAS CON LA IRA?



Efesios 4:26, 27
“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo”.

En relación a la ira, un artículo de una importante revista dice: “La ira puede mover las pasiones contra el mal y operar con la fuerza y la eficacia de un instinto si está asociada con un carácter santo. En este caso es buena y es eficaz, pero si está relacionada con la maldad se vuelve pecaminosa. Bajo la inspiración de una naturaleza santa puede brillar con una potencia maravillosa contra el mal, la falsedad y el deshonor; pero bajo el control de un espíritu malvado puede llegar a causar daños irreparables en muchas vidas”. La ira es, sin duda, un sentimiento que puede ser un arma de doble filo.

La escritura de hoy establece claramente que, en ciertas circunstancias, la ira tiene un lugar en la vida del cristiano. De hecho, la falta de ira podría ser una indicación de debilidad espiritual. La Biblia nos dice en el Salmo 145:8: “Clemente y misericordioso es el Señor, lento para la ira, y grande en misericordia”. El salmista afirma que aunque la bondad y la misericordia de Dios retardan la manifestación de su ira, llega un momento en que el Señor expresa su coraje ante la maldad, la injusticia y el pecado del hombre. El Salmo 106 nos habla acerca de la rebeldía del pueblo de Israel. Dice el versículo 29 que ellos “provocaron la ira de Dios con sus obras, y se desarrolló la mortandad entre ellos”.

También Jesús, en ocasiones se llenó de ira. Por ejemplo, en Mateo 21:12-13 dice: “Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”. Jesús se encoleriza ante la actitud blasfema de aquellos mercaderes y sin ocultar su ira los echa del templo (en Juan capítulo 2 dice que usó un azote de cuerdas). ¡Sin duda Jesús estaba muy molesto! Sin embargo, el versículo siguiente dice: “Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó”. Es decir, inmediatamente después de haberse airado, y habiendo echado a los mercaderes del templo, vinieron a Jesús unos ciegos y unos cojos, y él los sanó. Una vez mostró su ira cuando había que enojarse, Jesús de inmediato está en control de sus emociones y dispuesto a mostrar su amor y su compasión por aquellos que venían a él en busca de sanidad.

Una ira santa producida por injusticia o maldad, acompañada de un deseo sincero de que se haga la voluntad de Dios es tanto sana como efectiva. Pero airarse contra alguien por un resentimiento personal o envidia constituye un pecado. Y puede traer muy malas consecuencias. Por eso no debemos permitir que se acumulen en nuestro corazón resentimientos contra alguien que nos ha ofendido, los cuales pueden crear raíces de amargura que afectan nuestro comportamiento hacia los que nos rodean. La Biblia nos alerta acerca de esto en Hebreos 12:15: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados”. Para evitar esto, el pasaje de hoy nos aconseja: “No se ponga el sol sobre vuestro enojo”. Es decir, antes que termine el día debemos deshacernos de todo sentimiento de enojo.

Si no puedes controlar tus emociones y sientes que la ira te está empujando a pecar, arrodíllate y clama al Señor buscando su fortaleza y el dominio propio que viene de su Santo Espíritu. Recuerda: “No des lugar al diablo”. Dios tomará control de la situación, llenándote de su paz y su gozo, mientras se encarga de aquellos que conspiran para hacerte daño. Así lo expresa Romanos 12:19: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”.

ORACIÓN:
Padre santo, reconozco que muchas veces no puedo controlar mis emociones y me dejo invadir por sentimientos de ira que no glorifica tu nombre. Te ruego arranques de mi corazón todo enojo o rencor y me llenes con tu paz y tu amor, para que mi testimonio glorifique tu santo nombre. En Cristo Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla

ORACIÓN



ORACIÓN:
Padre santo, reconozco que muchas veces no puedo controlar mis emociones y me dejo invadir por sentimientos de ira que no glorifica tu nombre. Te ruego arranques de mi corazón todo enojo o rencor y me llenes con tu paz y tu amor, para que mi testimonio glorifique tu santo nombre. En Cristo Jesús, Amén.

Si no puedes controlar tus emociones y sientes que la ira te está empujando a pecar, arrodíllate y clama al Señor buscando su fortaleza y el dominio propio que viene de su Santo Espíritu. Recuerda: “No des lugar al diablo”. Dios tomará control de la situación, llenándote de su paz y su gozo, mientras se encarga de aquellos que conspiran para hacerte daño. Así lo expresa Romanos 12:19: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”.


¡Gracia y Paz!

miércoles, 1 de octubre de 2014

¿HAY EN TU VIDA ALTIVEZ Y ARROGANCIA?




¿HAY EN TU VIDA ALTIVEZ Y ARROGANCIA?

2 Crónicas 7:14, 15
“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra. Ahora estarán abiertos mis ojos y atentos mis oídos a la oración en este lugar”.

La palabra “humillación” generalmente causa un efecto negativo en nosotros. A todos nos molesta enormemente ser humillados sobre todo si estamos frente a un grupo de personas. “¡Qué vergüenza! ¡Cómo han podido hacerme esto a mí! ¡Me han herido! ¡Me han ofendido!”, exclamamos con dolor y muchas veces con coraje. En mayor o menor grado todos reaccionamos de esta manera. Es lo común en los seres humanos. Sin embargo, Dios nos pide que nos humillemos como requisito para escuchar nuestras oraciones y perdonar nuestros pecados y sanar nuestra tierra. ¿Acaso Dios quiere herirnos u ofendernos? ¡Desde luego que no! Él nos ama con amor eterno, y sólo quiere lo mejor para nosotros. Esto nos dice su palabra.

Para entender el propósito que Dios tiene cuando requiere que nos humillemos delante de él, es necesario remontarnos al principio de la creación cuando Adán y Eva vivían en constante comunión con su Creador. Eran tiempos felices, y Adán y Eva recibían día tras día todo lo que necesitaban física, material, emocional y espiritualmente en el huerto del Edén, conforme a lo que Dios les había prometido. Pero también el Señor les había advertido que del árbol de la ciencia del bien y del mal no debían comer, "porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Desde un principio Dios estableció que la relación entre él y el hombre sería una relación de amor mutuo. Él les mostraría su amor a ellos bendiciéndolos y supliendo todas sus necesidades, y ellos corresponderían a su amor por medio de la obediencia. Así dijo Jesús en Juan 14:21: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama”.

Además, Adán y Eva no tenían conocimiento del bien o del mal, por lo tanto en cada decisión que tomaban dependían totalmente de Dios. Era una relación perfecta, planeada por Dios. Por eso el Señor les prohibió que comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal. Pero la serpiente (Satanás) era muy astuta, y se las ingenió para interrumpir el plan de Dios. Sutilmente engañó a Eva y esta comió del fruto prohibido, y dio a Adán, el cual también comió. Al comer de la fruta prohibida, Adán y Eva desobedecieron a Dios creando una separación con aquel que se los había dado todo, y rompiendo la dependencia que tenían de él.

Desde ese momento un espíritu de arrogancia y de soberbia se apoderó de ellos, y se consideraron a sí mismos como dioses capaces de dirigir sus vidas y tomar sus propias decisiones. Ese espíritu de orgullo ha pasado de generación en generación hasta nuestros días, y constituye un obstáculo en nuestra relación con Dios. Nos consideramos autosuficientes, no consultamos con nuestro Padre celestial antes de tomar decisiones, no dependemos de él en la manera en que él desea que lo hagamos con el fin de bendecirnos abundantemente.

Es necesario deshacernos de ese espíritu, es imprescindible que bajemos de ese pedestal que se creó aquel nefasto día en que la desobediencia apareció en el Edén. Se requiere que reconozcamos nuestra soberbia y vengamos arrepentidos delante del Señor. Eso es “humillarse”, simplemente bajar al nivel que nos corresponde, reconociendo nuestra miseria y bajeza ante la infinita santidad y majestuosidad del Rey del Universo. Eso es todo lo que Dios requiere para perdonar nuestros pecados, que seamos humildes, nos arrepintamos y busquemos su dirección dependiendo de él como al principio de la Creación. Para mantener este comportamiento y por lo tanto una íntima comunión con el Señor, es necesario que cada día de tu vida busques su rostro en oración, leas su santa palabra y medites en ella.

ORACIÓN:
Padre santo, reconozco que he sido altivo y arrogante y me he considerado autosuficiente al punto de ignorarte al tomar decisiones por mi propia cuenta. Te ruego me perdones y arranques de mí todo vestigio de soberbia. Ayúdame a humillarme delante de ti y reconocer que para vivir en victoria tengo que depender totalmente de ti. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!

Dios te Habla

ORACIÓN

Para que Dios perdone nuestros pecados, se requiere que reconozcamos nuestra soberbia y vengamos arrepentidos delante de Él. Eso es “humillarse”, simplemente bajar al nivel que nos corresponde, reconociendo nuestra miseria y bajeza ante la infinita santidad y majestuosidad del Rey del Universo. Eso es todo lo que Dios requiere, que seamos humildes, nos arrepintamos y busquemos su dirección dependiendo de él como al principio de la Creación. Para mantener este comportamiento y una íntima comunión con el Señor, es necesario que cada día de nuestra vida busquemos su rostro en oración, leamos su santa palabra y meditemos en ella.


martes, 30 de septiembre de 2014

¿ESTÁS DEJANDO QUE EL ESPÍRITU SANTO CONTROLE TU VIDA?



¿ESTÁS DEJANDO QUE EL ESPÍRITU SANTO CONTROLE TU VIDA?

Gálatas 5:16-23
“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”.

Con frecuencia escuchamos noticias acerca de renombrados políticos o exitosos hombres de negocios que, siendo casados, han sido descubiertos teniendo una relación fuera del matrimonio. La mayoría de ellos llevaban muchos años de casados, es decir tenían hogares largamente establecidos. Pero estos hogares fueron totalmente destruidos al conocerse públicamente la “doble vida” que ellos llevaban. ¡Cuántas dificultades y obstáculos habrán tenido que vencer para llegar a la posición a la que llegaron! ¡Y de repente todo se fue por la borda! La pregunta que muchos se hacen es: “¿Qué fuerza movió a estos hombres a actuar de esta manera que los llevó a destruir sus vidas y las de sus respectivas familias?”

Con toda seguridad, tiempo atrás, cada uno de ellos se encontró en una situación en la que les resultaba fácil tener una relación fuera de sus respectivos matrimonios, y los deseos sexuales los empujaban a cometer adulterio. Finalmente cada uno de ellos decidió satisfacer los “deseos de la carne”, y a la corta o a la larga tuvieron que sufrir las consecuencias. En el pasaje de hoy, el apóstol Pablo advierte claramente a los cristianos de las iglesias de Galacia que esto es algo que no deben hacer, sino más bien todo lo contrario. “Andad en el Espíritu”, les dice, “y no satisfagáis los deseos de la carne”. Estos “deseos de la carne” están contra el Espíritu de Dios porque son parte de nuestra corrupta naturaleza humana, y son alimentados por espíritus diabólicos que buscan la destrucción y la muerte del ser humano. Pablo menciona una lista de las obras que resultan de satisfacer estos deseos, entre ellas “adulterio, fornicación, inmundicia…” y muchas más “semejantes a estas”. Y entonces una fuerte advertencia: “Los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”.

La otra alternativa que tiene el ser humano es “andar en el Espíritu”, lo cual implica renunciar a sus propios deseos, rendirse a la autoridad de Cristo y permitir que el Espíritu Santo controle sus acciones. Esto es algo que está totalmente opuesto a lo más intrínseco de la naturaleza humana, y por lo tanto es imposible de llevar a cabo por nuestras propias fuerzas. Se requiere una fuerza sobrenatural a la que sólo tenemos acceso por medio de la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas.

Por ejemplo, cuando Jesús fue arrestado por los soldados romanos en el huerto de Getsemaní, “todos los discípulos, dejándole, huyeron” (Marcos 14:50). Sin duda la naturaleza carnal los movió a poner sus propias vidas en primer lugar y huir del peligro. Pero cuando Jesús resucitó y se presentó ante ellos, comenzaron a haber cambios profundos en sus vidas. Y cuando fueron llenos del Espíritu Santo en Pentecostés, la transformación de estos hombres fue completa. Predicaron la palabra de Dios, se enfrentaron con valor a amenazas de muerte, sufrieron torturas, cárcel y todo tipo de humillaciones, y permanecieron fieles al Señor aun a costa de sus propias vidas.

¿Qué te mueve a actuar en tu vida? ¿Son tus acciones obras de la carne? Si es así, estás actuando en contra de la voluntad de Dios, y lo que te mueve no es el Espíritu de Dios. Acércate, pues, al Señor, busca su rostro, humíllate, confiesa tus pecados y el Dios en su infinita misericordia te limpiará completamente. Este es el primer paso para que el Espíritu Santo tome control de tus actos y su fruto se manifieste en tu vida.

ORACIÓN:
Padre santo, te ruego me ayudes a obedecer tu palabra y que sea tu Espíritu Santo quien me mueva en todo lo que hago, y aun en lo que hablo y hasta en lo que pienso. Te lo pido en el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!

Dios te Habla

SALMO 13

Salmo 13
“¿Hasta cuándo, Yahweh? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? ¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma, con tristezas en mi corazón cada día? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí? Mira, respóndeme, oh Yahweh Dios mío; alumbra mis ojos, para que no duerma de muerte; para que no diga mi enemigo: Lo vencí. Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara. Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación. Cantaré a Yahweh, porque me ha hecho bien”.

La inseguridad no es algo que simplemente se confiese y automáticamente desaparezca. Más bien es una condición que debe ser confrontada por un período de tiempo más o menos largo. Sobre todo la persona que tiene este problema debe tomar la decisión de confiar en lo que Dios ha prometido y no en lo que el enemigo trata de hacerle creer. David estaba pasando por momentos de gran inseguridad e incertidumbre en su vida. Al describir su situación, en el pasaje de hoy, se muestra temeroso e impaciente ante la supuesta “tardanza” de Dios para acudir en su ayuda. Sin embargo, en medio de su ansiedad, su corazón (que “era conforme al corazón de Dios”) le recuerda que, independientemente de lo difícil de la situación, siempre debía confiar en el Señor. Por eso pudo decir con toda seguridad: “Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación” Esta expresión implica seguridad, no en él mismo, no en las circunstancias, no en la suerte, sino en el Dios de amor y misericordia que todo lo puede. Y anticipando esta salvación termina exclamando: “Cantaré a Jehová, porque me ha hecho bien”. Este salmo comienza con un lamento pero termina con una canción.


¡Gracia y Paz!

sábado, 27 de septiembre de 2014

¿QUIÉN ES JESÚS PARA TI?



¿QUIÉN ES JESÚS PARA TI?

Mateo 1:18-21
“El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”

Para muchos, “Jesús” es simplemente el nombre de un hombre, quizás un gran hombre. Otros piensan que fue un profeta muy famoso. Algunos creen que fue un gran maestro moral. Muchos creen que es el nombre del Mesías, el hombre que vino enviado por Dios a salvar el mundo. Y esto es cierto. Pero, ¿nada más? Para nosotros, los cristianos, Jesús es mucho más que todo esto. Él es Dios mismo encarnado en la persona del Hijo. En Juan capítulo 14, cuando Felipe le pidió al Señor que le mostrara al Padre, Jesús le dijo: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?”

En la gloria, donde estaba desde antes de la creación del mundo, el Hijo de Dios no tenía nombre de hombre. Pero, al ser manifestado en carne recibió uno. En la escritura de hoy, un ángel dijo a José que María, su mujer, estaba embarazada; “y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús”. En el idioma hebreo, este nombre significa “el salvador”. En Hebreos 1:4 dice que Jesús fue “hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos”. También dice la Biblia que Dios “le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:9).

En el Antiguo Testamento, cientos de años antes del nacimiento de Jesús, su nombre era motivo de inspiración de profetas y cantores. El profeta Isaías anunció: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6). Y más adelante, Isaías dice: “Oh Señor, te hemos esperado; tu nombre y tu memoria son el deseo de nuestra alma” (Isaías 26:8).

El nombre de Jesús es señal de autoridad y poder para los que en él han creído. Así dijo el Señor: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:17-18). Y el apóstol Pablo escribió lo siguiente en su carta a los Filipenses refiriéndose a Jesús: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11).

Y si nos reunimos en su nombre, podemos tener la completa seguridad de que él estará con nosotros. Así lo prometió en Mateo 18:20: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Y nos ha asegurado que todas nuestras necesidades serán suplidas cuando acudamos al Padre en su nombre. “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Juan 14:13).

No hay otro nombre dado a los hombres que tenga el poder de salvarnos de la condenación eterna y darnos la entrada al cielo. Sólo a través de Jesús, por su muerte en la cruz del Calvario y su posterior resurrección, somos perdonados, justificados y reconciliados con Dios Padre. Si has aceptado a Jesús como tu Salvador, ¡Gloria sea al Señor! Si aun no lo has hecho, y crees en tu corazón todo lo que te ha dicho hoy la palabra de Dios, confiesa ante el Señor tus pecados, arrepiéntete e invita a Jesús a entrar en tu vida, “y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31).

ORACIÓN:
Padre santo, gracias por tu Hijo Jesús y por la salvación eterna que a través de él nos ofreces. Hoy traigo ante tu altar a mis familiares y amigos que no conocen el poder de ese nombre maravilloso que es sobre todo nombre. Bendícelos y envuélvelos con tu amor y tu misericordia. Te lo pido en el nombre poderoso de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!

Dios te Habla

ORACIÓN



No hay otro nombre dado a los hombres que tenga el poder de salvarnos de la condenación eterna y darnos la entrada al cielo. Sólo a través de Jesús, por su muerte en la cruz del Calvario y su posterior resurrección, somos perdonados, justificados y reconciliados con Dios Padre. Si has aceptado a Jesús como tu Salvador, ¡Gloria sea al Señor! Si aun no lo has hecho, y crees en tu corazón todo lo que te ha dicho hoy la palabra de Dios, confiesa ante el Señor tus pecados, arrepiéntete e invita a Jesús a entrar en tu vida, “y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31).

ORACIÓN:

Padre santo, gracias por tu Hijo Jesús y por la salvación eterna que a través de él nos ofreces. Hoy traigo ante tu altar a mis familiares y amigos que no conocen el poder de ese nombre maravilloso que es sobre todo nombre. Bendícelos y envuélvelos con tu amor y tu misericordia. Te lo pido en el nombre poderoso de Jesús, Amén.

viernes, 26 de septiembre de 2014

¿CÓMO ESTÁ TU CORAZÓN?





Salmo 24:3-4
“¿Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño”.

Al escuchar estas preguntas que hace el salmista, todos levantaríamos la mano inmediatamente. ¿Quién no desea estar en “su lugar santo”, cerca de Dios? ¡Realmente es maravilloso estar cerca del Señor! En su presencia "hay plenitud de gozo”, dice el Salmo 16:11; en su presencia hay paz, hay seguridad, hay protección contra todo lo malo de este mundo. Pero no todos pueden llegarse hasta ese lugar santo. La escritura de hoy dice que sólo puede llegar hasta allí el “limpio de manos y puro de corazón”. Todo lo que está relacionado a Dios es limpio y puro, nada sucio o corrupto puede acercarse a donde está el Señor. La suciedad del pecado nos separa de Dios, la limpieza de nuestro corazón nos acerca a él. En el sermón del Monte Jesús enseñó a sus discípulos: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8).

Cuando David cayó en pecado de adulterio al acostarse con Betsabé, mujer de Urías heteo, y más tarde planeó la muerte de éste, perdió el gozo de la presencia de Dios, se sintió sucio de corazón, y se arrepintió quebrantándose amargamente al escribir el Salmo 51. En el versículo 10 David suplica al Señor: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí”. Y más adelante clama: “Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente” (v.12). En medio de su dolor por haberle fallado a Dios, David le pidió un corazón limpio y un espíritu restaurado. Él sabía que esto era necesario para volver a sentir el gozo de la presencia de Dios. Esta es la única manera de tener una relación profunda con el Señor. Por eso el primer paso para una reconciliación del hombre con su Creador es aceptar a Jesucristo y su sacrificio que nos limpia de todo pecado, de toda suciedad, de todo aquello que nos separa de Dios.

La Biblia nos habla de la manera de obtener la purificación de un corazón que no está limpio. Efesios 5:26 nos dice que “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra”. Espiritualmente, nuestros corazones son limpiados cuando utilizamos el detergente del Señor: su Santa Palabra, la Biblia. La palabra de Dios ha sido dada a la humanidad como un libro de enseñanza y un medio para limpiar nuestra suciedad al revelarnos nuestros pensamientos equivocados o una conducta que no glorifica el nombre de Dios. Cuando la Escritura habla a nuestro corazón, el Espíritu Santo nos redarguye, confesamos nuestros pecados y nos arrepentimos; y se produce la limpieza. 1 Juan 1:9 dice que “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Entonces podemos acercarnos “confiadamente al trono de la gracia de Dios” (Hebreos 4:16). Un corazón debe estar limpio para que el Espíritu Santo se manifieste en él, y nos lleve delante de nuestro Padre celestial.

Por eso es tan importante separar un tiempo diariamente en el que leamos la Biblia y oremos. Si es posible temprano en la mañana, al comenzar el día, debemos buscar un momento en el que podamos tranquilamente leer la Palabra de Dios y buscar el rostro del Señor en oración. Por regla general, durante los primeros minutos de oración muchos pensamientos de todo tipo vienen a la mente, pero si insistimos buscando la presencia de Dios, si pedimos al Espíritu Santo que nos lleve hasta él, si nos humillamos ante la infinita santidad de Dios, si nuestro esfuerzo se concentra en una adoración sincera que salga del corazón, pronto vamos a comenzar a sentir una paz profunda, inefable que nos anuncia la entrada a ese lugar santo donde podremos disfrutar plenamente de la presencia del Señor. Es verdaderamente un tiempo precioso que ministra profundamente nuestro espíritu. A medida que lo hagamos día tras día, nos resultará más fácil andar en el Espíritu y vivir en una íntima comunión con Dios.

¡Gracia y Paz!

Dios te Habla

Busquemos por la mañana la presencia de Dios



Busquemos por la mañana la presencia de Dios, pidámosle al Espíritu Santo que nos lleve hasta él. Si nos humillamos ante la infinita santidad de Dios, si nuestro esfuerzo se concentra en una adoración sincera que salga de nuestro corazón, sentiremos una paz inefable y profunda, que nos permita disfrutar plenamente de la presencia del Señor. Es verdaderamente un tiempo precioso que ministra profundamente nuestro espíritu. A medida que lo hagamos día tras día, nos resultará más fácil andar en el Espíritu y vivir en una íntima comunión con Dios.

ORACIÓN:
Padre santo, gracias por el privilegio que me das de llegarme hasta tu trono de gracia. Te ruego que perdones mis ofensas y limpies mi corazón, para que nada interfiera en que yo disfrute de tu santa presencia, y de tu paz, y de tu gozo. En el nombre de Jesús, Amén.


¡Gracia y Paz!

miércoles, 24 de septiembre de 2014

¿PREFIERES SER IMPACIENTE QUE ESPERAR EN DIOS?




Éxodo 23:25-30
“Mas a Jehová vuestro Dios serviréis, y él bendecirá tu pan y tus aguas; y yo quitaré toda enfermedad de en medio de ti. No habrá mujer que aborte, ni estéril en tu tierra; y yo completaré el número de tus días. Yo enviaré mi terror delante de ti, y consternaré a todo pueblo donde entres, y te daré la cerviz de todos tus enemigos. Enviaré delante de ti la avispa, que eche fuera al heveo, al cananeo y al heteo, de delante de ti. No los echaré de delante de ti en un año, para que no quede la tierra desierta, y se aumenten contra ti las fieras del campo. Poco a poco los echaré de delante de ti, hasta que te multipliques y tomes posesión de la tierra”.

En este pasaje, Dios, a través de Moisés, se dirige al pueblo de Israel después de haberlos liberado de la esclavitud en Egipto. Aquí el Señor les habla acerca de los planes de bendición que él tenía para ellos una vez llegaran a la Tierra Prometida: el alimento y el agua no faltarían, habría sanidad total (les dice: “Quitaré toda enfermedad de en medio de ti”); no habría abortos ni mujer estéril, y la protección contra todos los enemigos estaba asegurada. Así dice el v.28: “Enviaré delante de ti la avispa, que eche fuera al heveo, al cananeo y al heteo, de delante de ti”.

En fin, Dios lo tenía todo perfectamente planeado para su pueblo. Pero había un problema: tomaba tiempo, y eso no le gustaba a los israelitas (ni nos gusta a nosotros tampoco). El Señor les dice: “Poco a poco los echaré de delante de ti, hasta que te multipliques y tomes posesión de la tierra”. Quizás los israelitas se preguntaron: “¿Y por qué poco a poco? ¿Por qué no inmediatamente?” El v.29 expresa la razón de la demora: “No los echaré de delante de ti en un año, para que no quede la tierra desierta, y se aumenten contra ti las fieras del campo” ¡Qué interesante! Si Dios echa de allí inmediatamente a los habitantes, aquella tierra quedaría desierta y entonces las fieras del campo se iban a multiplicar y a ocuparla, haciendo difícil la supervivencia de los israelitas. Dios no siempre va a decirnos la razón por la cual se está tomando su tiempo. Y realmente no tiene por qué hacerlo, pues él es soberano y no tiene que rendir cuentas a nadie. Pero nosotros podemos estar absolutamente seguros de que detrás de toda acción de Dios hay una razón perfectamente lógica e irrefutable, ya que “él sabe todas las cosas” (1 Juan 3:20), y además tiene para sus hijos “planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza” (Jeremías 29:11).

Muchas veces Dios nos dice que la cosa es “poco a poco”, pero nosotros la queremos ahora mismo (¡Para luego es tarde!), y además a nuestra manera. Tenemos que aprender a esperar en el Señor, simplemente porque él, en su omnisciencia, conoce el pasado, el presente y el futuro, y nosotros no tenemos idea de lo que va a suceder el próximo minuto. Él tiene toda la información para tomar una decisión correcta, todo el poder para llevarla a cabo y toda la sabiduría para determinar el tiempo perfecto. Por eso debemos confiar en él. El pueblo de Israel no solamente fue impaciente, sino también desobediente. Por eso, los planes que Dios tenía, tan perfectos y preciosos, no se llevaron a cabo hasta que aquella generación rebelde falleció en el desierto.

En su juventud, el rey David expresó en muchos de sus salmos una gran impaciencia, y un deseo urgente de que Dios resolviera sus problemas inmediatamente. Pero, a través de los años llegó a conocer íntimamente al Señor, y siendo un anciano escribió el Salmo 37 en el cual las quejas y la impaciencia dan lugar a la confianza y la paciencia. Dice el versículo 7: “Guarda silencio ante Jehová, y espera en él”. Este es un precioso consejo que nunca debemos olvidar.

Si te parece que tu espera ha sido demasiado larga, puedes tener la absoluta seguridad de que Dios está trabajando y creando las condiciones para que todo se realice de manera perfecta conforme a sus planes. Ciertamente vale la pena confiar y esperar pacientemente en Dios. Dice Hebreos 10:35-36: “No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa”.

ORACIÓN:
Padre santo, te ruego me des paciencia para esperar a que los planes que tú tienes para mi vida se lleven a cabo en tu tiempo. Ayúdame a echar a un lado mi ansiedad y a confiar plenamente en tu propósito para mi vida. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla

martes, 23 de septiembre de 2014

¿SUFRES POR ALGUNA “DEBILIDAD” QUE ESTÁ AFECTANDO TU VIDA?



2 Corintios 12:7-10
“Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”

Hay una cosa que es absolutamente cierta: ningún ser humano es perfecto. Todos tenemos uno, dos o más defectos o “debilidades” con las que tenemos que lidiar. Quizás muchos piensen que están muy bien en el aspecto espiritual, pero a estos la palabra de Dios les advierte: “El que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12). Si te miras honestamente a ti mismo, probablemente podrás identificar lo que tú consideras tu “debilidad”. Puede ser física, o emocional, mental o espiritual. Cualquiera que esta sea, puedes aplicar a tu vida la enseñanza del pasaje de hoy. El primer paso es reconocer la existencia de esa debilidad. Segundo, es muy importante que entiendas que Dios puede tener un propósito con tu “debilidad”. Pablo dice que “el aguijón” en su carne (cualquiera que éste fuese) le fue dado para evitar que él se enalteciera demasiado. Era algo así como medicina preventiva de parte de Dios, quien sabía que si Pablo no dependía de él y se dejaba llevar por su orgullo, esto le traería malas consecuencias.

Debemos estar conscientes de la manera en que nuestra debilidad se manifiesta en nosotros. Por ejemplo, si una persona tiene la tendencia a mentir con mucha frecuencia, un análisis de su mente podría revelar que su verdadero problema es el temor a ser rechazada. Para protegerse a sí misma, se las arreglará para salir de situaciones en las que siente ese temor, mintiendo a diestra y siniestra. Claro que este comportamiento a la corta o a la larga traerá a su vida malas consecuencias. Sin duda no es una buena manera de enfrentar su debilidad, como tampoco lo es ignorarla, o negarla, u ocultarla con diversas excusas. La única manera efectiva de manejar nuestra debilidad es poniéndola en las manos del Señor, y dependiendo totalmente de su gracia.

Entre los intérpretes y comentaristas de la Biblia hay distintas opiniones en cuanto a lo que era “el aguijón” al cual Pablo se refiere en su carta, pero todos están de acuerdo en que era algo que le molestaba, y de lo cual él estaba muy deseoso de librarse. Sin embargo, la respuesta del Señor fue: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Entonces Pablo entendió y pudo decir: “Me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Solamente somos fuertes cuando dependemos del poder de Dios, y este poder se manifiesta al máximo cuando reconocemos nuestra debilidad. Las palabras de Dios al apóstol Pablo deben servir de aliento y fortaleza a todo aquel que cree en la poderosa y maravillosa gracia del Señor.

¿Tienes tú alguna “debilidad” que está afectando tu vida? No sufras, no te desesperes, simplemente tráela delante del Señor. Quizás él no te la quite inmediatamente, pero tan pronto la confieses delante de Dios, su poder se va a perfeccionar en ti, y comenzará un proceso por medio del cual el Espíritu Santo te va a limpiar de todo aquello que no glorifica el nombre de Dios, y tu vida cambiará totalmente. Ten la completa seguridad de que su gracia es más que suficiente para llenar tu corazón de paz y de gozo y darte una vida plena de felicidad.

ORACIÓN:
Mi amante Padre celestial, te ruego me des discernimiento para entender en lo profundo de mi espíritu este precioso mensaje de tu palabra, y me ayudes a aplicarlo en mi vida. Hoy reconozco mi debilidad, y la traigo ante ti con la seguridad de que tu gracia es más que suficiente para darme una vida de victoria. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla

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