jueves, 10 de mayo de 2012


¿A QUIEN SERVIMOS?

Salmos 101:6
“Mis ojos pondré en los fieles de la tierra, para que estén conmigo;
El que ande en el camino de la perfección, éste me servirá”.

En el vértigo afanoso en el que vivimos muchas veces perdemos el rumbo de lo verdadero y podemos llegar a confundir lo que es auténticamente de Dios con lo que no lo es. Deberíamos establecer a quién servimos cuando trabajamos.

Podemos preguntarnos:
¿Trabajamos para hombres?
¿Trabajamos para nuestro ministerio personal?
¿Trabajamos para engrandecer socialmente la Iglesia?
¿Trabajamos para destacarnos en la congregación?
¿Trabajamos para distinguirnos ante nuestros líderes?
¿Trabajamos para ser honrados por nuestros hermanos?
¿Trabajamos por la satisfacción de sentirnos útiles?
¿Trabajamos por sentirnos superiores a otros hermanos?
¿Trabajamos porque simplemente nos gusta trabajar?
¿Trabajamos buscando la proyección ministerial?
¿Trabajamos para sentirnos importantes en algo?
¿Por qué y para quién trabajamos?

Es indudable que las respuestas son personales. Pero lo cierto es que todos deberíamos responder que trabajamos para servir a Dios y no a hombre ninguno. Por importante que sea o por importante que creamos que sea.

Gracia y paz

(Diego Acosta García)

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