sábado, 11 de abril de 2015
¿LA GRANDIOSA MAJESTAD E INFINITA SANTIDAD DE DIOS TE PRODUCEN CONVICCIÓN DE PECADO?
Isaías 6:1-7
“En el año que murió el rey Uzías vi yo al
Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.
Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus
rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba
voces, diciendo: Santo, santo, santo, Señor de los ejércitos; toda la tierra
está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la
voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que
soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de
pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Señor de los
ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón
encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca,
dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu
pecado”.
¿Has estado alguna vez delante de la fama y la grandeza? Tal
vez le has estrechado la mano a un líder mundial. Quizás has estado cerca de un
atleta famoso. O puede que un escritor de mucho éxito te haya firmado un libro.
Estar cerca de personas muy famosas es muy emocionante. Los has visto por
televisión y has leído acerca de ellos en los periódicos, ¡pero ahora estás en
su presencia! Eso puede hacerte temblar. Sin embargo la realidad es que no
debía ser así, pues todos ellos son gente común y corriente. Es posible que
hayan hecho algo grande, pero en el fondo todos son seres humanos como tú y
como yo. A los ojos de Dios son pecadores que necesitan la gracia del único a
quien verdaderamente podemos llamar grande:
nuestro Dios todopoderoso.
En la escritura de hoy, mientras adoraba ante el altar
del incienso, el profeta Isaías recibió una visión y vio al Señor reinar como
Dios soberano sobre su reino. Entonces exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto;
porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que
tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Señor de los ejércitos”. La
grandiosa majestuosidad e infinita santidad de Dios produjeron en el profeta
una profunda convicción de pecado que lo llevó a confesar su miseria y su
inmundicia.
Ciertamente esta debía ser la actitud normal de cualquier
ser humano ante la santa presencia de Dios. Sin embargo con frecuencia las
personas actúan con irreverencia delante del Señor, y por otro lado se inclinan
ante la supuesta grandeza de otras personas que se encuentran en niveles
sociales más elevados. Por ejemplo, todo aquel que alguna vez en su vida tiene
el enorme privilegio de visitar a la reina Isabel de Inglaterra (y son muy
pocos) debe seguir el siguiente protocolo:
- El visitante jamás debe hablar primero; siempre debe esperar a que la reina le dirija la palabra.
- Nunca debe preguntar nada a su majestad real, debe limitarse a contestarle.
- En su primera respuesta tiene que añadir las palabras “Su majestad”.
- Al retirarse, nunca debe darle la espalda a la reina.
La Biblia dice en Hebreos 4:16: “Acerquémonos, pues,
confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia
para el oportuno socorro”. Es decir, sin ningún protocolo especial, con toda
confianza podemos llegarnos hasta el trono de la gracia de Dios y recibir de él
la gracia y la misericordia que necesitamos en ese momento. No obstante que él
es el Rey de reyes y el Señor de señores, no tenemos que usar títulos de la
nobleza al dirigirnos a él. Sólo necesitamos un corazón humilde reconociendo,
como el profeta Isaías, nuestra miseria y la infinita santidad de nuestro
Creador. Jesús nos dijo que le llamáramos simplemente “Padre Nuestro”. Así se
establece una relación de amor y de respeto, y al mismo tiempo de absoluta
confianza para llegarnos a él y traer nuestras cargas y nuestras necesidades.
Confía tu vida en las manos de Aquel que es grande en
poder, grande en amor y grande en misericordia. Conoce y disfruta de la
verdadera grandeza que existe solamente en Dios, buscando su rostro en oración
cada día, y deleitándote en su santa presencia.
ORACIÓN:
Dios grande y poderoso, Rey de reyes y Señor de señores,
me postro delante de tu santa presencia para adorarte como sólo tú mereces.
Gracias por el privilegio que has dado a tu pueblo de acercarnos confiadamente
a tu trono, y recibir tu amor y tu socorro. Por Cristo Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
viernes, 10 de abril de 2015
¿ESTÁS TOMANDO EN CUENTA LAS ADVERTENCIAS DE DIOS?
Génesis 19:12-14
“Y dijeron los varones a Lot: ¿Tienes aquí
alguno más? Yernos, y tus hijos y tus hijas, y todo lo que tienes en la ciudad,
sácalo de este lugar; porque vamos a destruir este lugar, por cuanto el clamor
contra ellos ha subido de punto delante de Yahweh; por tanto, Yahweh nos ha
enviado para destruirlo. Entonces salió Lot y habló a sus yernos, los que
habían de tomar sus hijas, y les dijo: Levantaos, salid de este lugar; porque Yahweh
va a destruir esta ciudad. Mas pareció a sus yernos como que se burlaba”.
La historia de la destrucción de Sodoma y Gomorra es muy
conocida por todos. Dios reveló a Abraham que destruiría estas dos ciudades
porque su pecado era muy grave (Génesis capítulo 18). Abraham intercedió por
los justos de la ciudad, y Dios le contestó que no la destruiría si encontraba
diez justos en la ciudad. Lamentablemente ni siquiera diez justos había, pues
el Señor decidió enviar dos ángeles con la misión de demoler aquel lugar. El
pasaje de hoy nos muestra una conversación de los dos ángeles con Lot, el
sobrino de Abraham. Dice que los varones le dijeron a Lot que sacara a su
familia de la ciudad, porque la iban a destruir. Lot avisó a sus yernos, pero
éstos pensaron que él bromeaba, es decir no creyeron la advertencia del suegro;
así que Lot marchó solo con su esposa y sus hijas. Después que ellos estuvieron
fuera, Dios envió una lluvia de fuego y azufre que incineró completamente ambas
ciudades con todos sus habitantes (Génesis 19:24-25).
Muchos siglos después, respondiendo preguntas a un grupo
de fariseos acerca de cuándo habría de venir el reino de Dios, Jesús hizo
referencia a estos acontecimientos, y les dijo: “Asimismo como sucedió en los
días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el
día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó
a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste” (Lucas
17:28-30). El día que Jesús regrese a la tierra sucederá algo similar a lo que
sucedió en Sodoma. Y al igual que los yernos de Lot, muchos no creerán en esta
advertencia y correrán la misma suerte. Otros creerán, como creyó Lot, y se
librarán de la condenación.
Hace años un barco que pasaba por debajo de un puente en
la ciudad de Saint Petersburgh, Florida, golpeó accidentalmente una de sus
columnas y ésta se quebró, haciendo que parte del puente cayera al vacío. Era
de noche y varios automóviles que en ese momento trataban de cruzar el puente,
sin percatarse de lo que había sucedido, cayeron al mar. Un automovilista que
venía a corta distancia se dio cuenta y pudo frenar a tiempo. Enseguida se bajó
de su auto, y comenzó a hacer señas a los que se acercaban para que se
detuvieran, pero ninguno hizo caso, quizás pensando que él estaba pidiendo
algún tipo de ayuda. Continuaron su camino y este hombre, con horror, pudo ver
como uno a uno esos vehículos caían al vacío. Finalmente algunos se dieron
cuenta y comenzaron a detenerse antes de llegar al enorme hueco en el puente.
Muchos años después, aquel hombre no había podido borrar de su mente aquella
escena tan trágica de automóviles cayendo al mar y sus ocupantes muriendo
ahogados, sólo por no hacer caso a la voz que los alertaba del peligro.
La Palabra de Dios advierte al mundo del peligro del
pecado, y es clara en cuanto a las consecuencias del mismo: condenación eterna.
Pero también nos habla de una esperanza en Juan 3:16: “Porque de tal manera amó
Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él
cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Esta esperanza es para los que
creen que Jesús es el Hijo de Dios, quien murió en la cruz con el fin de pagar
la deuda de nuestros pecados, y después resucitó venciendo a la muerte. A los
demás, aquellos que no creen, les espera la muerte eterna. Así dice Juan 3:18:
“El que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del
unigénito Hijo de Dios”. Como cristianos, es nuestro deber hablar al mundo del
inmenso amor de Dios, y la salvación a través de Jesucristo. Y también debemos
advertirles acerca del peligro de no creer.
ORACIÓN:
Bendito Dios que estás en los cielos, te ruego me des
discernimiento para entender espiritualmente esta enseñanza, y sabiduría para
transmitirla a aquellos que no te conocen, de manera que puedan ver claramente
el peligro al cual se están enfrentando. Te lo pido en el nombre de Jesús,
Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
jueves, 9 de abril de 2015
domingo, 5 de abril de 2015
¡HA RESUCITADO EL SEÑOR VERDADERAMENTE!
Con estas palabras impregnadas de gozo se saludaron los
discípulos de Cristo cuando se encontraron al atardecer del día de la
resurrección. Ellos fueron los testigos oculares. Esta convicción, proclamada
por los cristianos de todos los tiempos, constituye la base de nuestra
esperanza. Sin la resurrección de Cristo no hubiese sido posible la victoria
sobre la muerte.
La resurrección, el gran milagro del cristianismo. La
resurrección de Cristo es la prueba de su divinidad. Jesús lo dijo: “Pongo mi
vida, para volverla a tomar” (Juan 10:17). Su resurrección también es la
garantía de nuestra resurrección futura. Jesús afirma: “Yo soy la resurrección
y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Dios
traerá a la vida a quienes durmieron en Jesús, para que estén unidos a él (1
Tesalonicenses 4:14). Los que hemos puesto nuestra confianza en Jesucristo podemos
esperar felices ese maravilloso momento en el que la voz poderosa del Señor
llamará a todos los que, vivos o muertos, le pertenezcamos, para que estemos
siempre con él (1 Tesalonicenses 4:17).
Jesús dice claramente que todos los hombres resucitarán, ya
sea para la “resurrección de vida” o para la “resurrección de condenación”
(Juan 5:29). Por lo tanto a todos los que no quieren oír la voz de Jesús les
decimos: “Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:20).
¡Gracia y Paz!
sábado, 4 de abril de 2015
¿QUIÉN PUEDE DECRETAR, DECLARAR, Y ESTABLECER?
¿Quién puede
Decretar, Declarar, y ESTABLECER?
¡El Único que lo puede hacer es Dios!
Los creyentes en Cristo podemos orar, pedir para que su
mano intervenga, ése es el patrón Bíblico.
En el Nuevo Testamento, nadie dijo “YO decreto”, más bien, cuando los cristianos
eran perseguidos clamaban a Dios.
La manera Bíblica de orar es apelar al Señor, Amo,
Creador y Rey soberano de toda criatura, para que sea ÉL el que Declare, Decrete, y Establezca, no es “Yo declaro, yo
decreto, yo establezco…” como enseña con arrogancia la “Metafísica
Carismático-Apostólica”.
La Biblia afirma:
Proverbios 3:5-7
“Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te
apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará
tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión…”
Nehemías 9:6
“Sólo tú eres el Señor. Tú hiciste los
cielos, los cielos de los cielos con todo su ejército, la tierra y todo lo que
en ella hay, los mares y todo lo que en ellos hay. Tú das vida a todos ellos y
el ejército de los cielos se postra ante ti”.
Solo Dios el creador, es el Señor soberano sobre todas
sus criaturas.
Dios es Dios, y nosotros somos solo humanos. EL ÚNICO
PODER ESTA EN LA BOCA DE DIOS, aprendamos a orar de una manera Bíblica y
abandonemos las practicas heréticas y Dominionistas.
“Gracia y Paz”
¿POR QUÉ BUSCÁIS ENTRE LOS MUERTOS AL QUE VIVE?
Lucas 24:1-9
“El primer día de la semana, muy de mañana,
vinieron al sepulcro, trayendo las especias aromáticas que habían preparado, y
algunas otras mujeres con ellas. Y hallaron removida la piedra del sepulcro; y
entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Aconteció que estando ellas
perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras
resplandecientes; y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les
dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que
ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea,
diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres
pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día. Entonces ellas se
acordaron de sus palabras, y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas
estas cosas a los once, y a todos los demás”.
El viernes, el cuerpo inerte de Jesús fue bajado de la
cruz, fue envuelto en una sábana y trasladado a “un sepulcro abierto en una
peña, en el cual aún no se había puesto a nadie”, dice la Biblia en Lucas
23:53. Entonces pusieron una gran piedra a la entrada del sepulcro. Transcurrió
el sábado (día de reposo), y al amanecer del domingo varias mujeres de las
seguidoras de Jesús se acercaron al sepulcro. Dice el pasaje de hoy que ellas
“hallaron removida la piedra del sepulcro; y entrando, no hallaron el cuerpo
del Señor Jesús”.
En aquella tumba habían sido puesto el cuerpo del Señor
después de su crucifixión. Pero ya no estaba allí porque él había resucitado tal
y como lo había dicho antes. Ahora la tumba estaba vacía. Y, casi 2,000 años
después, esa tumba continúa vacía porque Cristo vive y está a la diestra del
Padre; y su Santo Espíritu está en medio de nosotros, recordándonos las
palabras de Jesús: “En el mundo encontrareis aflicción, pero confiad, yo he
vencido al mundo”.
Ciertamente a lo largo de nuestras vidas encontraremos
aflicción, sufrimientos, tristeza. Es natural en este mundo pasar por períodos
de dolorosas pruebas. Jesús mismo nos dio el ejemplo. El viernes hubo dolor y
sufrimiento para todos aquellos que amaban al Señor. Hubo llanto y tristeza
durante todo el sábado. Pero el domingo se produjo el milagro más grande y más
trascendental de la historia de la humanidad: Jesucristo venció la muerte, y se
levantó de entre los muertos, y la tristeza se convirtió en gozo, la muerte se
convirtió en vida, las tinieblas se convirtieron en luz, y la derrota se
convirtió en victoria. La resurrección de Cristo trajo consigo el gozo
indescriptible de la vida eterna.
Ciertamente tenemos un Dios todopoderoso. Por medio de su
poder, nuestro Señor Jesucristo venció la muerte y con ello a Satanás y a todos
sus demonios. Por eso él puede decir con autoridad: “Confiad, yo he vencido al
mundo”. Y como él ocupó nuestro lugar en la cruz, nosotros podemos afirmar que
esa victoria es nuestra. Hagamos de la Cruz un símbolo de victoria en nuestras
vidas, buscando cada día el rostro de quien ocupó nuestro lugar en ella,
ofreciendo su vida para que nosotros podamos disfrutar de vida eterna.
Cuando sientas tristeza o angustia, enfoca tu pensamiento
en el aspecto temporal de tu situación y en la victoria eterna que ha sido
asegurada a los que han creído en Jesucristo. Piensa en lo que nos dice el
apóstol Pablo en su carta a los Romanos: “Pues tengo por cierto que las
aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que
en nosotros ha de manifestarse”. La muerte de Cristo no es para nosotros señal
de duelo porque a través de ella se verificó el milagro de la resurrección. No
debemos olvidar nunca lo que él sufrió por cada uno de nosotros, pero debemos
enfocar nuestra esperanza en el resultado que él obtuvo: ¡Victoria total y
absoluta! Porque tenemos la cruz y la tumba vacía, ¡tenemos la victoria en
Cristo!
¡A él sea la gloria, el imperio y el poder por los siglos
de los siglos, Amén!
ORACIÓN:
Bendito Padre celestial, gracias una vez más por
Jesucristo y la victoria de su resurrección. Ayúdame a entender en toda su
magnitud el significado de esta victoria y a aplicarla en mi vida cada día,
para poder disfrutar de tu gozo en todas las circunstancias imaginables. Por
Cristo Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
viernes, 3 de abril de 2015
¡LA DESOBEDIENCIA, TRAE CONSECUENCIAS!
1 Samuel 15:22-23
“Y Samuel dijo: ¿Se complace el Señor tanto
en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras del
Señor? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar
atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es
la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste
la palabra del Señor, él también te ha desechado para que no seas rey”.
El rey Saúl había recibido instrucciones de Dios a través
del profeta Samuel de que atacara a los amalecitas, enemigos acérrimos de
Israel, y destruyera todo. Le dijo: “Mata a hombres, mujeres, niños, y aun los
de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos” (1 Samuel 15:3). Todo, absolutamente
todo debía ser eliminado. Esa era la orden clara y terminante del Señor. Sin
embargo, Saúl optó por perdonarle la vida al rey Agag, y traerse consigo lo
mejor de las ovejas y del ganado (v. 9). Entonces Samuel confronta a Saúl (vv.
13-21) en relación a su desobediencia a Dios, y Saúl le contesta tratando de
excusarse. Le dice que había sido el pueblo el que había tomado los mejores
animales para ofrecer sacrificios al Señor (como si el pueblo tuviese la
autoridad para actuar por sí mismo), y le da al profeta toda una serie de
pretextos y disculpas.
Ante esa actitud de desobediencia y terquedad de parte de
Saúl, Dios le dijo a Samuel: “Me pesa haber puesto por rey a Saúl, porque se ha
vuelto de en pos de mí, y no ha cumplido mis palabras” (1 Samuel 15:11). La
actitud de Saúl entristeció el corazón de Dios, y le costó su reinado.
Finalmente Samuel pronunció las palabras del pasaje de hoy, como una sentencia
para el rey Saúl que vino directamente del Señor: “Por cuanto tú desechaste la
palabra del Señor, él también te ha desechado para que no seas rey”. Es decir,
debido a que desobedeciste la palabra de Dios, él te ha rechazado. Ciertamente
la desobediencia trae separación de Dios. Ser desobedientes nos impide recibir
las bendiciones y las promesas del Señor. Por el contrario, cuando actuamos
conforme a la voluntad de Dios, su gracia y su bondad se manifiestan sobre
nosotros. Si sabemos esto, entonces ¿por qué desobedecemos? Hay varias razones
por las que no obedecemos la palabra de Dios. He aquí algunas de ellas:
No amamos al Señor
lo suficiente. Jesús dijo: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda,
ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré,
y me manifestaré a él” (Juan 14:21). Por el contrario, continúa el Señor, “el
que no me ama, no guarda mis palabras” (Juan 14:24).
Un corazón impuro.
Santiago 1:21 dice: “Desechando toda inmundicia y abundancia de malicia,
recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras
almas”. Un corazón puro es terreno fértil para la palabra de Dios. Eva se dejó
influenciar por las palabras de la serpiente y en su corazón sintió codicia por
la fruta prohibida. Por eso la comió, desobedeciendo a Dios (Génesis 3:6).
LAS COSAS DEL MUNDO. Dice Jueces 2:16-17: “Y el Señor
levantó jueces que los librasen de mano de los que les despojaban; pero tampoco
oyeron a sus jueces, sino que fueron tras dioses ajenos, a los cuales adoraron;
se apartaron pronto del camino en que anduvieron sus padres obedeciendo a los
mandamientos del Señor; ellos no hicieron así”. Un ídolo o un dios falso puede
ser cualquier cosa que ocupa en nuestras vidas un lugar preferente sobre Dios.
LA MALA INFLUENCIA DE LOS DEMÁS. La influencia de las
malas amistades puede desviarnos de un camino de obediencia y convertirnos en
cristianos mediocres y desobedientes. De esta influencia debemos alejarnos. El
apóstol Pablo advierte a los romanos: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en
los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros
habéis aprendido, y que os apartéis de ellos” (Romanos 16:17). Y a los gálatas
les dice: “Vosotros corríais bien; ¿quién os estorbó para no obedecer a la
verdad?” (Gálatas 5:7).
Ciertamente no queremos ser desechados por Dios, como le
pasó a Saúl. Debemos, por tanto, desechar nosotros todo aquello que nos impide
obedecer la palabra de Dios. Entonces recibiremos bendición de lo Alto.
ORACIÓN:
Padre santo, yo anhelo recibir tus bendiciones y tus
promesas. Por favor ayúdame a rechazar todo aquello que interfiere en mi
obediencia a tu palabra, y que trae malas consecuencias a mi vida. En el nombre
de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
domingo, 29 de marzo de 2015
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