martes, 23 de julio de 2013

¿TE LIMITAS A OIR SOLAMENTE?



Santiago 1:22-25
“Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace”.

Todos estamos muy concientes de la importancia que tiene el que nos escuchen bien cuando queremos dar una orden o transmitir alguna instrucción. Lo vemos, por ejemplo, en la relación entre una madre y su hijo adolescente. Frecuentemente se escuchan estas exclamaciones: “¿Me estás escuchando?” “¿No oíste lo que te dije?” “¿Estás entendiendo bien?” En lo más profundo de nuestro ser sentimos la necesidad de que nos escuchen atentamente. Los padres, en particular, acentuamos esta importancia. También los maestros, los médicos, los pastores y en general cualquier persona que tiene la responsabilidad de enseñar o dirigir.

La razón es sencilla: si no nos oyen, nuestras instrucciones no pueden ser seguidas. O sea, el primer paso para ejecutar una orden es oírla. Para poner en práctica una enseñanza es imprescindible haberla escuchado antes y haberla entendido. En más de una ocasión, al dirigirse a la multitud, Jesús advirtió: “El que tiene oídos para oír, oiga”. Es decir: “Todo el que puede oír, escuche atentamente”. Lamentablemente muchas veces, no obstante de que oímos las instrucciones o las advertencias, no somos capaces de prestar atención a lo que realmente se nos dice. Nuestros propios intereses nos alejan de esas instrucciones hacia nuestros deseos, e inconcientemente creamos una pared mental que nos impide recibir el mensaje con claridad.

Pero hay algo más. Aún cuando logremos escuchar y entender las instrucciones, muchas veces nos detenemos en ese punto. Hay, en ocasiones, un abismo inmenso entre el oír y el hacer. Cualquiera sea la razón, tenemos que estar concientes de que para Dios es tan importante que escuchemos sus instrucciones como que las llevemos a la práctica. Por ejemplo, en Mateo 21:28-31, Jesús cuenta esta parábola: “Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero”. Esta parábola nos enseña la importancia de hacer la voluntad del Padre, aunque al principio hayamos pensado hacer lo contrario. Esto es mucho mejor ante los ojos de Dios que mostrar disposición a obedecer, pero finalmente llevar a cabo nuestra propia voluntad.

La Biblia dice en Romanos 10:17: “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. Es sumamente importante leer y escuchar la palabra de Dios, pues nuestra fe se fortalece cuando conocemos al Señor íntimamente. Y cuando dedicamos tiempo a la oración cada día de nuestras vidas, profundizamos más en esta relación con Dios, llegamos a conocer su voluntad, la fe se fortalece aun más y entonces nos resulta mucho más fácil obedecerle, pues el Señor nos da la motivación y la fuerza y el valor que necesitamos para seguir sus instrucciones. Así dice Filipenses 2:13: “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”.

La Escritura de hoy nos exhorta a que no solamente oigamos las instrucciones de Dios sino que las obedezcamos. Entonces seremos bienaventurados. De lo contrario nos estamos engañando a nosotros mismos, y nos perderemos las bendiciones que el Señor tiene preparadas para nosotros.

No te limites a oír la Palabra de Dios, sino también haz lo que ella dice. Busca discernimiento espiritual para oír bien las instrucciones y entenderlas, y fortalece tu fe para llevarlas a cabo leyendo diariamente la Biblia, meditando en sus enseñanzas y dedicando un tiempo a la oración.

ORACIÓN:
Padre santo, alabado y glorificado sea tu nombre. Te ruego, Señor, que afines mi oído espiritual para poder escuchar y entender con claridad tus instrucciones, y dame la fuerza y el valor para llevarlas a la práctica de manera que tu nombre sea glorificado en mi vida. En el nombre de Jesucristo, Amén.


“Gracia y Paz”
Dios te Habla


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