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jueves, 12 de junio de 2014
¿SIENTES CELOS O ENVIDIA DE ALGUIEN?
¿Sientes celos o
envidia de alguien?
Hechos 13:42-46
“Cuando salieron ellos de la sinagoga de los
judíos, los gentiles les rogaron que el siguiente día de reposo les hablasen de
estas cosas. Y despedida la congregación, muchos de los judíos y de los
prosélitos piadosos siguieron a Pablo y a Bernabé, quienes hablándoles, les
persuadían a que perseverasen en la gracia de Dios. El siguiente día de reposo
se juntó casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios. Pero viendo los
judíos la muchedumbre, se llenaron de celos, y rebatían lo que Pablo decía,
contradiciendo y blasfemando. Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo,
dijeron: A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la
palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida
eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles”.
Este pasaje nos cuenta que los judíos se opusieron a la
predicación de Pablo porque “se llenaron de celos” al ver la muchedumbre que se
reunió “para oír la palabra de Dios”. En Génesis 30:1 leemos que “viendo Raquel
que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana”. Entonces le pidió a
Jacob que se llegara a su sierva Bilha, la cual concibió y dio a luz un hijo a
Jacob. También los hermanos de José “le tenían envidia” (Génesis 37:11) porque
su padre mostraba favoritismo hacia él, y por esa razón lo vendieron como
esclavo a unos mercaderes. Poncio Pilato les preguntó a los judíos si querían
que soltara al criminal Barrabás o a Jesús, “porque sabía que por envidia le
habían entregado”, dice Mateo 27:18. Poco después se cometió la mayor injusticia
de la historia de la humanidad. Estos ejemplos nos muestran la maldad que se
desprende de la envidia o de los celos.
Los celos y la envidia son sinónimos. Cualquier ventaja
que una persona tenga sobre otra en algún área específica puede dar lugar a ese
sentimiento, ya sea una buena posición económica, o la inteligencia, la buena
apariencia, la popularidad, un buen empleo, etc. La envidia es un resentimiento
que surge por el deseo de tener esas y otras cosas. El diccionario define
“envidia” de la siguiente manera: “Tristeza o pesar del bien ajeno. Sentimiento
de hostilidad contra el que posee una cosa que nosotros no poseemos”. La
envidia produce tristeza, pesar, infelicidad; afecta el estado espiritual y a
la larga afecta también la salud física y mental. Proverbios 14:30 dice: “El
corazón apacible es vida de la carne; mas la envidia es carcoma de los huesos”.
El apóstol Pablo, en su carta a los gálatas, les dice:
“Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo
de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne”
(Gálatas 5:16). Entonces menciona una larga lista de “las obras de la carne”,
entre las cuales incluye “los celos y la envidia”. Ciertamente estos
sentimientos pueden traer muy malas consecuencias en la persona que los siente
y en aquellos que le rodean. Debemos estar muy alertas, pues ni el cristiano
más consagrado es inmune a la sutil tentación de la envidia.
Medita en esta enseñanza, mira bien dentro de ti, y
contesta esta pregunta: “¿Sientes envidia de alguien?” Si la respuesta es “sí”,
debes confesarla ante el Señor con un corazón arrepentido, y empezar a orar por
esa persona. Sabrás que estás arrancando de ti la envidia cuando comiences a
regocijarte en el éxito y las buenas cualidades de esa persona.
ORACIÓN:
Padre santo, arranca de mi corazón todo sentimiento de
celos o envidia, que sin duda afectan mi relación contigo. Ayúdame a gozarme en
lo bueno que sucede a los demás, sabiendo que todo lo bueno proviene de ti. En
el nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
miércoles, 11 de junio de 2014
¡SOMOS SEGUIDORES DE JESÚS!
Muchas personas son fanáticas de un artista, siempre están
al tanto de los nuevos discos y de todo lo que pasa con ese artista; si sale un
disco nuevo ya están en la tienda buscándolo y lo compran; si sale en una
revista ahí están comprando la revista; si lanzan un nuevo perfume o ropa con
su fotografía, ahí están comprando esos artículos.
Pero cuando los que somos Cristianos solo hablamos de
Dios y de sus maravillosas obras, dicen que somos fanáticos, que estamos locos;
dicen que eso es “pecado”, que eso no está bien. Los que hemos sido llamados
por el Señor y nos hemos rendido a los pies de Cristo, solo buscamos las cosas
de Dios. Para nosotros el haber sido rescatados de las tinieblas en que vivíamos,
significa nacer de nuevo, volver a vivir, buscar el rostro del Señor día con día,
queremos aprender de Él todo lo que nos enseña en su Santa Palabra, la Biblia,
lo buscamos en oración, en ayuno, en suplica, en vigilia; y todo esto no es
suficiente, queremos más y más, nos congregamos en la Iglesia local, acudimos,
si es preciso, a todos los eventos y servicios.
Yo les pregunto a los que nos llaman “Fanáticos” y “locos”
¿qué es más “pecado”? Ser fanáticos de un ser humano pecador, mentiroso y
mortal, o de Dios quien por medio de Jesucristo es infinitamente misericordioso,
santo, fiel y eterno.
A todos esos amigos y amigas que nos llaman “fanáticos”,
les invito al “Club de fans de Jesucristo”, donde no hay acepción de personas y
todos somos “presidentes”, “representantes” y seguidores leales.
1 Corintios 1:18
“Porque la palabra de la cruz es necedad
para los que se pierden, pero para nosotros los salvos es poder de Dios”.
¡Gracia y Paz!
¿ESTÁS APROVECHANDO BIEN TU TIEMPO?
¿Estás aprovechando
bien tu tiempo?
Efesios 5:15-17
“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no
como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son
malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad
del Señor"
Con mucha frecuencia escuchamos decir a alguien: “¡El
tiempo se ha ido volando!” o “¡Es increíble, pero ya está aquí el fin de año de
nuevo! o cualquier otra expresión similar que describe la manera en que han
pasado los días, las semanas y los meses sin apenas darnos cuenta. Es
lamentable, pues debíamos estar conscientes de que entre todos los maravillosos
regalos que Dios nos ha dado, está el tiempo. No sabemos cuánto tiempo nos
queda en este mundo, pero tenemos que entender que cada día es un regalo de
Dios. La pregunta es: ¿Qué haremos con nuestros días? El Salmo 90:12 dice:
“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón
sabiduría”. Cuando pedimos diariamente a Dios que nos dé sabiduría,
aprenderemos a tomar decisiones que nos llevarán a “aprovechar bien el tiempo”.
Si analizamos como usamos nuestro tiempo cada día,
probablemente nos daremos cuenta que la mayoría lo usamos en el mantenimiento
de la vida. Comemos, bebemos, dormimos, hacemos rutinariamente los quehaceres
diarios, incluyendo trabajar o estudiar, vemos televisión o llevamos a cabo
alguna que otra actividad o entretenimiento. Y así se va un día tras otro, y
pasa un año tras otro, y se nos va la vida sin apenas darnos cuenta. Sobre esto
el apóstol Santiago escribió: “¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que
se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago 4:14). Y
David nos dice en el Salmo 39:5: “He aquí, diste a mis días término corto, y mi
edad es como nada delante de ti. Ciertamente es completa vanidad todo hombre
que vive”.
Un famoso escritor escribió: “El promedio actual de
longevidad es de 25,550 días. Ese es aproximadamente el tiempo que vivirás, si
eres una persona común y corriente. ¿No te parece que es muy poco tiempo como
para desperdiciarlo?” De esta manera lo expresa el Salmo 90:10: “Los días de
nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con
todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos”. Al
entender esta realidad podemos aprender que el tiempo que usemos en el reino de
Dios es lo único que tendrá valor eterno y lo que nos permitirá vivir la vida
en abundancia que nos ha prometido el Señor (Juan 10:10).
El pasaje de hoy nos exhorta a que no andemos “como
necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo”. Esto es algo que debemos
tener en cuenta siempre. ¿Qué, pues, debemos hacer? Colosenses 3:23, 24 dice:
“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los
hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque
a Cristo el Señor servís”. Cuando aun las pequeñas cosas las hacemos para
agradar al Señor, cuando somos un testimonio agradable a él y un instrumento
que él pueda usar para ayudar a este mundo perdido, estamos invirtiendo el tiempo
que Dios nos ha dado de una manera sabia, lo cual nos traerá una recompensa no
sólo mientras vivimos sino por toda la eternidad.
Aprendamos a utilizar el tiempo de la mejor manera
posible. Para ello es necesario consultar con el autor del tiempo. El rey David
proclamó: “Señor, en tu mano están mis tiempos” (Salmo 31:15). Depositemos
nuestro tiempo en las manos de Dios. Comencemos con dedicar un tiempo
preferencial todos los días a buscar el rostro del Señor en oración, a leer su
palabra y a meditar en ella. Jesús nos exhorta a hacer de esto una prioridad en
nuestras vidas. En Mateo 6:33 dice: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y
su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Si sigues estas
instrucciones, comprobarás que el tiempo te rendirá mucho más, y Dios te
recompensará supliendo todas tus necesidades tanto materiales como
espirituales.
ORACIÓN:
Mi amoroso Yahweh Dios, te ruego me ayudes a administrar
mi tiempo de manera que todo lo que yo haga esté de acuerdo a los planes que tú
tienes para mi vida y la vida de mi familia. Ayúdame a comenzar cada día en tu
presencia para que seas tú quien controle todo mi tiempo y así seas glorificado
en mi vida. En el nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
martes, 10 de junio de 2014
¿AÚN DICES MENTIRAS?
¿Aún dices
mentiras?
Colosenses 3:9-10
“No mintáis los unos a los otros, puesto que
habéis desechado al viejo hombre con sus malos hábitos, y os habéis vestido del
nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme
a la imagen de aquel que lo creó”.
Un entrenador de fútbol universitario renuncia después de
admitir que falsificó sus credenciales académicas y atléticas. Un oficial
militar de carrera confiesa haber llevado puestas condecoraciones de combate
que no se ganó. Un solicitante de un empleo reconoce que cuando dijo que tenía
experiencia en la "supervisión de alimentos y bebidas" en realidad lo
que hacía era café todas las mañanas en la oficina. Con frecuencia oímos de
muchos otros que son públicamente avergonzados cuando en algún momento se
descubre que mintieron en el pasado. Lo cierto es que más tarde o más temprano
habrá malas consecuencias para aquellos que mienten.
A veces pensamos que una pequeña “mentirita” no tiene
importancia y que seguramente no tendrá consecuencias, pero nos olvidamos que
cuando ignoramos los principios de la Palabra de Dios estamos exponiéndonos a
sufrir los resultados que trae consigo la desobediencia. Gálatas 6:7 dice: “No
os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare,
eso también segará”. Es decir, si sembramos una mentira con seguridad no vamos
a segar algo bueno, sino todo lo contrario. El pasaje de hoy dice claramente:
“No mintáis los unos a los otros”, sin diferenciar una mentira de otra. Aun
esas pequeñas mentiras por lo general crecen a medida que tratamos de evitar
que se descubran. Y a una mentira sigue otra y otra, y por regla general el
resultado final es un enorme enredo lleno de malas consecuencias.
Ahora bien, la razón fundamental por la que no debemos
mentir es porque hemos confiado en Jesucristo como nuestro Salvador, por lo
cual el “viejo hombre” con todas sus miserias y pecados, incluyendo las
mentiras, ha sido desechado dando lugar a un “nuevo hombre”. De esta manera
continúa el pasaje de hoy: “…puesto que habéis desechado al viejo hombre con
sus malos hábitos, y os habéis vestido del nuevo hombre..." Es el plan de
Dios que este “nuevo hombre” poco a poco, bajo la acción del Espíritu Santo, se
vaya “renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de aquel
que lo creó”. Así termina este pasaje.
Sin duda, en este proceso, muchas veces vendrán a
nosotros pensamientos o impulsos pertenecientes a hábitos o costumbres del
pasado, entre ellos las mentiras. La enseñanza de hoy nos exhorta a rechazar
esos impulsos, y decir siempre la verdad, pues la verdad viene de Dios,
mientras que la mentira proviene de Satanás. En Juan 8:44, Jesús les dice a un
grupo de judíos: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de
vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha
permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de
suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira”. Es evidente que cuando
mentimos no agradamos al Señor, sino que estamos complaciendo los deseos del diablo.
Debemos esforzarnos y luchar contra todo aquello que no sea verdad. No siempre
resulta fácil hacerlo, pero si permitimos que se manifieste en nosotros el
poder del Espíritu Santo y con él la verdad y la justicia de nuestro Señor,
entonces podremos vivir una vida santa y veraz, digna de un hijo o hija de
Dios.
Busca el rostro del Señor cada día en oración, lee la
Biblia, medita en sus enseñanzas y esfuérzate en ponerlas en práctica. El
Espíritu Santo producirá en ti su fruto, y poco a poco las mentiras dejarán de
formar parte de tu vida, y el nombre de Dios será glorificado.
ORACIÓN:
Querido Dios, ayúdame a vivir consciente de que las cosas
viejas pasaron y todas han sido hechas nuevas. Dame el poder para mostrar el
Cristo que vive en mí quien vivió una vida de total honestidad, integridad y
verdad absoluta. En el nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
lunes, 9 de junio de 2014
¿LLORAS CON LOS QUE LLORAN?
¿Lloras con los
que lloran?
Romanos 12:9-15
“El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo
malo, seguid lo bueno. Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto
a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. En lo que requiere diligencia, no
perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza;
sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las
necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. Bendecid a los que os
persiguen; bendecid, y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan; llorad con
los que lloran”.
En este pasaje, el apóstol Pablo menciona una lista de
deberes que todo cristiano debía tratar de cumplir. Nos habla de amarnos unos a
los otros con amor fraternal, sin fingimiento. Nos exhorta a ser constantes en
la oración, a ser fervientes en espíritu, a servir al Señor, a bendecir a los
que nos persiguen; a gozarnos con los que se gozan y a llorar con los que
lloran. ¡Qué maravilloso sería que pudiésemos cumplir a cabalidad todos estos
deberes! Nuestro testimonio ante el mundo que nos rodea sería verdaderamente
impactante y el nombre de nuestro Padre celestial sería glorificado donde
quiera que estuviésemos. Lamentablemente nuestra naturaleza carnal nos impulsa
a hacer lo contrario, y se requiere un esfuerzo de nuestra parte, un fuerte
deseo en nuestros corazones de actuar conforme a lo que nos dice la palabra de
Dios. También debemos estar consientes de que por nuestras propias fuerzas no
podremos hacerlo, sino que necesitamos la ayuda del Espíritu Santo.
Hay ocasiones en que tenemos la oportunidad de confortar
a alguien, ya sea un familiar, o una amistad o un hermano de la iglesia, que
está pasando por una situación dolorosa. Por regla general intentamos
consolarlo con palabras de aliento, tratando de levantar su ánimo. Sin embargo,
el pasaje de hoy dice simplemente: “Llorad con los que lloran”. Realmente, en
muchos casos, una de las maneras más efectivas en la que podemos ayudar a
aquellos que están sufriendo es “llorando con ellos”. Jesús nos dio el ejemplo
cuando visitó a María y a Marta después de la muerte de Lázaro. Sintiendo el
dolor de ambas hermanas y de los amigos que las acompañaban, el Señor compartió
sus lágrimas con ellos. Dice Juan 11:33-36: “Jesús entonces, al verla llorando,
y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu
y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús
lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba”.
Una pequeña historia nos cuenta de un niño que tenía un
gran corazón. Al lado de su casa vivía un señor mayor cuya esposa había muerto
hacía poco tiempo. Un día, el anciano lloraba sentado en el portal de su casa.
El niño lo vio y se acercó a él, se subió a sus piernas y se quedó allí sentado
en silencio por largo rato. Más tarde, su mamá le preguntó: “¿Qué le dijiste al
señor?” Y el niño le contestó: “Nada, solamente lo ayudé a llorar”. A veces
esto es lo mejor que podemos hacer por aquellos que están pasando por una
profunda tristeza. A menudo, nuestros intentos de decir algo sabio y útil
causan más bien el efecto contrario. Muchas veces transmitimos mucho más apoyo
y comprensión si simplemente les damos un abrazo o nos sentarnos a su lado, los
tomamos de la mano y lloramos con ellos.
Jesús comenzó el Sermón del Monte (Mateo capítulos 5, 6 y
7) con las “Bienaventuranzas” (llamadas así porque cada frase comienza con la
palabra “Bienaventurados”, es decir “Felices son aquellos que…”). La segunda
bienaventuranza que el Señor menciona dice: “Bienaventurados los que lloran,
porque ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4). Algunos comentaristas bíblicos
coinciden en que el verdadero significado de esta expresión es: “Felices son
aquellos que sufren por el sufrimiento del mundo y de los que les rodean,
porque es a partir de este sufrimiento que encontrarán el consuelo y el gozo de
Dios”. Ciertamente no le agrada al Señor que permanezcamos indiferentes ante el
sufrimiento de los demás.
Sé tú un instrumento del Señor consolando a los que
lloran, compartiendo tus lágrimas con ellos, mientras en silencio oras pidiendo
que la paz de Dios se manifieste en sus corazones.
ORACIÓN:
Padre santo, te ruego pongas amor y compasión en mi
corazón, para poder ser un instrumento tuyo consolando a aquellos que están
pasando por un período de dolor y sufrimiento. En el nombre de Jesús te lo
pido, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
¿HASTA CUÁNDO, DIOS MÍO?
¿HASTA CUÁNDO, DIOS MÍO?
Habacuc 2:1-3
“Sobre mi guarda estaré, y sobre la
fortaleza afirmaré el pie, y velaré para ver lo que se me dirá, y qué he de
responder tocante a mi queja. Y Yahweh me respondió, y dijo: Escribe la visión,
y declárala en tablas, para que corra el que leyere en ella. Aunque la visión
tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque
tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará”.
El profeta Habacuc estaba profundamente abatido por las
condiciones morales y espirituales que le rodeaban, mayormente causadas por el
culto que rendía su pueblo a Baal y Astarot. La injusticia estaba a la orden
del día y la corrupción iba en constante aumento (algo así como el mundo en el
que vivimos actualmente). Habacuc anhelaba ver la justicia de Dios caer sobre
los impíos, los cuales continuaban quebrantando las leyes de Dios. Por todo
esto, de lo profundo de su angustia brotaba esta pregunta: “¿Hasta cuándo, oh
Yahweh, clamaré, y no oirás?” (Habacuc 1:2). En el pasaje de hoy, Habacuc se
retira a su torre vigía para esperar por la respuesta de Dios. Y allí escuchó
del Señor: “Escribe la visión”. Así todo aquel que la leyera podría correr a
dar a conocer a todos la buena noticia.
Al igual que Habacuc, cada uno de nosotros en algún
momento ha lamentado una cierta situación en nuestras vidas. Nos hemos quejado,
y hemos concebido la esperanza de un futuro mejor. En mayor o menor grado hemos
tenido una visión, es decir un sueño o un anhelo que esperamos se convierta en
realidad. Quizás esa visión está centrada en una mejor situación económica, o
en alcanzar el éxito en los negocios, o en gozar de buena salud, o una carrera
universitaria, o un matrimonio feliz, o quizás servir al Señor de alguna
manera. Cuando el tiempo pasa y no llega lo que se espera, muchas personas se
desesperan y tratan de lograr el cumplimiento de sus anhelos por medio de sus
propios esfuerzos, o quizás se apoyan en la “suerte” para lograrlo. Otros, sin
embargo, esperan confiadamente en el Señor la realización de la visión que él
tiene para ellos. Para éstos, las palabras de Dios al profeta Habacuc tienen un
significado extraordinario: “Espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará”.
David era un “varón conforme al corazón de Dios”, según
dice 1 Samuel 13:14. Era también David un siervo fiel del Señor. Sin embargo
hubo situaciones en su vida en la que se sintió desamparado, frustrado y hasta
abandonado por Dios. Por ejemplo, mientras era perseguido por el rey Saúl que
lo buscaba para matarlo, David escribió el Salmo 13, el cual comienza de esta
manera (V.1-2): “¿Hasta cuándo, Yahweh? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta
cuándo esconderás tu rostro de mí? ¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma,
con tristezas en mi corazón cada día? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo
sobre mí?” Estas y muchas otras preguntas se agolpaban en la mente de David
mientras esperaba la acción de su Dios, la cual parecía no llegar nunca. Sin
embargo, en este mismo Salmo, él encuentra ánimo al recordar el amor y la
inmensa misericordia de Dios, y en el versículo 5 dice: “Mas yo en tu
misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación”. David pasó
aquella dura etapa de su vida, y llegó ser el rey de Israel, donde reinó
durante cuarenta años de prosperidad económica y victorias militares, siempre
bajo la dirección del Señor. David aprendió a confiar y a esperar en Dios, y
siendo un anciano escribió en Salmo 37:7: “Guarda silencio ante Yahweh, y
espera en él”.
Dios quiere que nosotros, sus hijos, nos realicemos en la
vida conforme a lo que él nos ha llamado a hacer. Dios está interesado en
definir y concretar aquellas visiones de sus hijos obedientes. Quizás tú estás
pensando hoy que la visión que tienes, al no verla cumplida aún, nunca será una
realidad. Esta enseñanza debe fortalecer tu fe y animarte a no bajar los
brazos. Nunca olvides que si tu anhelo está en el corazón de Dios, sin duda se
cumplirá, a su debido tiempo. Dios está llevando a cabo sus planes en tu vida.
Él está preparando todas las circunstancias para convertir tu visión en una
preciosa realidad. Sólo tienes que orar y esperar.
ORACIÓN:
Padre, gracias por la bendición que me has dado de poder,
junto contigo, anhelar una visión para mi vida. Te pido que vayas delante de mí
con la visión que tú me has dado, para que se realice en el momento escogido
por ti. Dame paciencia y fe para esperar el tiempo indicado. Por Cristo Jesús,
Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
jueves, 5 de junio de 2014
¿ESTÁS COLABORANDO EN EL REINO DEL SEÑOR?
¿Estás colaborando
en el Reino del Señor?
Filipenses 4:1-3
“Así que, hermanos míos amados y deseados,
gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados. Ruego a Evodia y a
Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor. Asimismo te ruego también a
ti, compañero fiel, que ayudes a éstas que combatieron juntamente conmigo en el
evangelio, con Clemente también y los demás colaboradores míos, cuyos nombres
están en el libro de la vida”.
Pat Fillmore fue una misionera pionera en Irian Jaya,
Indonesia, donde sirvió durante más de 40 años. Allí fundó un ministerio por
medio del cual enseñó a leer a una gran cantidad de nativos. Llevó todo tipo de
medicamentos y técnicas médicas para el cuidado de los indígenas de aquel
lugar. Mantuvo pistas de aterrizaje, construyó pozos sépticos, y reparó plantas
y efectos eléctricos. Además, estableció y dirigió una magnífica escuela
bíblica, y tradujo partes de la Biblia al idioma de la gente a quienes
ministraba. Muchos de nosotros nos enteramos de la existencia de hombres y
mujeres como Pat Fillmore de forma casual, al leer un libro o quizás al ver un
documental en la televisión. Con toda seguridad hay miles de otros creyentes
que llevan a cabo una obra misionera importante en el reino de Dios, aunque se
pasen la vida entera sin que la gente de su generación los note. Pero estos
cristianos, al igual que esos creyentes no mencionados en el pasaje de hoy, a
los que Pablo llamó “los demás colaboradores míos”, pueden estar seguros de que
sus “nombres están en el libro de la vida”.
Después que Saulo de Tarso tuvo el encuentro con Jesús en
el camino a Damasco quedó completamente ciego. Fue entonces que el Señor llamó
a un discípulo llamado Ananías, y le dijo en visión: “Ananías. Y él respondió:
Heme aquí, Señor. Y el Señor le dijo: Levántate, y ve a la calle que se llama
Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso; porque he
aquí, él ora, y ha visto en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le
pone las manos encima para que recobre la vista” (Hechos 9:10-12). Ananías
obedeció al pie de la letra la encomienda del Señor, y Saulo de Tarso recobró
la vista. La gran importancia y la trascendencia de esta colaboración de
Ananías en el plan de Dios es evidente, pues aquel Saulo fue más tarde conocido
como el apóstol Pablo, uno de los más grandes evangelistas de todos los
tiempos, escritor de tantas epístolas que aun en nuestros tiempos son de tanta
edificación para el pueblo de Dios. Sin embargo, Ananías no vuelve a ser
mencionado ni una vez más en toda la Biblia. Pero él fue un fiel colaborador
del Señor y su nombre, sin duda alguna, “está en el libro de la vida”. Esto es
lo verdaderamente importante.
Tal vez tú ayudes a transportar personas mayores a la
iglesia, o quizás ayudes a distribuir comida en alguna misión, o des clases de
Biblia a un grupo de niños, o limpies los baños de tu iglesia. A lo mejor nadie
lo nota, pero eres un colaborador o colaboradora de Dios. Quizás tu trabajo
pase desapercibido para los demás, pero nunca para el Señor. Así como Dios
conoció de todo el pueblo de Israel a los “siete mil, cuyas rodillas no se
doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron” (1 Reyes 19:18), ten la
seguridad que él reconoce tu labor.
Que no te desanime hacer un trabajo “sin importancia”
para el Señor. Aunque los demás no se den cuenta, Dios está al tanto de
nuestras más pequeñas acciones, y valora todas aquellas cosas que hacemos para
agradarle y servirle. Si eres fiel en el servicio a Dios, y lo haces de
corazón, no te preocupes si te parece poco lo que estás haciendo. Colosenses
3:23, 24 dice: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y
no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la
herencia, porque a Cristo el Señor servís”. Persevera en el servicio a Dios, y
algún día escucharás de labios del Señor lo que el señor de la parábola de los
talentos le dijo a uno de los siervos que obedeció y fue fiel: “Bien, buen
siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el
gozo de tu señor” (Mateo 25:23).
ORACIÓN:
Padre santo, te ruego me ayudes a identificar toda
ocasión que se presente para servirte aunque parezca algo insignificante. Pon
en mi corazón un ferviente deseo de hacerlo todo para agradarte a ti, y no a
los demás, de manera que tu nombre sea glorificado. Te lo pido en el nombre de
Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
miércoles, 4 de junio de 2014
NINGUNA PERSONA QUE HAYA TENIDO...
Vivamos cada día como Dios nos manda, para que Él al vernos
se sienta complacido de nuestro caminar, que pueda en algún momento decir lo
mismo que dijo de Job: “Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi
siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto,
temeroso de Dios y apartado del mal?” (Job 1:8).
¡Gracia y Paz!
¿CUÁNDO VAS ACEPTAR A CRISTO COMO TU SALVADOR?
¿Cuándo vas aceptar
a Cristo como tu Salvador?
Romanos 5:6-10
"Porque Cristo, cuando aún éramos
débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno
por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas
Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo
murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por
él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados
con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos
salvos por su vida".
Hay ocasiones en las que una persona que no es creyente
se encuentra frente a la decisión de aceptar o no a Cristo como su salvador
personal, y decide que, aunque le gustaría contestar afirmativamente,
preferiría antes poner en orden ciertas áreas de su vida. Quizás diga algo así
como: “Me gustaría aceptar a Cristo como mi Salvador, pero primero tengo que
eliminar ciertas cosas de mi vida que no están del todo bien”. Muchas personas
piensan que deben posponer una decisión por Jesucristo hasta que, de alguna
manera, hayan mejorado esas áreas que consideran “turbias”. El problema es que
no han entendido correctamente el mensaje del Evangelio.
Lo cierto es que ninguno de nosotros merece la salvación
que Jesús nos ofrece. No hay nada, absolutamente nada que pudiésemos hacer que
nos haga merecedores del perdón y la aceptación de Dios. En primer lugar,
estábamos “muertos en nuestros delitos y pecados”, dice Efesios 2:1. Y un
muerto no puede hacer absolutamente nada. Por eso, Dios tomó la iniciativa para
restaurar su relación con el hombre, la cual había sido dañada por el pecado
original de Adán y Eva. Con ese fin envió a su único Hijo, “para que todo aquel
que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Y Colosenses
1:20 dice que “agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de
él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las
que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”.
Nosotros no merecemos este acto de amor; Dios lo hizo por
su propia iniciativa, motivado por su infinita gracia. Cualquier intento de
“mejorar” sin primeramente permitir a Cristo que entre en tu vida es un error y
un esfuerzo totalmente infructífero. Jesús no dijo: “Vayan y límpiense,
descansen un poco, y entonces vengan a mí”. Todo lo contrario, él abrió sus
brazos y dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os
haré descansar” (Mateo 11:28). Y el pasaje de hoy dice que “siendo aún
pecadores, Cristo murió por nosotros”. Jesús no esperó hasta que fuéramos
merecedores de él. Él sabía que nunca podríamos serlo. Por eso se dio a sí
mismo por toda la humanidad, y extendió una invitación a todos los pecadores
para que vinieran a él tal como son, y encuentren paz y descanso para sus
almas.
La Biblia dice que “si confesares con tu boca que Jesús
es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás
salvo” (Romanos 10:9). Si no has dado el paso de fe aceptando a Jesucristo como
tu Salvador, sólo tienes que creer “en tu corazón”, sin ninguna duda, con
absoluta seguridad, que Jesús murió en la cruz del Calvario con el fin de pagar
por tus pecados, y que “Dios le levantó de los muertos”. Entonces lo confiesas
con tus labios, y “serás salvo”. Ahora mismo abre tu corazón y eleva al cielo
una oración de arrepentimiento y entrega al Señor. Tan pronto lo hagas el
Espíritu Santo viene a morar en ti, y entonces comienza su obra para
transformarte en un verdadero hijo de Dios.
Si Cristo es ya tu Salvador, disfruta entonces de esa
linda relación que él estableció entre tú y Dios, y vive en paz, confiando que
esa sangre preciosa derramada en la cruz del Calvario, te está lavando
constantemente de todo pecado. Pero no permanezcas en este primer paso.
Profundiza en tu relación con Jesús por medio de la lectura de la Biblia y la
oración cada día de tu vida, y disfruta plenamente de la victoria que él obtuvo
en la cruz para ti.
ORACIÓN:
Dios de amor y misericordia, gracias por establecer ese
puente que es Cristo Jesús, que nos permite llegarnos a ti. Gracias porque no
tuviste en cuenta mis pecados e inmundicias y enviaste a tu Hijo para que con
su sangre pagara mi deuda y me reconciliara contigo. Ayúdame a disfrutar
plenamente del gozo de mi salvación. En el nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
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