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lunes, 6 de octubre de 2014

¿NO PUEDES CONTROLAR TU ANSIEDAD?



¿NO PUEDES CONTROLAR TU ANSIEDAD?

1 Pedro 5:6-7
“Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”

La ansiedad es un estado del ánimo que se manifiesta con mucha inquietud y nerviosismo. Esto produce en la persona ansiosa, impaciencia, cansancio físico y mental, irritabilidad, dificultad para conciliar el sueño (insomnio), alta presión arterial, palpitaciones o taquicardia, y muchos otros efectos negativos. Es decir, la persona que está sufriendo de ansiedad vive en un estado de constante angustia y carece totalmente de paz y tranquilidad espiritual. Esto hace su vida miserable, y asimismo afecta a los que están a su alrededor.

Con mucha frecuencia la ansiedad está asociada a preocupaciones que existen en la mente de una persona. Por ejemplo: una difícil situación económica, la espera de los resultados de unos análisis o pruebas médicas, el extraño comportamiento de un hijo adolescente. De igual manera podemos sentir ansiedad cuando esperamos una noticia que demora mucho en llegar, o cuando se aproxima una situación a la que tendremos que enfrentarnos y sabemos que será muy incómoda y desagradable. También puede ser miedo a tener un accidente, o a quedarse sin trabajo, a enfermarse o a morir.

Estas y muchas otras pueden ser las causas que produzcan ansiedad en una persona. Pero, cualquiera sea el origen, la escritura de hoy nos exhorta a que la “echemos” sobre nuestro Padre celestial. “Echar”, según el diccionario, es: “Hacer que una cosa vaya a parar a alguna parte, dándole impulso con la mano o de otra manera”, es decir ponerla lejos de nosotros. En este caso implica que nos libremos de toda esa ansiedad que nos está afectando. Esto, obviamente, resulta muy difícil para una persona que se encuentra en tal estado de nerviosismo y desequilibrio emocional. Lo primero que nos dice nuestro Padre amoroso, por medio del apóstol Pedro es que nos humillemos, es decir que seamos humildes y reconozcamos nuestra incapacidad de resolver la situación por nosotros mismos. Una vez estamos conscientes de esto, nos refugiamos bajo “la poderosa mano de Dios”, y “echamos toda nuestra ansiedad sobre él” con la absoluta seguridad de que “él tiene cuidado de nosotros”. Entonces, “cuando fuere tiempo”, o sea de acuerdo a sus planes para nuestras vidas, él nos levantará y nos exaltará. De esto tenemos que estar seguros, pues siempre que acudimos a Dios, confiando en él, nos responde y nos ayuda.

El apóstol Pablo, estando preso en una cárcel en Roma, rodeado de incomodidades, siendo humillado y torturado, y esperando ser ejecutado de un momento a otro, fue capaz de encontrar paz orando constantemente. Así escribió una carta a los cristianos de Filipos, exhortándolos a no estar ansiosos o afanosos sino a llevar su ansiedad delante de Dios en oración. Dice Filipenses 4:6-7: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Recordemos siempre que la oración es nuestra mejor arma contra el afán y la ansiedad. El autor del Salmo 119 estaba pasando por momentos muy difíciles cuando clamó a Dios diciendo: “Se deshace mi alma de ansiedad; susténtame según tu palabra” (Salmo 119:28). Sigamos estos ejemplos y busquemos la santa presencia de Dios en medio de las pruebas.

Si has orado, pero continúas sintiendo ansiedad es porque no la has echado totalmente sobre Dios. No has confiado lo suficiente e inconscientemente te has quedado con esa ansiedad dentro de ti. Continúa orando, clama al Señor, reconoce ante él tu incapacidad de soltar tu ansiedad, humíllate ante él, pídele que te ayude y él te ayudará. Mentalmente visualiza la acción de tomar tu ansiedad y “echarla” fuera de ti, directamente en los brazos de nuestro Abba Padre. Persiste en la oración hasta que sientas que la paz inefable del Señor inunda todo tu ser.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla

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viernes, 11 de julio de 2014

¿HOY TE ENCUENTRAS LUCHANDO CONTRA EL DESÁNIMO?



¿Hoy te encuentras luchando contra el desánimo?

Nehemías 2:11-15
“Llegué, pues, a Jerusalén, y después de estar allí tres días, me levanté de noche, yo y unos pocos varones conmigo, y no declaré a hombre alguno lo que Dios había puesto en mi corazón que hiciese en Jerusalén; ni había cabalgadura conmigo, excepto la única en que yo cabalgaba. Y salí de noche por la puerta del Valle hacia la fuente del Dragón y a la puerta del Muladar; y observé los muros de Jerusalén que estaban derribados, y sus puertas que estaban consumidas por el fuego. Pasé luego a la puerta de la Fuente, y al estanque del Rey; pero no había lugar por donde pasase la cabalgadura en que iba. Y subí de noche por el torrente y observé el muro, y di la vuelta y entré por la puerta del Valle, y me volví”.

Nehemías era un hombre que amaba a Dios. Él se encontraba en Persia cuando llegó a sus oídos la noticia de que el muro de Jerusalén había sido derribado y sus puertas quemadas. Esto le afectó profundamente y lloró, e hizo duelo, y ayunó y oró por varios días (Nehemías 1:4). Entonces Dios puso en el corazón de Nehemías la enorme tarea de reconstruir los muros. El rey Artajerjes de Persia, de quien Nehemías era el copero, notó la tristeza de su siervo y a petición de éste le concedió que fuese a Jerusalén con el fin llevar a cabo la difícil tarea de la reconstrucción (Nehemías 2:1-6).

Cuando Nehemías llegó a Jerusalén pudo ver con sus propios ojos la destrucción que había por todos lados, nos cuenta el pasaje de hoy. Entonces reclutó a unos cuantos hombres, a los cuales se dirigió diciéndoles: “Vosotros veis el mal en que estamos, que Jerusalén está desierta, y sus puertas consumidas por el fuego; venid, y edifiquemos el muro de Jerusalén, y no estemos más en oprobio” (Nehemías 2:17). Seguidamente añadió este hombre de Dios: “Entonces les declaré cómo la mano de mi Dios había sido buena sobre mí, y asimismo las palabras que el rey me había dicho. Y dijeron: Levantémonos y edifiquemos”. Sin duda las noticias no eran buenas, pero aquellos hombres, entusiasmados por la exhortación de Nehemías, se levantaron decididos a derrotar la tristeza y la decepción que había caído sobre ellos, y pusieron manos a la obra de reconstrucción del muro.

Todo ser humano va a encontrar situaciones en su vida que lo van a decepcionar. Nadie está exento de esto. Pero no todos reaccionan de igual manera ante la decepción o la desilusión. Algunos son más afectados que otros, llegando a caer en un estado de desánimo tal que puede llevarlos a la depresión y a una total parálisis. ¿Qué podemos hacer para recuperarnos de una fuerte decepción o contrariedad?

Es importante entender que el desánimo no es más que una de las opciones que puede elegir cada persona que se siente decepcionada o desilusionada. Este es un estado de la mente y del espíritu en el cual nos volvemos temerosos y perdemos la confianza en nosotros mismos, en Dios o en los demás. Podemos caer en el desánimo si nos dejarnos controlar por los efectos de la desilusión, o podemos enfrentarnos a la situación y considerar otras opciones, como hizo Nehemías. No es que él fuera un soñador optimista, sino que su confianza estaba puesta en la mano y el poder del Dios todopoderoso. Así se enfrentó a aquellos que se oponían a la obra de reconstrucción, diciéndoles: “El Dios de los cielos, él nos prosperará, y nosotros sus siervos nos levantaremos y edificaremos, porque vosotros no tenéis parte ni derecho ni memoria en Jerusalén”. Sólo una gran fe en Dios puede dar lugar a tal seguridad en la victoria, a pesar de tantas circunstancias negativas. De esta manera lograron edificar el muro. Y dice la Biblia en Nehemías 12:27 que dedicaron el muro e hicieron fiesta “con alabanzas y con cánticos, con címbalos, salterios y cítaras”.

¿Has sufrido una decepción? ¿Hay algún “muro” que necesita ser reparado en tu vida? No te desanimes. Pon tu confianza en Dios, como hizo Nehemías, y da un paso de fe con absoluta seguridad en la victoria. Nunca olvides que aquel que está en ti es más grande que cualquier obstáculo que esté impidiendo su reparación. Y que “si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”, dice Romanos 8:31.

ORACIÓN:
Bendito Padre celestial, gracias nuevamente por este día y gracias también porque puedo traer ante ti cualquier desilusión o decepción de las tantas que he sufrido a lo largo de mi vida. Por favor te pido aumentes mi fe para que vea que en tu amor y tu poder encontraré el ánimo, la paz y las fuerzas para seguir adelante hasta la victoria. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla

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lunes, 7 de julio de 2014

¿AÚN VIVES CON TEMOR?



¿Aún vives con temor?

2 Timoteo 1:7
“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”

Hay cristianos que nunca han conocido verdaderamente el amor de Dios. Ellos viven un cristianismo legalista donde las reglas son las que gobiernan la “relación” con Dios. Si cumplen ciertas leyes, “Dios no les castiga”. Viven practicando una religión bajo temor. La Biblia enseña claramente que el cristiano no debe vivir bajo el temor pues el temor no proviene de Dios. Así dice el pasaje de hoy.

Por la obra de la sangre de Jesús derramada en la cruz del Calvario, los creyentes hemos pasado de la esclavitud del pecado y el temor a la condición de hijos de Dios, lo cual nos hace sus herederos. Así dice Gálatas 4:7: “Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo”. Es decir, nuestra vida entra en contacto directo con el amor y el poder del Padre Celestial. Se origina entonces una relación sublime y perfecta que no se puede comparar con nada. El amor de Dios es más que un sentimiento, es una manifestación especial de la bondad, el cuidado y la protección del Padre celestial para con sus hijos. Es por eso que si caminamos bajo ese precioso amor no puede haber temor en nuestras vidas. El apóstol Juan, en su primera carta, lo afirma de esta manera: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (1 Juan 4:18).

El temor asustadizo que nos oprime y nos hace vivir en una esclavitud espiritual nunca proviene del Señor. En Cristo siempre hay verdadera libertad. El temor abre las puertas a la influencia del mal y nos hace vivir bajo condenación y castigo continuo. El amor, por el contrario, espanta las fuerzas del mal que no resisten la manifestación de la esencia misma de Dios, pues “Dios es amor”, dice 1 Juan 4:8. Todo lo que viene de Dios rechaza el temor que viene del enemigo. La fe, que es don de Dios, no permite que el temor nos controle.

En una ocasión, los discípulos se encontraron en medio del mar azotados por una violenta tormenta que amenazaba con hundir la barca (Mateo 14:28-31). Sin saber qué hacer, llenos de temor estaban cuando Jesús se les acercó andando sobre el mar y les dijo: “¡Confiad; yo soy, no temáis!” Tan pronto ellos reconocieron a Jesús, y confiaron en él, los vientos se calmaron, y vino la paz, y el temor desapareció. Fue entonces que el impetuoso Pedro le dijo a Jesús: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”. Y el Señor le dijo: “Ven.” Pedro descendió de la barca y “andaba sobre las aguas para ir a Jesús”. Pero de pronto tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: "¡Señor, sálvame!" Inmediatamente Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” La falta de fe resulta en temor; por el contrario cuando confiamos plenamente en que Dios está con nosotros, el temor desaparece.

A través de toda la Biblia, Dios nos dice con toda claridad que él estará con nosotros siempre, cada día de nuestras vidas, hasta el fin del mundo. Y Romanos 8:31 dice que “si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Esto debe ser suficiente para calmar nuestros temores, pero tenemos que creerlo, tenemos que confiar en el amor y la protección de nuestro Dios. Medita en el pasaje de hoy. Dios no te ha dado “espíritu de cobardía”, sino todo lo contrario, en ti reside un espíritu “de poder, de amor y de dominio propio”. Créelo de todo corazón, confía en la verdad de la Palabra de Dios y vivirás una vida de paz y tranquilidad.

Si sientes temor en tu vida, es imprescindible que te liberes de él. Cristo ha pagado por ti un precio muy alto para que ahora puedas vivir bajo una libertad espiritual completa. El salmista dijo: “Busqué al Señor, y él me oyó, y me libró de todos mis temores. Los que miraron a él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados” (Salmo 34:4-5). Haz como el salmista, busca al Señor cada día de tu vida, conócele íntimamente y permite que su amor inunde todo tu ser, porque en la medida que eres perfeccionado en el amor de Dios más se fortalecerá tu fe y dejarás de vivir bajo el temor.

ORACIÓN:
Gracias, mi Dios, porque a través de la sangre de Cristo, puedo vivir bajo tu amor y no bajo el temor del enemigo. Te ruego aumentes mi fe para vivir cada día en la libertad de tu Espíritu. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla

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viernes, 13 de junio de 2014

¿ESTÁS EN MEDIO DE ALGÚN PROBLEMA EN ESTOS MOMENTOS?


¿ESTÁS EN MEDIO DE ALGÚN PROBLEMA EN ESTOS MOMENTOS?
¿TE SIENTES TRISTE?

Salmo 13
"¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? ¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma, con tristezas en mi corazón cada día? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí? Mira, respóndeme, oh Jehová Dios mío; alumbra mis ojos, para que no duerma de muerte; para que no diga mi enemigo: Lo vencí. Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara. Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación. Cantaré a Jehová, porque me ha hecho bien".

Muchas veces pensamos que los cánticos de triunfo que vemos en la Biblia fueron escritos por personas que ya habían vencido sus luchas y estaban celebrando la victoria. Pero el libro de cánticos por excelencia (los Salmos), nos recuerda que la expresión victoriosa coincide muchas veces con el clamor angustiado, manifestación evidente de una fe profunda. En la primera parte del pasaje de hoy, David expresa la ansiedad y la tristeza que lo envuelven, pero, en medio de su angustia, seguidamente muestra su confianza en el Dios todopoderoso diciendo: “Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación”.

Un famoso poeta inglés del siglo XIX y autor de varios himnos, luchó con ataques frecuentes de depresión durante toda su vida. Tal vez sea por eso que sus himnos todavía nos conmueven profundamente en los momentos en que nuestra vida es sacudida por fuertes pruebas y necesitamos confiar en Dios desesperadamente. “Dios obra en maneras misteriosas” es uno de los himnos más conocidos de este poeta. Cuando oímos este himno escuchamos estas alentadoras palabras: “Oh, santo temeroso, ¡anímate! Las nubes que tanto temes llenas de misericordia están. Y sobre ti bendiciones derramarán”. En todas las luchas (mentales, físicas, emocionales o espirituales) nuestro desafío es pasar del temor de ser abrumados a la confianza de que Dios ha vencido.

La Biblia dice que Dios habita en medio de la alabanza de su pueblo (Salmo 22). Y donde Dios se encuentra no puede existir desgracia, ni depresión, ni destrucción. Cuando la luz del Espíritu Santo llega, las tinieblas desaparecen, y la tristeza y el desánimo dan lugar al gozo y la esperanza. Así lo expresa David en el Salmo 30:11: “Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría”. El cilicio era una ropa de material áspero que se usaba como señal de duelo o angustia. Dios había quitado su “cilicio” y le había vestido de “alegría”. Para David fue como la diferencia entre el llanto de un funeral y la alegría de una boda.

Hechos capítulo 16 nos cuenta que el apóstol Pablo y su discípulo Silas estaban encadenados y encerrados en un oscuro calabozo, y se pusieron a orar y a cantar himnos en alta voz. Entonces “sobrevino de momento un gran terremoto”, y se abrieron todas las puertas y se soltaron las cadenas que los ataban. Pensando que los presos se habían escapado, el carcelero se iba a matar, pero Pablo le gritó que no lo hiciera, pues todos estaban allí. Entonces el carcelero se acercó a ellos temblando de miedo y les dijo: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” Y ellos le contestaron: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”. Y esa noche, el carcelero y toda su familia creyeron y fueron salvos. La actitud de Pablo y Silas orando y cantando hizo que el gozo de la Resurrección se manifestara donde antes había pesar y muerte.

¿Estás en medio de algún problema en estos momentos? ¿Te sientes triste? ¡Anímate! No importa si te encuentras en los días más oscuros de tu vida. Comienza a cantar tu mayor alabanza a Dios. Muy probablemente tengas que hacer un gran esfuerzo, pero si lo logras, ten la seguridad que el poder de Dios se manifestará de manera perfecta en tu situación, la luz redentora de Cristo iluminará tu vida y una paz muy grande te inundará. Expresa ahora mismo con fe, como el salmista: “Cantaré a Jehová, porque me ha hecho bien".

ORACIÓN:
Padre celestial, te doy gracias porque tu poder, tu amor y tu misericordia son mucho más grandes que la mayor de las pruebas a las que yo pueda enfrentarme en mi vida. Te suplico aumentes mi fe para poder ver tus bendiciones detrás de las nubes oscuras que hay sobre mí en estos momentos. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!

Dios te Habla

martes, 20 de mayo de 2014

¿NO TIENES PAZ?


¿No tienes Paz?

Juan 16:33
“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”.

En este pasaje, Jesús se encontraba conversando con sus discípulos acerca del futuro que se aproximaba. Dentro de poco él sería arrestado, juzgado y crucificado. Ellos también, más tarde, pasarían por situaciones terribles. Serían aborrecidos, perseguidos, falsamente condenados e incluso torturados. Y lo peor de todo: ya el Señor no estaría con ellos. Pero en medio de tantas malas noticias, Jesús les estaba dando ánimo. Les anunciaba la venida del Espíritu Santo, y con él el poder para hacer frente al enemigo y todos sus ataques. Allí Jesús les aseguró que si confiaban, aun en medio de tanta aflicción, ellos tendrían paz simplemente porque él había vencido al mundo.

Casi ochocientos años antes del nacimiento de Jesús el profeta Isaías profetizó: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6). Al nacer Jesús se cumplió esta profecía. Por eso, cuando la multitud de ángeles anunciaba su nacimiento a los pastores, al unísono decían: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” La palabra original en griego que se traduce como paz significa “atados juntos”, la cual nos ofrece una luz fascinante acerca del único recurso seguro de paz. Romanos 5:1 dice: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”, es decir que cuando, por medio de la fe, creemos que Jesús murió en la cruz por nosotros y que después resucitó venciendo a la muerte, somos justificados y tenemos paz con Dios. Esto significa que nosotros hemos sido “atados juntos” con un Dios totalmente santo después de haber estado separados de él por causa del pecado. Por lo tanto, el elemento clave de la paz eterna es la presencia de Dios en nuestras vidas. La Biblia no nos promete una vida sin problemas o dificultades, pero sí nos asegura que aún en medio de difíciles situaciones podemos sentir paz y obtener la victoria. Nuestra victoria es principalmente espiritual, pero afecta profundamente lo natural. Esto tenemos que creerlo de todo corazón y rechazar todo pensamiento negativo que el enemigo ponga en nuestras mentes.

En su carta a los filipenses, el apóstol Pablo escribió: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7). Esta paz proviene de la firme confianza en nuestro Padre celestial, cuyo amor y misericordia permanecen inmutables. Esta paz es un sentimiento interno de quietud y contentamiento que está por encima de las circunstancias de la vida. Esta paz es la presencia de gozo en medio de la infelicidad. Es una paz profunda, inexplicable que nace de adentro hacia fuera, independientemente de la situación en la que nos encontremos. Pablo nos exhorta a buscar esa paz en medio de circunstancias difíciles por medio de la oración, en lugar de afanarnos y llenarnos de ansiedad.

En muchos de sus Salmos, David expresa su búsqueda de la presencia de Dios a toda hora, en todo lugar, en todas las circunstancias. Esa constante búsqueda del rostro del Señor siempre resulta en una paz inefable, que no se puede entender pero que se siente en lo más profundo del corazón. Por eso, al llegar la noche, David podía decir: “En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque sólo tú, Señor, me haces vivir confiado” (Salmo 4:8).

La paz verdadera no es meramente pintar nuestro dolor con lindos colores. Una persona que tiene la genuina presencia de Dios soportará una avalancha de dolor y dificultad, y aún en esas circunstancias tendrá una paz interna que sobrepasará todo entendimiento humano. Si tú no sientes esta paz, búscala acercándote al Señor cada día para pasar un tiempo de oración, escudriñando su Palabra, meditando en ella y poniéndola en práctica.

ORACIÓN:
Padre amado, gracias por la paz que viene a nosotros por medio de tu santa presencia. Ayúdame a mantenerme bien cerca de ti para disfrutar de esa paz que sobrepasa todo entendimiento. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla




lunes, 24 de febrero de 2014

¿TE SIENTES SIN FUERZAS?



1 Samuel 30:3-4
“Vino, pues, David con los suyos a la ciudad, y he aquí que estaba quemada, y sus mujeres y sus hijos e hijas habían sido llevados cautivos. Entonces David y la gente que con él estaba alzaron su voz y lloraron, hasta que les faltaron las fuerzas para llorar”.

En una ocasión David y sus hombres regresaron a la ciudad de Siclag después de una corta ausencia, y de repente se encontraron en una situación sumamente difícil y dolorosa. Mientras ellos estaban fuera de la ciudad, los amalecitas la invadieron y la saquearon, y se llevaron cautivas a las mujeres y a los niños. “Entonces David y la gente que con él estaba alzaron su voz y lloraron, hasta que les faltaron las fuerzas para llorar.” Y dice que todos culparon a David, y hablaron de apedrearlo, por haber dejado el lugar tan indefenso que las familias de ellos fueron víctimas fáciles del enemigo. Bajo la presión de tan inesperada calamidad, primero por la pérdida de su propia familia y segundo por la acusación de que era objeto, el espíritu de David se angustió sobremanera.

¡Cuántas veces hemos llorado hasta que “nos han faltado las fuerzas para llorar”! En el transcurso de nuestras vidas nos encontramos a veces en situaciones tan dolorosas que lo único que podemos hacer es llorar y llorar hasta que quedamos exhaustos. Realmente no tiene nada de malo llorar cuando algo ha ocasionado tristeza en nuestros corazones. La Biblia cuenta que cuando Lázaro murió, y Jesús vio a la hermana de éste llorando, “se estremeció en espíritu y se conmovió” (Juan 11:33). Y más adelante dice que “Jesús lloró”. El problema surge cuando continuamos llorando desconsoladamente, permitiendo que esa tristeza sature nuestro espíritu y nos lleve al punto de ser incapaces de levantarnos, y que seamos aplastados y destruidos por las circunstancias. Esto es lo que sucede a la mayoría de las personas que caen en un estado depresivo, del cual resulta extremadamente difícil salir. Por desgracia, existen casos en que algunas personas terminan suicidándose al perder toda esperanza.

David, sin embargo, hizo un alto en su angustia y no se dio por vencido, sino que “se fortaleció en Jehová su Dios”. Continúa el versículo 8 de este capítulo: “Y David consultó a Jehová, diciendo: ¿Perseguiré a estos merodeadores? ¿Los podré alcanzar?” Y el Señor le contestó: “Síguelos, porque ciertamente los alcanzarás, y de cierto librarás a los cautivos”. Él obedeció al Señor y el resultado final fue de gran bendición, pues liberaron a todos los cautivos y recuperaron todo lo que los amalecitas habían tomado. No sólo encontró David consuelo en el Señor, sino también su dirección y las fuerzas y el valor para resolver el problema.

Cuando las circunstancias amenazan con aplastarnos, cuando todo parece indicar que no hay solución, cuando la tendencia de la carne es tirarse al piso a llorar desconsoladamente y permanecer inmóviles sin hacer nada, el único que puede librarnos de ese estado y cambiar las circunstancias favorablemente es nuestro Dios todopoderoso.

¿Estás en medio de una prueba? ¿Has perdido tu paz, tu gozo, tu tranquilidad espiritual? ¿Te sientes sin fuerzas? Acude a Dios en busca de su paz y su consuelo. Clama a él y él te dará las fuerzas para recuperar todo lo que el enemigo te ha robado. Sólo tienes que confiar y clamar con todo tu corazón.

ORACIÓN:
Amante Padre celestial, te doy gracias por tu promesa de responder al clamor de tus hijos. En medio de la prueba y el dolor, clamo a ti confiando en tu poder y tu misericordia, y confío en que tu me darás la victoria. En el nombre de Jesús, Amén.

(Lectura: 1 Samuel 3:1-6)


“Gracia y Paz”

Dios te Habla

martes, 5 de noviembre de 2013

¿TE SIENTES ABATIDO Y DESANIMADO?



Salmo 42:11
"¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío".

Cuando una persona está "abatida" siente que no tiene fuerzas para seguir adelante, o sea está desanimada, su ánimo está por el piso (una definición de "abatir" es derribar, echar por tierra). Este pasaje nos muestra que existe un diálogo interior en la vida de una persona que está abatida y turbada. Esa persona, quizás en períodos de crisis, entabla una conversación consigo misma haciéndose preguntas, buscando una explicación o una solución a su estado de ánimo. Cuando el abatimiento profundiza en la mente y el espíritu, la persona puede llegar a la depresión y hay casos en que el final ha sido el suicidio. De aquí la importancia de enfrentarse al abatimiento lo más pronto posible y eliminarlo totalmente. Claro que cuando una persona no tiene ánimo, ni fuerzas, ni deseos de luchar es mucho más fácil decirlo que llevarlo a cabo.

Muchos comentaristas bíblicos perciben en el pasaje de hoy la voz de David mientras vagaba en el exilio durante la rebelión de su hijo Absalón. En su diálogo interior, él expresa la necesidad de esperar en Dios, y de alabarle sacando fuerzas de donde no hay. Ciertamente es casi imposible para un ser humano alabar a Dios en medio de un estado de depresión. Sin embargo él es el único de quien podemos esperar las fuerzas para levantarnos del piso. Por lo tanto, reconociendo esta verdad, debemos hacer un esfuerzo y clamar al Señor. En el Salmo 119:25, vemos otro ejemplo en el que el salmista expresa su estado de abatimiento y se dirige a Dios en busca de ánimo. Dice: “Abatida hasta el polvo está mi alma.” Entonces clama a Dios diciendo: “¡Vivifícame según tu palabra!”, es decir: ¡Revíveme, levántame, dame fuerzas Dios mío, conforme a tus promesas!

A través de toda la Biblia, de Génesis a Apocalipsis, miles de promesas de Dios nos exhortan a venir a él en busca de descanso para nuestras almas, en busca de reposo, de gozo, de paz. Dios nos asegura que él puede cambiar nuestro lamento en baile (Salmo 30:11: “Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría”); nuestra tristeza en gozo (Salmo 16:11: “Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo”); nuestras tormentas en paz (Marcos 6:51: “Y subió a ellos en la barca, y se calmó el viento; y ellos se asombraron en gran manera, y se maravillaban”). Cuando nos encontremos en una situación difícil que puede traer abatimiento a nuestras vidas y echar nuestro ánimo al piso no busquemos la solución en otro lugar que no sea el trono de la gracia de Dios, al cual podemos llegarnos con toda confianza. Dice Hebreos 4:16: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”. Ese oportuno socorro sólo podemos encontrarlo en el Señor. ¿Por qué buscar en otro lado?

El profeta Isaías hizo la siguiente profecía: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel” (Isaías 61:1). Más de 800 años después Jesús dece las mismas palabras frente a un grupo de judíos en la sinagoga (Lucas 4:18), y finaliza diciendo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”. Han pasado casi 2,000 años desde que Jesús hizo esta declaración, pero estas palabras aun están vigentes, y totalmente a la disposición de todo aquel que cree que él vive y tiene poder para cambiar radicalmente una vida.

Si te sientes rodeado de una nube de abatimiento y turbación, si no tienes ánimo porque las circunstancias te han derribado, aférrate de Dios y recibirás aliento del cielo, suficiente para ordenarle a tu alma que deje de turbarse y se renueve en alabanza y gratitud al Señor. Comienza a alabar a Dios ahora mismo, aunque no sientas deseos. Continúa alabándole, insiste hasta que su paz y su gozo te inunden.

ORACIÓN:
Señor, dame las fuerzas para sobreponerme a mi estado de abatimiento. Haz que tu Espíritu Santo cambie mi desánimo y turbación en alabanza. Yo te pido, si es tu voluntad, que quites de de mi esta depresión y tristeza que me consumen, en el nombre poderoso de Jesús, Amén.


“Gracia y Paz”

Dios te Habla