sábado, 22 de diciembre de 2012

DIOS CON NOSOTROS



Isaías 7:14
“Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”.

Cuando el ángel se presentó a José en sueños, dio una serie de indicaciones que debían de ser concretadas cuando naciera el niño. Una de ellas era el cumplimiento de lo que ya había sido establecido por Dios mismo, alrededor de setecientos años antes, cuando habló por medio del profeta Isaías (Isaías 7:14). Entonces había hecho el anuncio que llegaría al mundo a través de un seno virginal y que su nombre sería “Emanuel”. En el Nuevo Testamento, que estaba escrito en griego y no en hebreo, se aclara “que traducido es: Dios con nosotros”.

Nos llama la atención que el ángel diera un nombre distinto cuando se le apareció a José que cuando se le apareció a María, “llamarás su nombre JESÚS” (Lucas 1:31) que es precisamente lo que hicieron, como también nos lo dice el mismo relato de Mateo. José en persona, ocupando el lugar de padre “le puso por nombre JESÚS” (Mateo 1:25).

Ciertamente “JESÚS” era un nombre que cuadraba bien al Niño de Belén. El ángel había hecho la explicación: “Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Jesús significa “SALVADOR”, y no hay duda de que es eso lo primero que pensamos cuando elevamos nuestra mente al Señor Jesucristo. Ese es el nombre con que lo conocieron en su tiempo. A tal punto vemos que era su nombre “oficial” que es el que Pilato colocó en el cartel de la cruz (Juan 19:19).

Hablar de que aquel niño llegaría a ser “Jesús”, es describir al Dios que vino al mundo con poder y acción para derrotar al demonio y a la muerte, sufriendo la consecuencia de los pecados. Pero para que ello llegue, era necesario, por así decirlo que ocurriera lo otro: que Dios estuviera con nosotros.

De ese modo, “Emmanuel” es la descripción más amplia de lo que significó la encarnación: Cristo nuestro Salvador; pero es mucho más: es la misma presencia de Dios en este mundo, a nuestro lado (Juan 14:8-10). Por supuesto la presencia de Dios es segura aunque no haya ninguna realidad manifiesta en el mundo físico. Lo creemos hoy y lo creyeron los patriarcas y profetas de la antigüedad, antes que Él viniera a la tierra. Pero sin duda, la encarnación, que es la expresión teológica con que nombramos la navidad, nos ayuda sobremanera, para sentir la realidad maravillosa de la divina presencia.

I. TODOS PODEMOS SENTIRLE CERCA

Para los paganos, que habían llegado en algunos casos, como Platón o Aristóteles, a vislumbrar la posibilidad de un Dios único, este era un ser lejano y ausente del mundo. Para los mismos judíos, el temor supersticioso a la posibilidad de “ver” a Dios tenía su raíz en la conciencia de que “Dios está en los cielos y tú sobre la tierra” (Eclesiastés 5:2), lo que sin duda es una verdad, cuando no se pone el énfasis equivocadamente. Esta frase bíblica ha resonado mucho en la teología del siglo XXI, pero para insistir en que ello produce la necesidad del Cristo hombre. Y hablando de teólogos, ¿acaso los de la edad media no hablaban de un “deus absconditus”? (Dios oculto, Dios incognoscible por la mente humana) Como para demostrarlo, la primera noticia de su llegada fue de sentido popular, a un grupo de personas pobres. No fue un anuncio hecho reservadamente en la corte, para que el rey se enterara del gran hecho. De ninguna manera, Dios quería mostrar que está con nosotros, así en plural. Porque los pastores tampoco se sintieron dueños de la noticia, sino que “volvieron glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho” (Lucas 2:20),“y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían” (Lucas 2:18).

Tampoco encontramos al Señor solo. Por el contrario, los relatos se cuidan de aclarar que encontraron al niño, pero no solo, sino con José y con su madre (Mateo 2:11 y Lucas 2:16). Era como para mostrar que la presencia de Dios en el mundo, era integrada al mundo, a lo que simboliza su madre y el esposo de esta: el pueblo a la cual Dios había hecho la promesa de venir, promesa que ahora se había cumplido.

II. CON NOSOTROS, SIN DISTINCIONES SOCIALES

La referencia a los pastores y el hecho concreto de que se apareció primero a ellos, puede llevar nuestra mente a una de esas conclusiones que están de moda hoy: que Cristo vino de alguna manera especial para los pobres. De ser así, habrían más de uno de los que lean estas páginas que sentirá que no puede decir: “Dios con Nosotros”. Pero no es así. El vino para los pobres y ricos. Lo demostró claramente cuando su estrella apareció a los magos en el Oriente al mismo tiempo que la gran luz brillaba sobre los pastores en los campos de Belén. Cristo lo demostraría durante toda la vida, pues jamás dejó de atender a un Nicodemo, a un Jairo, a un centurión, a un Simón fariseo y a tantos otros. Por supuesto que los pobres “por razones lógicas” le seguían en mayor número; entre otras razones evidentes están su mayor facilidad para el movimiento físico, su enormemente mayor número, aparte de que su misma situación le llevaba a buscar ayuda. Jesús no ocultó que los ricos entrarán difícilmente en el Reino de los Cielos, aunque luego aclaró que esa observación era para los que confían en las riquezas (Mateo 10:23-25). Esto nos muestra que el Señor está con nosotros, al margen de que seamos sabios o ignorantes no importa la condición social o cultural.

III. CON NOSOTROS, SIN DISTINCIÓN DE PUEBLOS

Desde el comienzo, el mundo cristiano entendió que cuando Dios vino a estar con nosotros, eso significaba con todo el mundo. Es cierto que el nació en un pueblo determinado. Naturalmente no podía nacer en todos a la vez. Porque fue en el pueblo judío, es uno de los misterios de la mente divina que se escapan del razonamiento humano.

Los argumentos que se han dado no nos interesa ahora. Pero si podemos pensar que si quizás nosotros no lo habíamos elegido. En aquel siglo hubiéramos pensado que debía nacer en Grecia o en Roma. En tiempo de los profetas, habríamos elegido a Egipto o Babilonia. En la edad media a Francia o Italia. Mas recientemente a Inglaterra o Alemania, y en nuestro tiempo a los Estados Unidos o la Unión Soviética… o nuestro propio país, pero dudamos que en algún momento de la historia, hayan habido muchos que hubieran pensado en los judíos. Sin embargo, eso fue lo que Dios determinó. Si Dios pudo estar con los judíos, ¿Cómo no podrá estar con nosotros? Cuando Él escogió a aquella raza, nos estaba ayudando precisamente a universalizarlo. Pero aunque los mismos judíos nunca quisieron entenderlo, Él nació para todos los pueblos. Los ángeles vinieron y cantaron sobre “la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lucas 2:14), sin poner ninguna clases de límites geográficos.

IV. ESTÁ HOY, COMO ESTUVO ENTONCES

Hoy, en la era espacial cuando algunos quieren hacer lo que creen una broma hablando de Cristo como del “primer astronauta” Armstrong, la humildad de Cristo se muestra cada vez más notable. La realidad de que el Señor de esos ciegos, cuya inmensidad nos asombra cada vez más, haya venido a estar con nosotros, se hace cada día más maravillosa.

Para Dios no hay generaciones. Así como José y María podían sentir a “Dios con nosotros”, lo mismo podemos afirmar nosotros en estos tiempos: “Dios con nosotros”. No conmigo, no contigo, no con ustedes, no con ellos, no con aquel. “Con nosotros”. Con todos con los que nos sentimos unidos, unidos con Él y unidos los unos con los otros. Eso me incluye a mí, me da la seguridad de su presencia y también me da la seguridad de que formo parte de un pueblo que existe precisamente porque el vino al mundo y desde entonces y por la eternidad está “CON NOSOTROS”. Amén, Aleluya.

“Gracia y Paz”
Gracia y Misericordia

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