domingo, 31 de marzo de 2013

¡HA RESUCITADO!



Marcos 16:6
“No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron”.

A lo largo de la historia, se han oído grandes proclamas declarando acontecimientos cruciales. Sin embargo, ninguna de aquellas ha sido tan transcendental, emotiva y jubilosa como la que expresa el autor del Evangelio de Marcos, cuando exclama: ¡Ha resucitado! He aquí el estruendoso grito de victoria que el Evangelio ha extendido por todas las partes de la tierra. En efecto, el mensaje de la cruz es al mismo tiempo, el mensaje de la resurrección (Hechos 1:22; 2:32).

La resurrección de Jesucristo constituye junto con la ascensión – que es su complemento – el sello de la aprobación del Padre sobre las afirmaciones y la obra expiatoria de su Hijo. Estos fueron los dos acontecimientos que pusieron fin a la vida terrenal del Salvador, que transformaron en exaltación su estado de humillación (Filipenses 2:5-11), y que marcaron el inicio de Su ministerio celestial. Por lo tanto, la resurrección de Cristo es el milagro más grande reseñado en la Biblia y en la historia.

Los cuatro evangelistas se esfuerzan por demostrar que Jesús resucitó corporalmente, que no era un fantasma y que era el mismo Cristo que había vivido en la tierra. Cuando analizamos la sección que trata de la pasión, especialmente en el libro de Marcos, nos damos cuenta de que a diferencia de otros períodos de la vida de Jesús, el evangelista narra esos días en un orden cronológico esmerado.

El período de la pasión es el más vivido y el más importante. Marcos, con su estilo conciso y sencillo, intensifica el valor de la narración y hace que uno se pregunte por qué tan maravillosa persona, con tremenda autoridad, tuvo que llegar a un trágico fin.

Dos respuestas a esta pregunta surgen en el mismo Evangelio. La primera es la declaración de Jesús, en Marcos 10:45, leemos: “Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. La tragedia fue parte inevitable de su servicio a los hombres, y de la redención que realizara por ellos. La segunda respuesta se encuentra en la última sección de Marcos 16:1-3, que trata de la resurrección. El descubrimiento de la tumba vacía probó que algo inexplicable, desde un punto de vista natural, había acontecido en el huerto de José de Arimatea. El repentino terror de las mujeres demuestra que lo inesperado había acontecido y que, realmente, Jesús había resucitado.

Es conmovedora la escena de las mujeres encaminándose al sepulcro en la madrugada del primer día de la semana. Aquellas llevaban especias aromáticas, pues deseaban ungir el cuerpo de Jesús como tributo final de su amor hacia Él. Con la muerte del Maestro, se habían desvanecido sus más caras esperanzas. En su tristeza, ellas habían olvidado que el Señor había prometido que volvería a la vida después de su pasión y de su muerte.

A medida que se acercaban al sepulcro, surge la pregunta: “¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?” (Marcos 16:3). La preocupación de estas mujeres era legítima y válida, pues ellas estaban conscientes de que no podrían mover la piedra del sepulcro que era extremadamente pesada, “era muy grande” (Marcos 16:4). Esa toma de conciencia que manifestaron aquellas mujeres es digna de ser imitada. En efecto, cuántas piedras hay en los “sepulcros” de nuestro corazón, las cuales tratamos de quitar con nuestras propias fuerzas, y no reconocemos que si no hay una intervención divina. Al igual que estas mujeres, nos preocupamos a menudo por los grandes obstáculos en el camino de nuestra fe, sin contar con la ayuda de Cristo, actuando como si Él estuviera muerto.

El gran amor que sentían por el Señor llevó a aquellas mujeres al sepulcro, pero, cuando llegaron al lugar, las dificultades habían desaparecido: el Señor había resucitado. Ninguno de los cuatro evangelistas describe este maravilloso milagro, ni cuenta cómo Cristo salió del sepulcro. Mateo nos dice que hubo un gran terremoto. Al mismo tiempo que era sacudida la tierra, un ángel bajó del cielo e hizo rodar la piedra hacia un lado.

¿Por qué el ángel rodó la piedra? ¿Para que las mujeres entraran, o para que Jesús resucitara? El ángel no quitó la piedra para que Jesús pudiera salir, sino para demostrar que el sepulcro estaba vacío. De forma invisible, maravillosa y silenciosa, el cuerpo vivificado y transformado de Jesús ya había pasado a través de la piedra. ¡Gloria a Dios! Quienes buscan diligentemente a Cristo se percatarán de que las dificultades que se cruzan en su camino se desvanecen de un modo sorprendente, y que una mano invisible les ayuda más allá de lo que esperaban.

Al llegar a la tumba, las mujeres se sorprendieron al ver que la piedra ya había sido retirada de la entrada. Luego, cuando penetraron en el sepulcro, en lugar de encontrar el cuerpo de Jesús, vieron a un mensajero de Dios quien les dio testimonio que Jesús no estaba allí. Es interesante comprender las palabras del mensajero divino. Este les dijo: “buscáis a Jesús Nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado” (Marcos 16:6). Estas palabras encierran una verdad triple.

En primer lugar, se establece que quien estuvo en la tumba fue el mismo que realizó grandes milagros durante su ministerio terrenal. Por ende, el ángel le llama por su nombre, JESÚS EL NAZARENO.

En segundo lugar, aquel que estuvo en el sepulcro fue el mismo que había sido CRUCIFICADO, y por lo tanto, no se trataba de un impostor.

En tercer lugar, nos encontramos ante la declaración que constituye la base y el fundamento de nuestra fe, HA RESUCITADO.

Aquel descubrimiento era demasiado grande para aquellas mujeres. Se habían topado con algo sobrenatural que, por el momento, no parecía tener explicación. El mensaje de aquel ángel instó a las mujeres a realizar tres acciones. La primera, CREER, porque aunque todo aquello era sorprendente, el mensajero celestial les recordó la promesa del Señor, y les hizo ver que el sepulcro estaba vacío. La segunda acción es NO TEMER, en otras palabras, “alégrate, Cristo ha resucitado”. Y para terminar, COMUNICAR, “id, decid a sus discípulos” que ha resucitado de los muertos. ¡Ve a proclamar! Esta es la orden que recibe todo aquel que ha experimentado el poder de la resurrección.

La resurrección del Señor es el sello por excelencia que garantiza la victoria contundente del crucificado. El Hombre del calvario se ha constituido Rey y Señor de todas las cosas. Vemos estampado su sello de resucitado en todos los actos que están registrados en el Libro Sagrado.

Desde el testimonio de los profetas hasta la garantía de la resurrección de los creyentes, vemos la marca incomparable, inconfundible y legible del resucitado. La resurrección de Cristo es el sello del testimonio de los profetas que, con voz firme y carácter inquebrantable ante las adversidades de su tiempo, mantuvieron el mensaje que predecía esperanza a su pueblo. Ese testimonio lo reseñamos en el cántico del Siervo sufriente, que el profeta Isaías recoge en su libro diciendo: “Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada” (Isaías 53:10).

La resurrección de Cristo es el sello del testimonio que Jesús dio sobre sí mismo. Fueron varias las ocasiones cuando Jesús declaró por sus labios todo lo que iba a padecer. Esto se hace explícito cuando Cristo le dijo a sus discípulos que “le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho... y ser muerto, y resucitar al tercer día” (Mateo 16:21).

La resurrección de Cristo es el sello, el testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios. El apóstol Pablo hace una de las declaraciones más hermosas al respecto. Así leemos en el libro de Romanos 1:3-4, “acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”.

La resurrección de Cristo es el sello que garantiza la resurrección y la gloria del creyente. Es en Cristo y solamente en Él que el creyente puede alcanzar completa salvación. El apóstol Pablo fue inspirado por el Espíritu Santo para escribir en sus epístolas todas aquellas cosas que hemos alcanzado en Cristo. Unas ciento sesenta y cuatro veces utiliza el sintagma “en Cristo”. Cuando analizamos la estructura de cada una de sus cartas, nos damos cuenta de que el autor presenta: en Romanos, la JUSTIFICACIÓN en Cristo; en Corintios, la SANTIFICACIÓN en Cristo; en Gálatas, la LIBERTAD en Cristo; en Efesios, nuestra UNIÓN en Cristo; en Filipenses, el GOZO en Cristo; en Colosenses, la PLENITUD de Dios en Cristo; y, por último, en Tesalonicenses presenta la GLORIFICACIÓN en Cristo (1 Tesalonicenses 4:13-18).

La resurrección de Cristo es el fruto del grano de trigo que cayó en tierra. Fue “echado en tierra” gracias a su amor redentor en aquel día santo. Su tallo se abrió paso por la tierra en el día de la pascua, orientándose hacia el cielo. Su tallo dorado penetró los cielos en el día de la ascensión. Su espiga se llenó de multitud de granos en la era indicada por el día de Pentecostés. La muerte y resurrección de Cristo son la base de:

1.- La reconciliación con Dios de aquellos que antes eran enemigos: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:10).

2.- La liberación del dominio del pecado en la vida del creyente: “Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:10,11).

3.- El Señorío de Cristo: “Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven” (Romanos 14:9).

4.- La obra intercesora de Cristo a la diestra del Padre: “Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Romanos 8:34).

La salvación que se consiguió en la cruz sólo puede estar a nuestra disposición por medio del mediador levantado y exaltado, y tan sólo por medio del Cordero manifestado en gloria se abren las puertas de la gracia para todos. La resurrección corporal significa que el redentor había vuelto a tomar plenitud de la naturaleza humana, inmortalizándola, transfigurándola y glorificándola en su propia persona, llegando a ser el “Postrer Adán”. Es necesario tener muy en cuenta que el sacrificio propiciatorio de Cristo sólo puede beneficiar al pecador culpable, dejando incólume la justicia de Dios si éste se halla unido con el Redentor Santo por medio del nuevo nacimiento. Es únicamente por este medio que el individuo puede ser renovado y que los redimidos pueden tener su existencia en Cristo, “que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1 Pedro 1:3). En virtud del gran hecho (la resurrección), los salvos pueden experimentar aún ahora la potencia de su resurrección y andar en novedad de vida como resucitados con Él, ya que les ha sido dada “vida juntamente con Cristo” y pueden servirle como Dios vivo con eficacia vital (Efesios 2:5, Filipenses 3:10, Romanos 6:5-10).

La resurrección de Cristo es el hecho más firme y mejor atestiguado en toda la historia de la salvación. Por tanto, hoy ni vamos al sepulcro ni tampoco nos preocupa quién removerá la piedra. El mismo que resucitó ese mismo lo hará. Lo importante es responder al mensaje que recibieron aquellas mujeres; creyendo, alegrándonos y proclamando con toda convicción que ¡Él ha resucitado!

“Gracia y Paz”
Verdades Bíblicas

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