viernes, 25 de enero de 2013

DESCRIPCIÓN DE UN ENCUENTRO G12



Este es la segunda parte del tema Mercaderes de la Fe. Le sugerimos a quien lo quiera estudiar que se tome el tiempo necesario para leerlo y meditarlo.

Lo primero que uno oye hablar es acerca de los Encuentros: ‘Encuentro con Dios’. Te dicen que es algo que nunca experimentaste; que lo necesitas, que te hará bien. Que no te pueden comentar qué es; pero que son tres días de mucha bendición, en donde Dios te va a hablar. Que tienes que prepararte para ello. Debes asistir al Pre-Encuentro. De últimas, si no has podido asistir al encuentro previo, lo más importante es que debes estar en oración, para que Dios esté preparando tu vida para esos tres días, en los cuales tu vida cambiará. Claro, uno se resiste al principio, porque parece una invitación a convertirse a Cristo. Pero te invitan a ti, que ya eres del Señor.

También te aclaran que allí van todos: creyentes e inconversos.  No puedes ir con tu propio automóvil, ni en tren, tampoco en bus. Tienes que aceptar viajar en los buses arrendados especialmente para la ocasión. Deberás abonar una suma, que no es ni mucho ni poco; es una cifra respetable: $ 50= o U$S 50= En todos los casos el Encuentro con Dios se realiza desde el viernes a la noche hasta el domingo a la tarde, en un lugar muy apartado. Cuando uno llega al lugar, se da cuenta que, aunque quisiera, no puede regresar por sus propios medios: estás en medio del campo, en una ruta alejada. Se experimenta un cierto temor, una cierta indefensión; pero ya es tarde.

Ingresas a un salón previamente dispuesto, con altoparlantes poderosos y música suave grabada, que se escucha constantemente incluso, cuando habla el orador, cuando se está desayunando, almorzando, merendando y cenando; y también muy tarde por las noches, cuando cada encuentrista se retira en silencio a descansar. La presentación es típica de una empresa piramidal, de aquellas que te ofrecen la venta de un producto sensacional, como ser, un champú que sirve para lavar el carro, los platos, el piso y aun el cabello.

También, sirve para lavar la ropa. “Cada veinte/treinta minutos Dios te va a sorprender” repite el presentador constantemente, con una voz fuerte y animosa, típica de un programa televisivo. “¿Cómo es el Encuentro?” (Y él mismo te enseña a responder) “¡Tremendo!”. Otra vez: “¡El Encuentro es Tremendo!” La voz del que habla es cada vez más fuerte; tanto, que algunos buscan sentarse más atrás, para estar lo más alejado posible de los altoparlantes.

Todos están expectantes, intimidados, asustados, tensos, con dudas. Te enseñan que debes tener una actitud humilde; aquí no valen los títulos ni los cargos; pastores y miembros son todos iguales; no hay ninguna consideración especial para nadie. Utilizan La Biblia y cierto Manual, por el cual se guían en todo lo que realizan. En realidad, no necesitan La Biblia, ya que los pasajes bíblicos están todos consignados por entero en el Manual, junto con las citas bíblicas. Al principio, las enseñanzas parecen todas bíblicas; con una tendencia claramente carismática. Pero esto se asume con cierta naturalidad. Además, quien ha decidido en último término asistir al Encuentro, eres tú mismo. Así que, te adaptas o te adaptas. Más te vale ‘demostrar’ que estás en la misma ‘onda’.

La enseñanza que comienza siendo bíblica va incluyendo, poco a poco, conceptos nuevos, que claramente contradicen La Palabra de Dios. Pero es tan sutil el procedimiento que, el que conoce poco Las Escrituras, es engañado con facilidad. Aquí habría que hacer un alto y relatar lo que ocurre antes de ascender al bus que te llevará al lugar en donde se realizará el Encuentro. ¡Hay un mundo de gente, bolsos de mano y buses esperando! La iglesia anfitriona reúne a creyentes de otras iglesias, con o sin autorización de sus pastores. Pero no va cualquiera; dado que cada uno es minuciosamente detallado y recomendado por otra persona de confianza. Es muy difícil que vaya alguno para ‘investigar’, para actuar como detective; a menos que mienta hábilmente. ¿Y qué creyente querrá mentir, nada menos que ante un Encuentro con Dios?

Una persona habla al grupo de aspirantes a encuentristas y les da una serie de advertencias, sin detallar lo que se realizará en el Encuentro. La sensación es que uno será llevado a la sala de operaciones. La tentación de escapar de este lío es muy grande; Hasta el último momento. Pero la presión de quienes te rodean, conocidos o no, también es grande. En el trayecto en bus, si se viaja con un conocido es mejor; pero aun así todos llegan a conocerse y a formar una amistad. Todos parecen contentos; pero están nerviosos. Comienzan a entonar algunas canciones nuevas, pero muy sencillas, acerca de que el diablo está vencido, la naturaleza carnal también.  Una vez llegados al lugar del Encuentro, ya es oscuro; quien desee huir no podrá, porque no hay una sola persona en todo el desolado lugar de campo. No hay ruta conocida. Uno siente que está preso o secuestrado. Pero, como todos estamos en la misma situación, nos animamos y consolamos los unos a los otros, disimulando el nudo en la garganta. “¿Dónde me metí?” “Pero bueno, ya estoy aquí; veré qué sucede”. Lamentablemente, no puedo afirmar que, “si no me gusta, me voy” ¿A dónde me iré? ¿Cuál es la ruta? ¿Con qué medios de transporte?

Retomamos el relato de lo que ocurre en el recinto de reuniones. Al poco rato de estar sentados nos avisan -nos ordenan- quitarnos los relojes, los celulares, grabadores, cámaras fotográficas, filmadoras, radios portátiles. Un inspector pasa por cada asiento y se lleva todo.  Recuerda que no puedes mentir; eres del Señor; serás confrontado nada menos que con Dios mismo. Seguramente, si mientes te caerá un rayo encima. Pero no es por el castigo divino; tú tienes ‘principios’  éticos y espirituales. Por esta razón has asistido al Encuentro: porque quieres más de Dios. Como decía, la enseñanza está salpicada de textos bíblicos: comienza siendo bíblica, pero va incluyendo, de a poco, conceptos nuevos, que claramente contradicen La Palabra de Dios. Es tan sutil el procedimiento que, el que conoce poco Las Escrituras, es envuelto fácilmente.

Te hablan de la Parábola del Hijo Pródigo. Su regreso al hogar. En vez de ajustarse al relato bíblico describen al hijo llegando a las puertas de la casa de su padre. Las puertas son enormes, altas y gruesas. El hijo cae de rodillas al suelo, clama, grita, llora, llama a su padre… ¡qué figura! ¡Cómo impacta! Parece más bonita que la figura pintada en Las Sagradas Escrituras. Porque una buena parte de la expectativa se rompe, cuando leemos que ya el padre lo estaba esperando y que, viéndolo de lejos, corre a recibirlo. Pero la figura que te pintan -ajena a La Escritura- contiene una fuerte carga emocional: el hijo ruega al padre, para que éste lo reciba nuevamente en casa; el padre no oye, porque los muros son altos y las puertas son gruesas. En realidad esto atrae, porque los méritos recaen en el hijo, que se esfuerza en lograr la atención de su padre. La realidad es muy distinta: es Dios que busca a la humanidad, es el Señor quien se esfuerza hasta la muerte, para labrar nuestra Salvación.

Los cambios sutiles se suceden uno detrás del otro. Ahora te dicen que debes ponerte de rodillas, con la frente en el suelo y clamar a Dios por tu vida, hasta que Él se digne a escucharte; si lloras, gimes, luchas como lo hizo Jacob en Peniel, hasta vencer a Dios y obtener la Bendición. Ahora eres un gusano y te arrastrarás por la tierra; no vales nada; eres un miserable pecador. Tus títulos y cargos no sirven, no eres nadie. No quiero que me laven el cerebro; hago como que tomo notas, utilizando la birome y un cuaderno que nos fueran entregados, y a escondidas anoto: “Esto no es cierto, la Palabra de Dios dice así y así; Esto tampoco acepto, lo rechazo, es contrario a Las Escrituras”. Cada frase sacrílega que afirman y repiten es rechazada por mí, con otra frase basada en La Santa Biblia. ¡Cómo agradezco el haber leído y estudiado concienzudamente Su Palabra! ¿Qué hubiera hecho, sin el conocimiento bíblico? ¿Con qué argumentos mi mente y mi corazón se hubieran defendido? “¡Bienvenido! Hombre de Valor” Ésta es la credencial que nos entregan al ingresar al Encuentro de Varones, ya que no es mixto. Uno tras otro se suceden los disertantes, y somos bombardeados con nuevas ideas, sin darnos tiempo para meditar y razonar, si estas cosas son así (Hechos 17:11). En un momento dado presentan al principal del Encuentro, el cual dará la disertación central. “Lo recibimos con un fuerte aplauso a Cristo” Todos tienen que aplaudirlo; se incentivan los aplausos afirmando (¡increíble!): “Usted está aplaudiendo al mismo Dios”, “Usted está aplaudiendo a Cristo”. “Ríete” te dicen; “mañana no serás el mismo”. Di a ti mismo: “Yo no seré el mismo”. “Mira a tu compañero de asiento y ríete; larga una carcajada y ríete; no vas a ser igual” “Es tiempo de Confrontación”. “Has tenido problemas con el faraón, para venir aquí” “Dios espera que dispongas tu corazón para 1) Tres días de confrontación. 2) Encuentro genuino con Jesucristo. 3) Comprender quién eres y para qué eres. 4) Un lugar de transformación. 5) Éxito: depende de ti el éxito de tu encuentro con Dios. 6) Atrévete a confiar”. “Él tratará contigo, aun cuando duermas”. (Anoto en mi cuaderno: Todo esto mismo se podría decir, sin gritar tanto). Viene la sorpresa: “Ya le entregaste tu reloj, tu celular, tu tiempo, tu familia; ahora Él quiere, pide, tus palabras”. “¿Te animas a entregarle a Dios tus palabras?”. “Vamos a hacer un pacto de silencio”. “No conversarás con tus hermanos en estos días, no desarrollarás ninguna conversación”. “Sólo puedes hablar con un colaborador”. “Sí puedes declarar tu alabanza o consignar afirmaciones por escrito”. “Di ahora: ‘Prometo no entrar en diálogo con mi hermano; ofrendo a Dios mis palabras”. El primer día es confrontación, Betel y una segunda oportunidad: Peniel. Así como Jacob reconoció que había perdido lo que había encontrado en Betel por gracia, ahora en esta segunda oportunidad –Peniel- la Bendición la habrá de obtener por luchar.

El segundo día es muerte y sepultura. “Hoy es el día más importante de tu vida” te dicen.  Anoto en mi cuaderno. ‘Al fin el encuentrista se adapta, se somete, porque vino para recibir más de Dios. Pero sucede como cuando uno va al restaurante y es mal servido por el mozo. Para no arruinar el momento de la comida y pasarla mal, uno se resigna a los malos tratos’.  “Ahora vas a vomitar tu pecado. Abre tus piernas”. Decenas de servilletas o pañuelos de papel son distribuidos. Algunos comienzan a vomitar y los asistentes pasan asiento por asiento limpiando el suelo. ¿Cómo pudo suceder esto? La presión sicológica es muy grande y uno asiste ya predispuesto a todo. Y si no venías predispuesto conocen ellos los mecanismos que tienen que accionar para tu quiebre. “Te vas a sentar en el suelo, en círculo. Tienes que cerrar tus ojos”. Una voz de mujer comienza a hablar y luego se escucha la voz de un varón. Te hacen descender año tras año, describiendo las generalidades de tu vida, imaginando los problemas que has tenido, hasta el feto mismo. La voz de la mujer puede representar a tu madre o abuela. La voz masculina puede significar a tu padre o abuelo (ya fallecidos o no) o a tu pastor. Te invitan a perdonarlos. Tienes que acercarte a esa mujer y a ese hombre, por turnos uno a uno y decirles que los perdonas, como si fueran ellos las personas a quienes tú perdonas. (En un ambiente de tanta emotividad y presión, si te dicen que perdones al diablo, lo harías).

Un joven comienza a reírse a carcajadas, se tira al suelo. El disertante, lejos de molestarse, lo celebra. Es una buena propaganda de lo que se está logrando. Otros comienzan a hacerlo también. ¿Qué hora es? Nadie lo sabe, pero debe ser muy, muy tarde. Ninguno puede hablar; es todo un silencio, lo mismo cuando vas a tu habitación. En los baños ya no hay papel higiénico; todo ha sido usado para secarse las lágrimas. Todos lloramos, ¡sí, yo también! Es que te presionan tanto, te dicen tantas cosas; te sientes una basura y recuerdas situaciones tristes de tu vida. Porque hay un elemento a favor de los disertantes: saben que todos somos pecadores; y aprovechan esa circunstancia. Te usan; ésa es la expresión más exacta. Pero, ¿no hacen lo mismo muchos pastores en sus cultos? Los pañuelos que has traído contigo están todos mojados; así que, recibes con agradecimiento los pañuelos de papel que distribuyen, los cuales son reemplazados continuamente. Todos lloran: en el recinto, en los baños, en el lugar de la frugal cena, en el sendero que te lleva a tu habitación, en las habitaciones, en cada cama. La música no para nunca. Pero yo burlé a la vigilancia; desconfiado, previamente escondí un reloj en la mochila que dejé en mi habitación. No mentí; en el salón no lo tenía. Disimuladamente miro la hora: dos y media de la madrugada. A las siete de la mañana estaremos nuevamente en pie… Todos desayunamos en silencio; mucha gente, pero nadie  conversa, nadie emite una sola palabra. Y la música… la música se escucha en tu habitación, en el salón de reuniones, en los baños, en el comedor, en los senderos: “Tus Ojos revelan que yo, nada puedo esconder… sé que es Tu fidelidad”. La canción se repite una y otra vez, sin fin.  Otra vez ocurren las mismas cosas en el salón de reuniones. Hay gente que ríe descontroladamente, que se tira al piso. Otros lloran todo el tiempo. Tienes que marcar con una X los pecados que has cometido en tu vida, perdonados o no, antes o después de tu conversión.  Bueno, tu conversión, tu bautismo y membresía y aun tus cargos no sirven para nada aquí. Porque te están predicando nuevamente; ya me convencí con horror que el mensaje que escuchamos no es para los ocasionales inconversos aquí presentes; es para los creyentes especialmente. Porque solamente la presentación que ellos hacen del Evangelio es lo que tiene valor; lo que te han predicado en tu iglesia no sirve para nada.

También, tienes que marcar con una X los pecados de tu madre, tu padre, tus abuelos, abuelas, bisabuelos, tatarabuelos y los ascendientes que recuerdes. No debes olvidarte de ninguno. Todo pecado no confesado no será perdonado. Debes levantar en alto las listas de pecados y renunciar a ellos. Por en medio de la nave central del salón aparece ¡un féretro! transportado por cuatro personas. Instintivamente, uno mira dentro del féretro, para ver si hay un cadáver allí dentro. Porque a esta altura de la reunión ¿o de la sesión? uno puede esperar cualquier cosa. Nos inclinamos para mirar… pero nos indican que el cadáver somos cada uno de nosotros, el ‘viejo hombre’. Dentro del féretro tiramos las listas de los pecados y acompañamos a la comitiva fúnebre, al ‘cementerio’.  En el ‘cementerio’ nos encontramos con una inmensa fogata. El féretro con los papeles dentro -que contienen las listas de pecados de todos los asistentes y de todos sus familiares- es tirado a la fogata. Una persona tira su chaqueta, otra tira un pulóver, algo personal. El fuego se eleva aún más. “El que no salta es un viejo, el que no salta es un viejo” Y todos saltan, saltamos. “Se murió, el viejo se murió, el viejo se murió, el viejo se murió. Se murió…”. Todos cantan enloquecidos; la presión a que hemos sido sometidos se desinfló. La gente está feliz… Confrontación, Betel, Peniel, Muerte (hoy sábado 21 de septiembre es Día de la Primavera) y mañana domingo, Resurrección. Regresamos al salón. Dividen a la multitud en dos bandos: los que tienen el Bautismo del Espíritu Santo con la evidencia del hablar en lenguas y los que no, en ambos extremos del salón, con las sillas apiladas aparte. 

Los que no han recibido el Bautismo mencionado tienen que cerrar sus ojos. Yo los cierro y entrelazo mis manos hacia adelante. Me corrigen: los brazos a ambos costados, libres. Mi única manifestación fue llorar y reírme un poco. Pero todo lo demás lo rechacé. Con tanta presión sicológica creí tener una visión: un montón de basura increíble y una Persona vestida de blanco que aparece, que me pareció era el Señor. Pero no permitiré que me quiebren. Conozco las técnicas de lavado de cerebro y quiebre mental. Leí mucho acerca de los cristianos perseguidos en los países en donde funciona la iglesia subterránea. Instruyen al otro grupo para que, al contar uno, dos, tres y ¡ya! Todos corran hacia el otro extremo del salón, en donde estamos nosotros. Con los ojos cerrados percibo como si una manada de cientos de búfalos arremetiera contra nosotros. También, me parece que son demonios, porque se abalanzan contra nosotros gritando enloquecidos, furiosos. Uno me grita en un oído, otra persona me grita en el otro oído. Un tercero me grita frente a mi rostro: ¡Recibe! ¡Recibe! ¡Recibe!

Me golpean en el pecho, me empujan haciendo presión en mi frente, para que caiga hacia atrás. Insisten, pero nada. Vienen refuerzos y uno a uno caen al suelo, menos yo. Estoy contento. Vencí a todos los demonios; no pudieron conmigo. ¡Gloria a Dios! Por primera y única vez hacen pasar a los pastores delante. No podía creer que hubieran hecho esta distinción; muchos sabrán ahora, que soy pastor de una congregación. Nos alineamos adelante, y el principal con su esposa (que también hablaron y representaron a los familiares en los círculos en el suelo) comienzan a ministrarnos, mientras la música es puesta a todo volumen y los asistentes gritan. Tal es la confusión, el ruido, la música y el griterío, que no me doy cuenta cuando me ponen aceite en mi frente.

Apenas escucho la oración que me están elevando. Como estoy con los ojos cerrados, siento que mis piernas se aflojan, me baja la presión sanguínea. Clamo al Señor: “No permitas que esta gente me venza; Tú sabes que todo esto es presión sicológica, humana; si caigo al suelo creerán que han tenido la victoria” Pero no caigo al suelo. Nadie, ni siquiera el principal pudo vencerme. Me siento victorioso, fortalecido. Sin embargo, no soy tan necio para creer que fue mi fortaleza. Fue el Señor que me dio la victoria. Ahora, estoy mejor preparado para cuando en un futuro tenga que ser sometido a una presión semejante, si llego a ser un cristiano perseguido como en otros países. Luego de esto, la alegría reina en el lugar. Todos (menos yo) comienzan a bailar, a danzar, a reír, a gritar. Nuevamente la música es puesta a todo volumen. Te dicen que, para recibir la Unción, debes tocar, abrazar al principal; ya que la Unción se transmite de persona a persona. Todos se desesperan por tocarlo, como los católicos hacen cuando quieren tocar y besar una imagen. Lo abrazan, lo tiran al suelo. La idolatría que veo es repulsiva. Jamás haré cosa semejante. Recuerdo cuando a Bernabé y a Pablo en Listra los llamaban dioses y trajeron guirnaldas y querían ofrecerles sacrificios. Pero ellos rasgaron sus ropas y dando voces les dijeron “Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros” (Hechos 14:11-15). No, ellos no aceptaron la gloria que sólo le pertenece al Señor. Ahora reina la alegría; todos están contentos. Hoy es día de Resurrección. El principal llena una vasija con vino tinto. Y comienza a tirar el vino por todo el salón, manchando las ropas de los asistentes (menos a mí, que me he alejado). “¡Reciban la Unción, reciban el Gozo!”  Increíble, te entregan un Certificado de Nacimiento: “En la Ciudad de… a los… días del mes de… del año… CERTIFICO el nacimiento de… Y para que así conste, firmo el presente”. ¡Tú mismo debes firmarlo! ¡Debes hacerte responsable! Pero, ¿acaso no he nacido de nuevo cuando entregué mi vida al Señor Jesucristo, a la edad de trece años? Si ahora certifico mi nacimiento (¿quién soy yo para certificarlo? es el Espíritu Santo el que da testimonio, Romanos 8:16) entonces debería ser también bautizado. Te reparten otro documento: “PACTO – Responsabilidad sin límites – Una entrega total” “Yo… me comprometo a firmar bajo un pacto:

- A ser parte de un equipo y trabajar en unidad, desechando todo individualismo.

- Tendré en cuenta al equipo, ante cualquier decisión.

- No buscaré el beneficio propio, sino el del equipo”.

Siguen otros compromisos, de consagración, perdón. Finaliza el documento: “Bajo esta declaración, y en forma voluntaria y responsable, firmo delante de Dios y de la iglesia, mi compromiso”. Te entregan una carta de parte del principal que, entre otras cosas, dice: “Sé que este tiempo fue un tiempo para parar de muchas rutinas diarias, para participar de este ENCUENTRO, lo cual lo podemos describir con estas palabras: que es TREMENDO… Esto sólo es el comienzo de algo TREMENDO y maravilloso. Y vemos detrás a multitudes llegando a los pies de CRISTO a través de tu vida y ministerio”.

Finaliza el pacto de silencio, ahora podemos hablar, conversar. Recibimos una sorpresa: la correspondencia de nuestra familia y de nuestra congregación y amistades, preparada de antemano. Se viene el regreso al salón de la iglesia anfitriona, la que recibió el dinero de cada uno de los participantes; que, descontando los costos les deja una ganancia del 60% de lo abonado. En el trayecto de regreso se entona: “Un minuto de silencio para el diablo, que está muerto” (Pero La Biblia dice que el diablo está como león rugiendo – 1 Pedro 5:8).

Allí nos esperan nuestros familiares, a puertas cerradas. Porque en un momento dado, las compuertas de la capilla se abren y entramos nosotros, los ‘hombres de valor’ los nuevos hombres, los santos, los llenos del Espíritu, los vencedores, los nuevos líderes, los espirituales.  Porque así como te humillaron en el Encuentro, también te exaltaron hasta lo sumo, para que en el nombre de… Y comienza el baile, todos bailan, danzan, hacen el trencito. Luego vendrá el Post-Encuentro. Pero nunca más me verán allí. En la iglesia que pastoreo me veré en un grave problema: los hombres de valor me citan para anunciarme que quieren conformar ellos una Junta pastoral y todo lo deberé consultar con ellos, los cuales tomarán las decisiones. Pero nuevamente tuve victoria en el Señor. Dios deshizo la obra del enemigo. Pero lamento en el alma que dos familias se retiraran de la congregación. Tuve la inmensa alegría de que el matrimonio de una de ellas viniera después de un año, a pedir perdón. Ellos se han mudado y viven muy lejos como para regresar a nuestra congregación. Con la otra familia, aunque no han vuelto, tenemos una excelente relación. Hoy solamente quedan algunos conceptos errados que, de a poco, voy corrigiendo.

Dije al principio que, lo primero que uno oye es acerca de los Encuentros. Con el tiempo uno aprende que detrás de todo esto está el Grupo G12, las reuniones en hoteles denominadas ‘Hombres de Valor’, los Congresos ministeriales en donde te ministra un apóstol. Mega iglesias, la Iglesia del Tercer Día, Maldiciones generacionales y tantos términos nuevos. Tuve que asistir también, porque sin avisarme y sin mi conocimiento empezaron a robarme uno a uno los miembros, para concurrir al Encuentro. Cuando me enteré de esto, corría el peligro de sufrir una disgregación en la congregación. Y, si no asistía, no tenía argumentos de primera mano.

Si bien es cierto que el Señor eligió a doce varones para que fuesen sus discípulos, no era un método; si así fuese, habría que admitir que le falló; ya que quedaron solamente once. Tampoco vemos a los discípulos enseñando cada uno de ellos a otros doce y éstos, a su vez, a otros doce. Qué extraño que en los Hechos de los Apóstoles y en las cartas y epístolas no se mencione en detalle tal método. Se habla de enseñar a hombres idóneos para que, a su vez, éstos enseñen a otros. Pero no se menciona el número doce. Tampoco Las Escrituras afirman que en cuarenta días tu vida va a cambiar.


“Gracia y Paz”
Marcos Andrés Nehoda

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