miércoles, 9 de julio de 2014

ORACION



Busca el rostro del Señor cada día en oración, escudriña su Palabra, medita en ella y obedécela aplicándola en tu vida diaria. Así establecerás una íntima comunión con Dios y podrás afirmar que tú habitas bajo su abrigo, y por lo tanto disfrutarás de su protección y de sus bendiciones.

ORACIÓN:
Dios de amor, de misericordia y de poder, yo quiero disfrutar de tus promesas de cuidado y protección para tus hijos. Por favor, ayúdame a vivir bajo tu sombra y tu abrigo cada día de mi vida. Aumenta mi fe y dame fuerzas para obedecer tu palabra y permanecer siempre en tus caminos. En el nombre de Jesús, Amén.


¡Gracia y Paz!

¿CAMINAS TÚ AL ABRIGO DEL ALTÍSIMO?



¿Caminas tú al abrigo deL ALTÍSIMO?

Salmo 91:1-11
“El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Yahweh: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré. El te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro; Escudo y adarga es su verdad. No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, Ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará. Ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos. Porque has puesto a Yahweh, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación, No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada. Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos”

Desde Génesis hasta Apocalipsis, la Biblia nos enseña que cuando buscamos el rostro del Señor, y nos esforzamos por vivir bajo sus reglas, podremos siempre estar seguros de que contaremos con su cuidado y su protección. En el Salmo 91 encontramos unas cuantas promesas de Dios para los que “habitan al abrigo del Altísimo”. Aquellos que han decidido vivir bajo la voluntad y la dirección del Señor pueden decir, como el salmista: “Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré”.

La siguiente historia nos da una prueba evidente de la verdad que envuelve esta escritura:

Diana, una joven universitaria y consagrada cristiana, estaba de vacaciones en su pueblo durante el verano. Aquella tarde fue a visitar unas amigas y mientras conversaban acerca de sus respectivas experiencias durante el pasado año, el tiempo pasó rápidamente y la noche llegó sin apenas darse cuenta. Ahora Diana tenía que regresar sola a su casa. Mientras caminaba en la soledad y oscuridad de la noche Diana oraba pidiendo a Dios que la protegiera de cualquier peligro. Llegó frente a un callejón por el cual solía cortar camino para llegar a su casa y después de vacilar por unos segundos decidió cruzar por allí. Cuando iba aproximadamente por la mitad del callejón notó que había un hombre parado al final como si estuviera esperando por ella. Se sintió un poco nerviosa y de nuevo oró a Dios pidiendo su protección. Inmediatamente una sensación de profunda paz y seguridad la envolvió totalmente. Sintió como si alguien estuviese caminando junto a ella. Cuando llegó al final del callejón, le pasó por al lado a aquel hombre y continuó su camino llegando a su casa sin problemas. Al día siguiente leyó en el periódico que una joven había sido violada en aquel callejón unos veinte minutos después que ella pasó por allí. Sintiéndose impactada por esta tragedia y al pensar que bien pudo haber sido ella, comenzó a llorar dándole gracias al Señor por su protección y pidiéndole que ayudara a aquella pobre muchacha.

Entonces sintió que debía ir a la policía pues ella podría ayudar a identificar al violador. Después de contarles su historia, allí le preguntaron si ella estaría dispuesta a tratar de reconocer a aquel hombre entre un grupo de sospechosos. Ella asintió e inmediatamente señaló al hombre que ella había visto la noche antes en el callejón. Cuando le dijeron al hombre que había sido identificado, no le quedó otro remedio que confesar. El oficial le dio las gracias a Diana por su ayuda y le preguntó si habría algo que ellos pudieran hacer por ella. Ella le pidió que le hicieran al hombre una pregunta. Realmente ella sentía una enorme curiosidad por saber el por qué él no la había atacado a ella. Cuando el policía le preguntó, el hombre contestó: “Porque con ella iban dos hombres muy altos, uno a cada lado”.

“A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos”. Al igual que Diana, tú puedes hacer tuyas las promesas de Dios, si vives bajo su manto protector. Busca el rostro del Señor cada día en oración, escudriña su Palabra, medita en ella y obedécela aplicándola en tu vida diaria. Así establecerás una íntima comunión con Dios y podrás afirmar que tú habitas bajo su abrigo, y por lo tanto disfrutarás de su protección y de sus bendiciones.

ORACIÓN:
Dios de amor, de misericordia y de poder, yo quiero disfrutar de tus promesas de cuidado y protección para tus hijos. Por favor, ayúdame a vivir bajo tu sombra y tu abrigo cada día de mi vida. Aumenta mi fe y dame fuerzas para obedecer tu palabra y permanecer siempre en tus caminos. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla

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martes, 8 de julio de 2014

1 Corintios 1:27


¡Que Yahweh haga brillar Su rostro frente a ustedes y les otorgue Su gracia!


ORA POR TUS VECINOS


Gracias Señor...


ORACION



Si deseamos crecer espiritualmente debemos aprender a mantenernos en la presencia de Dios, escuchar su voz y obedecer sus instrucciones. Cuando la tentación toque a nuestra puerta, cuando esos pensamientos pecaminosos vengan a nuestra mente, cuando las circunstancias a nuestro alrededor sean propicias para actuar conforme a “los deseos de la carne”, entonces arrodillémonos ante el trono de la gracia y humildemente confesar nuestra debilidad al Señor y suplicarle que su Santo Espíritu tome control de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestro espíritu. Entonces podremos “andar en el Espíritu”.

ORACIÓN:
Padre santo, yo anhelo caminar en tu Espíritu siempre. Reconozco que soy incapaz de hacerlo por mí mismo, pero sé que todo lo puedo en Cristo que me fortalece. Ayúdame a rendirme a ti totalmente, y que tu Espíritu controle cada área de mi vida. En el nombre de Jesús, Amén.


¡Gracia y Paz!

¿ESTÁS CUIDANDO TU CRECIMIENTO ESPIRITUAL?



¿Estás cuidando tu crecimiento Espiritual?

Gálatas 5:16-23
“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”

En esta escritura, el apóstol Pablo escribe una lista de “las obras de la carne”, es decir las acciones que normalmente ejecuta el ser humano guiado por “los deseos” de su naturaleza carnal. Producto de aquel primer pecado de Adán y Eva, el cual los separó de su Creador, y que ha sido transmitido de generación en generación a través de los siglos, todos hemos nacido con esta tendencia hacia el pecado. La terrible consecuencia es “que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”. La muerte y resurrección de Jesucristo no sólo nos ha justificado delante de Dios, sino que también nos ha capacitado para rechazar esos deseos carnales y vivir una vida agradable a nuestro Padre celestial por medio del poder del Espíritu Santo que viene a morar en todos los que hemos aceptado a Jesús como nuestro suficiente salvador.

Dice Pablo que debemos andar en el Espíritu para no satisfacer los deseos de la carne. Esto es muy fácil decirlo, pero muy difícil hacerlo, simplemente porque nuestra naturaleza pecaminosa se opone rotundamente a todo lo que proviene del Espíritu Santo. Pareciera imposible para nosotros, por mucho que lo deseemos, andar en el Espíritu por nuestras propias fuerzas. De hecho, la única manera de caminar en el Espíritu es estar conscientes de nuestra incapacidad para lograrlo y entonces clamar a Dios por su ayuda.

“Andar en el Espíritu” implica que renunciemos a nuestros propios deseos, rendirnos a la autoridad de Cristo, y permitir que el Espíritu Santo controle nuestras acciones. Es morir a los deseos de la carne y vivir a semejanza la vida que Jesucristo vivió. El apóstol Pablo entendió perfectamente este concepto y así escribió en esta carta a los Gálatas: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Esta debe ser la meta ideal de todo cristiano. Para ello debemos pasar por un proceso en el cual el Espíritu Santo nos va puliendo, pero al mismo tiempo nosotros debemos hacer un esfuerzo para rechazar los deseos que antes nos controlaban, y así dar lugar a que se manifieste la vida de Cristo.

Habrá ocasiones en las que fallemos. Quizás en algunos momentos de debilidad cometamos errores que pongan de manifiesto nuestra vieja naturaleza. Pero estos son momentos que Dios puede usar para instruirnos y capacitarnos para seguir adelante con más conocimiento y poder. Sin embargo es necesario que estemos prestos a escuchar la voz del Espíritu Santo. Nada debe distraernos, ni debemos tratar de arreglar las cosas por nosotros mismos. Dejemos que Jesús nos muestre el camino. Demos el primer paso sometiéndonos a la voluntad de Dios para que Él nos dé discernimiento espiritual.

Si deseamos crecer espiritualmente debemos aprender a mantenernos en la presencia de Dios, escuchar su voz y obedecer sus instrucciones. Cuando la tentación toque a nuestra puerta, cuando esos pensamientos pecaminosos vengan a nuestra mente, cuando las circunstancias a nuestro alrededor sean propicias para actuar conforme a “los deseos de la carne”, entonces arrodillémonos ante el trono de la gracia y humildemente confesar nuestra debilidad al Señor y suplicarle que su Santo Espíritu tome control de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestro espíritu. Entonces podremos “andar en el Espíritu”.

ORACIÓN:
Padre santo, yo anhelo caminar en tu Espíritu siempre. Reconozco que soy incapaz de hacerlo por mí mismo, pero sé que todo lo puedo en Cristo que me fortalece. Ayúdame a rendirme a ti totalmente, y que tu Espíritu controle cada área de mi vida. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla

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lunes, 7 de julio de 2014

¿AÚN VIVES CON TEMOR?



¿Aún vives con temor?

2 Timoteo 1:7
“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”

Hay cristianos que nunca han conocido verdaderamente el amor de Dios. Ellos viven un cristianismo legalista donde las reglas son las que gobiernan la “relación” con Dios. Si cumplen ciertas leyes, “Dios no les castiga”. Viven practicando una religión bajo temor. La Biblia enseña claramente que el cristiano no debe vivir bajo el temor pues el temor no proviene de Dios. Así dice el pasaje de hoy.

Por la obra de la sangre de Jesús derramada en la cruz del Calvario, los creyentes hemos pasado de la esclavitud del pecado y el temor a la condición de hijos de Dios, lo cual nos hace sus herederos. Así dice Gálatas 4:7: “Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo”. Es decir, nuestra vida entra en contacto directo con el amor y el poder del Padre Celestial. Se origina entonces una relación sublime y perfecta que no se puede comparar con nada. El amor de Dios es más que un sentimiento, es una manifestación especial de la bondad, el cuidado y la protección del Padre celestial para con sus hijos. Es por eso que si caminamos bajo ese precioso amor no puede haber temor en nuestras vidas. El apóstol Juan, en su primera carta, lo afirma de esta manera: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (1 Juan 4:18).

El temor asustadizo que nos oprime y nos hace vivir en una esclavitud espiritual nunca proviene del Señor. En Cristo siempre hay verdadera libertad. El temor abre las puertas a la influencia del mal y nos hace vivir bajo condenación y castigo continuo. El amor, por el contrario, espanta las fuerzas del mal que no resisten la manifestación de la esencia misma de Dios, pues “Dios es amor”, dice 1 Juan 4:8. Todo lo que viene de Dios rechaza el temor que viene del enemigo. La fe, que es don de Dios, no permite que el temor nos controle.

En una ocasión, los discípulos se encontraron en medio del mar azotados por una violenta tormenta que amenazaba con hundir la barca (Mateo 14:28-31). Sin saber qué hacer, llenos de temor estaban cuando Jesús se les acercó andando sobre el mar y les dijo: “¡Confiad; yo soy, no temáis!” Tan pronto ellos reconocieron a Jesús, y confiaron en él, los vientos se calmaron, y vino la paz, y el temor desapareció. Fue entonces que el impetuoso Pedro le dijo a Jesús: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”. Y el Señor le dijo: “Ven.” Pedro descendió de la barca y “andaba sobre las aguas para ir a Jesús”. Pero de pronto tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: "¡Señor, sálvame!" Inmediatamente Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” La falta de fe resulta en temor; por el contrario cuando confiamos plenamente en que Dios está con nosotros, el temor desaparece.

A través de toda la Biblia, Dios nos dice con toda claridad que él estará con nosotros siempre, cada día de nuestras vidas, hasta el fin del mundo. Y Romanos 8:31 dice que “si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Esto debe ser suficiente para calmar nuestros temores, pero tenemos que creerlo, tenemos que confiar en el amor y la protección de nuestro Dios. Medita en el pasaje de hoy. Dios no te ha dado “espíritu de cobardía”, sino todo lo contrario, en ti reside un espíritu “de poder, de amor y de dominio propio”. Créelo de todo corazón, confía en la verdad de la Palabra de Dios y vivirás una vida de paz y tranquilidad.

Si sientes temor en tu vida, es imprescindible que te liberes de él. Cristo ha pagado por ti un precio muy alto para que ahora puedas vivir bajo una libertad espiritual completa. El salmista dijo: “Busqué al Señor, y él me oyó, y me libró de todos mis temores. Los que miraron a él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados” (Salmo 34:4-5). Haz como el salmista, busca al Señor cada día de tu vida, conócele íntimamente y permite que su amor inunde todo tu ser, porque en la medida que eres perfeccionado en el amor de Dios más se fortalecerá tu fe y dejarás de vivir bajo el temor.

ORACIÓN:
Gracias, mi Dios, porque a través de la sangre de Cristo, puedo vivir bajo tu amor y no bajo el temor del enemigo. Te ruego aumentes mi fe para vivir cada día en la libertad de tu Espíritu. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla

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sábado, 5 de julio de 2014

ORACION



Cuando las cosas están bien, es fácil ser amigo. Sin embargo, en medio de las pruebas y las dificultades, sólo aquellos que han sido tocados por la gracia, el amor y el consuelo del Señor serán capaces de permanecer cerca, y ser instrumento de consolación para los que sufren.

ORACIÓN:

Mi amoroso Padre, gracias por el consuelo y la paz que recibo de ti en mis momentos de aflicción. Te ruego me capacites para ser un instrumento en tus manos para llevar ese consuelo y esa paz a los que tanto necesitan de ti. En el nombre de Jesús, Amén.

¿CÓMO CUMPLES TU FUNCIÓN EN EL CUERPO DE CRISTO?



¿Cómo cumples tu función en el cuerpo de Cristo?

1 Corintios 12:12-13
“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu”.

Cuando Jesús predicaba el Evangelio aquí en la tierra, había en el mundo dos grandes grupos de personas. Por un lado los judíos, circuncisos; por otro lado el resto de las naciones, paganos e incircuncisos, a menudo designados en la Biblia con el nombre de “gentiles”. Después de la muerte y resurrección de Jesucristo, nació un tercer grupo compuesto por aquellos que creyeron, a quienes Dios separó de los dos grupos precedentes para hacer de ellos un pueblo santo. Así dice Efesios 2:14-16: “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades”. Estos son los redimidos en Cristo, el único nombre por medio del cual todo aquel que cree es salvo y tiene vida eterna. Pablo se refiere a estos tres grupos cuando escribe en 1 Corintios 10:32: “No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios”.

Pero “el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos”, dice 1 Corintios 12:14, y cada miembro tiene una función específica dentro del cuerpo de Cristo, así como el ojo tiene su función, y la oreja tiene la suya en el cuerpo humano. Continúa el apóstol Pablo: “Y si dijere la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo” (1 Corintios 12:16-20).

El diccionario define la palabra “cuerpo” como “agregado de personas que forman un pueblo, república, comunidad o asociación”. El “cuerpo” al que se refiere Pablo está compuesto exclusivamente por los que han aceptado a Cristo como Salvador. Al participar de la santa cena, los cristianos recordamos la muerte de Cristo, que es la base de ese nuevo grupo, de ese “solo cuerpo”. Al partir el pan, Jesús dijo a sus discípulos: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí” (1 Corintios 11:24). Y en 1 Corintios 10:17 dice: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan”.

Los cristianos debemos estar conscientes de que cada uno de nosotros es un miembro del cuerpo de Cristo, y cada uno tiene su función o responsabilidad para que el cuerpo funcione coordinadamente, y logre el propósito para el cual fue creado: glorificar el nombre de Dios en este mundo corrupto y pecaminoso. El autor de la Epístola a los Hebreos exhorta a los cristianos de origen judío a dejar las enseñanzas del judaísmo, y a seguir adelante con la doctrina de Cristo, diciéndoles: “Vamos adelante a la perfección” (Hebreos 6:1). Esta debe ser la meta de todos los que hemos llegado a formar parte del cuerpo de Cristo.

Identifica tu función en este cuerpo (tu iglesia local), y pídele a Dios que te capacite para llevarla a cabo plenamente. Busca cada día una íntima comunión con Cristo, y sigue fielmente sus instrucciones pues él “es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia” (Colosenses 1:18).

ORACIÓN:
Padre santo, gracias por el inmenso privilegio que me das de pertenecer al cuerpo de Cristo, habiendo sido lavado por su sangre, redimido y justificado. Te ruego me capacites para ejercer plenamente mi función como miembro de este cuerpo para que tu propósito se cumpla y tu nombre sea glorificado. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!

Dios te Habla

viernes, 4 de julio de 2014

¿SABES DAR CONSUELO A LOS DEMÁS?



¿Sabes dar consuelo a los demás?

2 Corintios 1:3-4
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”.

Todos tenemos días en los que parece nada nos sale bien. En ocasiones pasan semanas y hasta meses y nada de lo que planeamos resulta de la manera que esperábamos. Y no importa cuán fuertes seamos, todos experimentamos momentos de frustración y desaliento, y a veces nos envuelve un cierto sentimiento de derrota. Es entonces cuando nos damos cuenta de lo débiles que somos. Sin embargo, cuando llegamos a este punto, es que descubrimos el increíble poder de Dios y el apoyo y el consuelo que él nos ofrece.

En momentos muy difíciles de su vida, el apóstol Pablo clamó a Dios para que lo librara de su aflicción y el Señor le dijo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). Es precisamente en medio de nuestra debilidad, cuando reconocemos que no podemos salir airosos de la prueba por nosotros mismos, que Dios manifiesta su poder. Él nunca dice: “Date por vencido. De todas formas vas a ser derrotado”. Todo lo contrario, su Palabra nos recuerda que “somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:37).

De Génesis a Apocalipsis la Biblia nos habla de la infinita gracia y misericordia de Dios, y de su amor que “excede a todo conocimiento” (Efesios 3:19). Romanos 15:4 dice: “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”. Es decir, lo que está escrito en la palabra de Dios por su propia inspiración, está a nuestra disposición. El Señor quiere que sepamos que, no importa cuán difícil sea la situación en la que estemos, su gracia está siempre presente y es más que suficiente para que sintamos su consuelo, su paz, su gozo y su poder perfeccionándose en nuestra debilidad, resultando en esperanza para nuestras vidas.

En Juan 14:16, Jesús prometió a sus discípulos: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”. Jesús estaría en este mundo por un tiempo limitado. Una vez cumpliese su misión de morir para pagar por nuestros pecados, y resucitara, ascendería al cielo con el Padre. Por eso el Espíritu Santo vino y está con nosotros para siempre. Pero su función no es solamente consolarnos a nosotros, sino también capacitarnos para que seamos instrumentos para consolar a aquellos que están sufriendo las mismas aflicciones que nosotros hemos sufrido.

Cuando las cosas están bien, es fácil ser amigo. Sin embargo, en medio de las pruebas y las dificultades sólo aquellos que han sido tocados por la gracia, el amor y el consuelo del Señor serán capaces de permanecer cerca, y ser instrumento de consolación para los que sufren.

Asegúrate que tu aflicción y tu dolor no hayan sido en vano. Dios siempre tiene un propósito al permitirlos en tu vida. Si somos atribulados, dice el pasaje de hoy, es para la consolación y la salvación de otros. Esto forma parte del plan de Dios en tu vida. Él quiere fortalecer tu espíritu por medio de la prueba, y a la vez capacitarte para que consueles a los que sufren cerca de ti, y que seas un instrumento para la salvación de los incrédulos.

ORACIÓN:
Mi amoroso Padre, gracias por el consuelo y la paz que recibo de ti en mis momentos de aflicción. Te ruego me capacites para ser un instrumento en tus manos para llevar ese consuelo y esa paz a los que tanto necesitan de ti. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!

Dios te Habla

jueves, 3 de julio de 2014

¿TE DIJERON QUE SEGUIR A CRISTO ERA FÁCIL?


¿Te dijeron que seguir a Cristo era fácil? 

¡Te engañaron! Seguir a Cristo no es fácil, pero Dios te ha llamado y tiene un plan maravilloso para ti, no te rindas, no te des por vencido(a), recuerda que Dios está contigo, cuando sientas el mundo encima, mantente firme, persevera, no te rindas, no tires la toalla, Dios completará su plan en tu vida… si tú no te das por vencido(a). Recuerda lo que Dios nos dice en Filipenses 1:6: “…estoy seguro de que Dios, quien comenzó en ustedes la buena obra, la continuara hasta que quede completamente terminada el día que Cristo Jesús vuelva”, ¿lo crees? ¿Crees que Dios tiene un plan para tu vida a pesar de la adversidad y el dolor que estas experimentando en este momento? ¿Lo crees? Si lo crees… NO TE DES POR VENCIDO(A), ¡Continúa caminando, aunque signifique caminar herido.

Escucha aquí:


Juan 4:23


¿CÓMO ESTÁS VIVIENDO EL PROCESO DE LA OBRA QUE DIOS ESTÁ HACIENDO EN TU VIDA?



¿Cómo estás viviendo el proceso de la obra que Dios está haciendo en tu vida?

Romanos 8:29
“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”.

A través de toda nuestra vida cristiana, Dios obra en nosotros con el fin de hacernos “conformes a la imagen de su Hijo”. Quizás has leído y escuchado este pasaje muchas veces, pero ¿te has detenido alguna vez a meditar profundamente sobre lo que verdaderamente significa ser “conforme a la imagen de su Hijo”?

Cuando recibimos a Jesucristo como Salvador y Señor de nuestras vidas, él viene a morar en nuestros corazones en la persona del Espíritu Santo (2 Corintios 1:21-22). Esto significa que cuando Dios Padre nos mira desde el cielo, él ve la presencia de su Hijo en nosotros. Pero al mismo tiempo hay muchas cosas en nuestras vidas que afectan negativamente esta imagen de Cristo. Por lo tanto, a medida que crecemos en nuestra relación con el Señor, Dios va eliminando esos obstáculos que afectan nuestra intimidad con él. Así es que cada uno de nosotros puede ser llamado una “obra en progreso”, mientras Dios continuamente, por medio de su Santo Espíritu, va puliendo nuestras vidas para que reflejen mejor la imagen de Jesucristo.

Dios pule nuestras vidas hasta hacer de ellas una obra maravillosa, así como lo hace un escultor con una piedra. Cuando él nos mira, él ve a su Hijo Jesucristo en nosotros. Y es a través de la lectura de su palabra, nuestro tiempo de comunión con él, las circunstancias, las dificultades y aflicciones, nuestros errores, las personas que nos rodean, etc., como nos va dando forma con el fin de que Jesucristo tome vida en nosotros. La diferencia entre la escultura y el proceso espiritual es que en éste nosotros tenemos parte activa. Este es el proceso de santificación en el cual Dios espera nuestra participación. Lo primero que tenemos que entender es que no podemos continuar pensando y actuando como antes, sino que debemos cambiar nuestra manera de pensar y de actuar. En relación a esto, el apóstol Pablo escribe en su carta a los Romanos: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).

En este proceso de santificación fallaremos y caeremos en muchas ocasiones, mas con la ayuda de Dios nos levantaremos en cada ocasión y continuaremos hacia adelante. Mientras crecemos en nuestro entendimiento de la verdad bíblica y continuamente la apliquemos a nuestras vidas, y a medida que profundizamos en nuestra comunión con Dios por medio de la constante oración, la transformación se va llevando a cabo en nosotros. Esto no podemos hacerlo por nosotros mismos, pues nuestra naturaleza carnal se niega a renunciar a sus deseos y costumbres, pero si permitimos a Cristo vivir su vida a través de nosotros poco a poco nos iremos pareciendo a él. De esto podemos estar seguros pues la Biblia dice que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Decide hoy traer delante de la presencia de Dios todo aquello que tienes que eliminar de tu vida para que puedas reflejar a todo el mundo la imagen de Jesucristo. “Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará”, como dice el Salmo 55:22. Asimismo nos manda a hacer nuestro Padre en Hebreos 12:1-2, donde dice: “Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”. Obedece la palabra de Dios, establece una íntima comunión con el Señor y cada día te irás pareciendo más a Cristo.

ORACIÓN:
Amante Padre celestial, te ruego me ayudes a obedecer tu palabra y a buscar tu rostro en oración cada día, para que logres tu propósito en mi vida: que yo sea conforme a la imagen de tu Hijo. En el santo nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!