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jueves, 5 de abril de 2018
martes, 8 de agosto de 2017
Gálatas 5:19-21
¿NO PUEDES Resistir la presión del entorno?
“Y manifiestas son
las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia,
idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas,
disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas
semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho
antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas
5:19-21)
Resistir la presión del medio social requiere tener mucha fuerza. La sociedad actual ha cambiado la escala de valores. Lo malo, ya no es malo. Hoy, todo es relativo para que todos tengan sus espacios y derechos sin importar lo amoral o las tendencias inmorales. Porque para la sociedad actual, la inmoralidad ya no existe.
Ver a jóvenes fieles en la iglesia cada día, adorando a Dios, me llena de esperanza al ver que la batalla no está perdida para ellos, porque su caminar es fuerte y seguro.
Este pasaje bíblico traza el contraste de forma muy clara, de cuál es la manera de vivir que debe haber en el creyente lleno del Espíritu de Dios y la del que está dominado por la naturaleza humana.
Hay grandes diferencias humanas en aquellos que ha tomado la decisión de vivir en el espíritu, alejando sus conflictos morales de vivir en la carne.
¡Gracia y Paz!
Pan de Vida
jueves, 7 de abril de 2016
martes, 9 de febrero de 2016
miércoles, 11 de noviembre de 2015
NO MIENTAS...
Juan 8:44
"Ustedes son de su padre el diablo y quieren hacer los
deseos de su padre. El fue un asesino desde el principio, y no se ha mantenido
en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, habla de su
propia naturaleza, porque es mentiroso y el padre de la mentira”.
sábado, 21 de febrero de 2015
¿CONOCES LAS CONSECUENCIAS DE LA SOBERBIA?
Daniel 5:18-21
“El Altísimo Dios, oh rey, dio a
Nabucodonosor tu padre el reino y la grandeza, la gloria y la majestad. Y por
la grandeza que le dio, todos los pueblos, naciones y lenguas temblaban y
temían delante de él. A quien quería mataba, y a quien quería daba vida;
engrandecía a quien quería, y a quien quería humillaba. Mas cuando su corazón
se ensoberbeció, y su espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto del
trono de su reino, y despojado de su gloria. Y fue echado de entre los hijos de
los hombres, y su mente se hizo semejante a la de las bestias, y con los asnos
monteses fue su morada. Hierba le hicieron comer como a buey, y su cuerpo fue
mojado con el rocío del cielo, hasta que reconoció que el Altísimo Dios tiene
dominio sobre el reino de los hombres, y que pone sobre él al que le place”.
Estas palabras fueron pronunciadas por el profeta Daniel
a Belsasar, rey de Babilonia, cuando éste le llamó con el fin de que
interpretara una escritura que había aparecido en la pared de uno de los
salones del palacio (Daniel 5:1-5). Daniel entonces le contó acerca del reinado
de su padre Nabucodonosor muchos años antes, y de la actitud de soberbia del
mismo, y las consecuencias de esa actitud.
En el capítulo 4:29-32 de este libro, vemos la descripción
de este evento al cual se estaba refiriendo Daniel. Dios le había dado a
Nabucodonosor el reino y la gloria. Y un día, paseándose en el palacio real,
mientras contemplaba todas sus riquezas, el rey dijo en voz alta: “¿No es ésta
la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y
para gloria de mi majestad?” Inmediatamente después que Nabucodonosor pronunció
estas palabras llenas de orgullo y soberbia se escuchó la voz de Dios que le
decía: “A ti se te dice, rey Nabucodonosor: El reino ha sido quitado de ti; y
de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu
habitación, y como a los bueyes te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre
ti, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene el dominio en el reino de los
hombres, y lo da a quien él quiere”.
En el Nuevo Testamento encontramos otra historia que
refleja una actitud similar con sus correspondientes malas consecuencias. Se
trata del rey Herodes Agripa, el cual “echó mano a algunos de la iglesia para
maltratarles. Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan. Y viendo que esto
había agradado a los judíos, procedió a prender también a Pedro” (Hechos
12:1-3). Más adelante la Biblia dice que “un día señalado, Herodes, vestido de
ropas reales, se sentó en el tribunal y les arengó. Y el pueblo aclamaba
gritando: ¡Voz de Dios, y no de hombre!” El rey no los corrigió, ni se mostró
en desacuerdo con los halagos de la multitud, sino todo lo contrario, se
envaneció y se llenó de orgullo. Y “al momento un ángel del Señor le hirió, por
cuanto no dio la gloria a Dios; y expiró comido de gusanos” (Hechos 12:23).
Quizás estos ejemplos puedan parecer extremos en cuanto a
los resultados de la soberbia de esos dos hombres, pero siempre debemos
aprender de lo que leemos en la Biblia. En mayor o menor grado la persona
soberbia tendrá que sufrir malas consecuencias. La Biblia lo resume en Santiago
4:6: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”. La humildad es
una característica que está relacionada con la obediencia y la sumisión a la
voluntad de Dios. El ejemplo por excelencia lo tenemos en Jesús, el cual dejó
su gloria y “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y
muerte de cruz”. Por eso Dios “le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que
es sobre todo nombre” (Filipenses 2:7-9). Y en Mateo 11:29, Jesús nos exhorta a
imitarle cuando dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”.
La persona soberbia no tiene en cuenta para nada la
autoridad de Dios, pues su orgullo le hace pensar que no necesita del Señor.
Tampoco agradece sus bendiciones pues cree que todo se lo merece. Por eso su
vida va dirigida al fracaso.
Reflexiona en esta enseñanza y hazte el firme propósito
de conocer la voluntad de Dios leyendo su palabra y orando diariamente.
Entonces sé humilde y obedece sus instrucciones. Y sobretodo agradece todas sus
bendiciones.
ORACIÓN:
Bendito Padre celestial, te ruego me ayudes a asimilar
esta enseñanza y a aplicarla a mi vida, de manera que yo pueda actuar con
humildad siempre, obedeciéndote y agradeciéndote todas tus bondades para
conmigo. En el nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
jueves, 22 de enero de 2015
¿HAY ALGO QUE ESTÉS DESEANDO DEMASIADO?
Génesis 25:28-34
“Y amó Isaac a Esaú, porque comía de su
caza; mas Rebeca amaba a Jacob. Y guisó Jacob un potaje; y volviendo Esaú del
campo, cansado, dijo a Jacob: Te ruego que me des a comer de ese guiso rojo,
pues estoy muy cansado. Por tanto fue llamado su nombre Edom. Y Jacob
respondió: Véndeme en este día tu primogenitura. Entonces dijo Esaú: He aquí yo
me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura? Y dijo Jacob:
Júramelo en este día. Y él le juró, y vendió a Jacob su primogenitura. Entonces
Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas; y él comió y bebió, y se
levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura”.
Es muy probable que, en algún momento, a nuestras mentes
hayan llegado preguntas como estas: ¿Por qué Dios no me bendice a mí como bendice
a otras personas que yo conozco? ¿Por qué Dios no me bendice de la manera en
que yo quiero que me bendiga, de
la manera en que yo necesito que
me bendiga, de la manera en que yo
pensé él me iba a bendecir?
La Palabra de Dios nos enseña que en muchas ocasiones nos
perdemos bendiciones que el Señor desea darnos por causa de decisiones que
tomamos movidos por nuestra propia “sabiduría”, las cuales ponen de manifiesto
una muy desarrollada “miopía espiritual”. Estamos mirando el momento actual y
no el mañana, mirando lo que parece muy prometedor pero que en realidad no lo
es. Hay ocasiones en que una mala decisión puede causar que echemos por la
borda todo nuestro futuro por el placer de un momento dado. Quizás en ese
momento todo parecía bien pero después, cuando es demasiado tarde, miramos
atrás y deseamos que nuestra decisión hubiera sido más sabia.
Esaú era el primogénito de Isaac. ¿Y qué significaba para
los judíos ser el primogénito? El primogénito era aquel que tenía los mayores
honores y privilegios; todos sus hermanos y hermanas estaban sujetos a su
autoridad, a menudo tenía el honor de servir como sacerdote en las reuniones
familiares, el nombre de la familia y la línea de descendientes venía a través
de él, y en cuanto al aspecto económico al primogénito correspondía una doble
porción en la herencia de la familia que a los demás hermanos. Así que la
primogenitura era la cosa más valiosa, más preciada, más anhelada por cualquier
persona en la familia hebrea. Poseer este derecho otorgaba los privilegios, las
oportunidades, y el reconocimiento que nada más en la vida podía darle. Y en
esta familia en particular el primogénito estaría en la línea de la genealogía
del salvador del mundo, el Señor Jesucristo. Esaú vendió este privilegio por un
plato de potaje. Él pudo haber preparado alguna otra cosa para comer, pero en
aquel momento eso era lo que él quería. Y lo quería inmediatamente.
Muchas veces sacrificamos el futuro por un momento en el
que estamos controlados por los apetitos de la carne. Dios nos ha dado
apetitos, pero éstos deben ser controlados. Y si no podemos por nosotros
mismos, entonces debemos buscar la dirección del Espíritu Santo. En la sociedad
en que vivimos podemos conseguir casi todo por lo que estemos dispuestos a
pagar, pero debemos ser muy cuidadosos. Esaú perdió su prometedor futuro porque
quiso satisfacer su apetito inmediatamente, y en ese momento él estaba
dispuesto a pagar cualquier cosa.
¿Cuál es el plato de potaje que Satanás con frecuencia te
pone delante? Y te dice: “Tú necesitas esto”, “Tú quieres esto”, “Tú tienes que
disfrutar de esto”, “¡Y lo puedes tener ahora mismo!” Bien pudiera ser un
“guisado” delicioso, pero quizás tenga un precio que tú no desearías pagar. Por
eso debes tener extremo cuidado y buscar en Dios la sabiduría que necesitas
para tomar una decisión que traiga buenas consecuencias a tu vida.
¿Hay acaso algún “plato de potaje” en tu vida en estos
momentos? ¿Algo que deseas mucho que está frente a ti, al alcance de tu mano?
Tráelo en oración delante del Señor. Él es el único que puede saciar tu apetito
de tal manera que cuando Satanás te lo ofrezca puedas decirle: No gracias. No
lo necesito. No tengo hambre. ¡Estoy lleno de la paz y el gozo de mi Señor!
Oración:
Amado Dios y Padre celestial, tú conoces mis apetitos y
mis debilidades. Te ruego me fortalezcas espiritualmente y me des sabiduría
para poder discernir sabiamente al momento de tomar decisiones que puedan
afectar mi futuro. Ayúdame a rechazar todo aquello que parezca muy atractivo
pero que no esté de acuerdo a tú voluntad. En el nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
lunes, 13 de octubre de 2014
¿TIENES RENCOR EN TU CORAZÓN?
¿TIENES RENCOR EN TU CORAZÓN?
Efesios 4:30-32
“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios,
con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros
toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed
benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios
también os perdonó a vosotros en Cristo”.
En el capítulo 4 de la carta a los Efesios, el apóstol
Pablo enfatiza en las cualidades que deben caracterizar a una persona convertida
a Cristo. Puesto que el nuevo cristiano es una nueva criatura debe ser evidente
en su vida un cambio en relación a su vida anterior. En la escritura de hoy,
Pablo los exhorta a “quitarse” ciertas cosas de su carácter de la misma manera
que se quitarían una prenda de vestir que no piensan usar nunca más. Y completa
la idea en el versículo 24 donde dice: “Y vestíos del nuevo hombre, creado
según Dios en la justicia y santidad de la verdad”.
La amargura, el enojo, la ira, son sentimientos que
entristecen al Espíritu Santo, lo cual afecta nuestra relación con Dios y por
lo tanto nuestro crecimiento espiritual. También nuestra relación con aquellos
que nos rodean se afecta negativamente. Hebreos 12:15 dice: “Mirad bien, no sea
que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de
amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados". Y si no
“quitamos” de nosotros prontamente estos sentimientos negativos, irán
creciendo, echarán raíces en nuestros corazones y se convertirán en algo peor,
que es el rencor.
El diccionario define el rencor como “Resentimiento
arraigado y tenaz”. Esto quiere decir que echa raíces y que es muy difícil de
eliminar. El rencor es una barrera que nos impide vivir en paz con los demás.
Por lo tanto, dice este versículo, no podremos alcanzar la gracia de Dios. El
rencor poco a poco se convierte en una auto tortura que no deja dormir en paz,
y afecta no solamente el aspecto espiritual, sino también el emocional y hasta
el aspecto físico, pues el estrés que se produce afecta la presión arterial y
el corazón, y causa problemas en el sistema digestivo, dolores de cabeza, y
otras consecuencias en la salud. Y lo más interesante de todo es que la persona
que siente rencor sufre mucho más que aquella que es el blanco de ese rencor,
pues lo más probable es que ésta ni se acuerda de lo sucedido. Debemos, pues,
eliminar el rencor de nuestros corazones. ¿Cómo lo hacemos?
El rencor es producto de un espíritu no perdonador. La
única manera de eliminar el rencor de nuestro corazón es perdonando a la
persona que nos hirió. El perdón es un
acto de la voluntad. Debemos querer
perdonar, pero al mismo tiempo tenemos que reconocer que somos débiles y que
quizás no podamos perdonar por nuestras propias fuerzas. Sin embargo, el Señor
está siempre dispuesto a ayudarnos, cuando clamamos a él de corazón. El primer
paso es reconocer delante de Dios la existencia del rencor y confesar ante él
nuestro deseo de librarnos de ese sentimiento negativo que tanto entristece su
Espíritu.
Un principio bíblico puede ayudarnos en este propósito.
Cuando Jesús les enseñó a sus discípulos la oración modelo, hizo énfasis en la
necesidad de perdonar, diciéndoles: “Porque si perdonáis a los hombres sus
ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no
perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas” (Mateo 6:14-15). Simplemente, si queremos disfrutar
plenamente del perdón de Dios, debemos perdonar a los que nos han ofendido.
Estar consciente de esto puede ayudarte a perdonar a quien te ofendió.
Pero el Señor nos exhorta a ir aun más allá del perdón.
En Mateo 5:44, Jesús nos dice: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os
maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y
os persiguen”. Bendice a la persona que te ofendió. Ora por ella. Es posible
que no tengas deseos de elevar a esa persona en oración, pero tienes que
hacerlo si quieres ser obediente. Dios recompensará tu obediencia, el
sentimiento de rencor desaparecerá, y la paz y el gozo del Señor llenarán tu
corazón. Entonces podrás dormir en paz.
ORACIÓN:
Padre santo, te ruego limpies mi corazón de todo rencor o
amargura que esté afectando mi relación contigo y con los que me rodean. Por
favor, capacítame para perdonar a los que me han herido, así como tú me has
perdonado a mí. En el nombre de Jesús te lo pido, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
viernes, 3 de octubre de 2014
¿TIENES PROBLEMAS CON LA IRA?
Efesios 4:26, 27
“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol
sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo”.
En relación a la ira, un artículo de una importante revista dice: “La ira puede mover las pasiones contra el mal y
operar con la fuerza y la eficacia de un instinto si está asociada con un
carácter santo. En este caso es buena y es eficaz, pero si está relacionada con
la maldad se vuelve pecaminosa. Bajo la inspiración de una naturaleza santa
puede brillar con una potencia maravillosa contra el mal, la falsedad y el
deshonor; pero bajo el control de un espíritu malvado puede llegar a causar
daños irreparables en muchas vidas”. La ira es, sin duda, un sentimiento que
puede ser un arma de doble filo.
La escritura de hoy establece claramente que, en ciertas
circunstancias, la ira tiene un lugar en la vida del cristiano. De hecho, la
falta de ira podría ser una indicación de debilidad espiritual. La Biblia nos
dice en el Salmo 145:8: “Clemente y misericordioso es el Señor, lento para la
ira, y grande en misericordia”. El salmista afirma que aunque la bondad y la
misericordia de Dios retardan la manifestación de su ira, llega un momento en
que el Señor expresa su coraje ante la maldad, la injusticia y el pecado del
hombre. El Salmo 106 nos habla acerca de la rebeldía del pueblo de Israel. Dice
el versículo 29 que ellos “provocaron la ira de Dios con sus obras, y se
desarrolló la mortandad entre ellos”.
También Jesús, en ocasiones se llenó de ira. Por ejemplo,
en Mateo 21:12-13 dice: “Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a
todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los
cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: Escrito está:
Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de
ladrones”. Jesús se encoleriza ante la actitud blasfema de aquellos mercaderes
y sin ocultar su ira los echa del templo (en Juan capítulo 2 dice que usó un
azote de cuerdas). ¡Sin duda Jesús estaba muy molesto! Sin embargo, el
versículo siguiente dice: “Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los
sanó”. Es decir, inmediatamente después de haberse airado, y habiendo echado a
los mercaderes del templo, vinieron a Jesús unos ciegos y unos cojos, y él los
sanó. Una vez mostró su ira cuando había que enojarse, Jesús de inmediato está
en control de sus emociones y dispuesto a mostrar su amor y su compasión por
aquellos que venían a él en busca de sanidad.
Una ira santa producida por injusticia o maldad,
acompañada de un deseo sincero de que se haga la voluntad de Dios es tanto sana
como efectiva. Pero airarse contra alguien por un resentimiento personal o
envidia constituye un pecado. Y puede traer muy malas consecuencias. Por eso no
debemos permitir que se acumulen en nuestro corazón resentimientos contra
alguien que nos ha ofendido, los cuales pueden crear raíces de amargura que
afectan nuestro comportamiento hacia los que nos rodean. La Biblia nos alerta
acerca de esto en Hebreos 12:15: “Mirad bien, no sea que alguno deje de
alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y
por ella muchos sean contaminados”. Para evitar esto, el pasaje de hoy nos
aconseja: “No se ponga el sol sobre vuestro enojo”. Es decir, antes que termine
el día debemos deshacernos de todo sentimiento de enojo.
Si no puedes controlar tus emociones y sientes que la ira
te está empujando a pecar, arrodíllate y clama al Señor buscando su fortaleza y
el dominio propio que viene de su Santo Espíritu. Recuerda: “No des lugar al
diablo”. Dios tomará control de la situación, llenándote de su paz y su gozo,
mientras se encarga de aquellos que conspiran para hacerte daño. Así lo expresa
Romanos 12:19: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a
la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el
Señor”.
ORACIÓN:
Padre santo, reconozco que muchas veces no puedo
controlar mis emociones y me dejo invadir por sentimientos de ira que no
glorifica tu nombre. Te ruego arranques de mi corazón todo enojo o rencor y me
llenes con tu paz y tu amor, para que mi testimonio glorifique tu santo nombre.
En Cristo Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
miércoles, 1 de octubre de 2014
¿HAY EN TU VIDA ALTIVEZ Y ARROGANCIA?
¿HAY EN TU VIDA ALTIVEZ Y ARROGANCIA?
2 Crónicas 7:14, 15
“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi
nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus
malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y
sanaré su tierra. Ahora estarán abiertos mis ojos y atentos mis oídos a la
oración en este lugar”.
La palabra “humillación” generalmente causa un efecto
negativo en nosotros. A todos nos molesta enormemente ser humillados sobre todo
si estamos frente a un grupo de personas. “¡Qué vergüenza! ¡Cómo han podido
hacerme esto a mí! ¡Me han herido! ¡Me han ofendido!”, exclamamos con dolor y
muchas veces con coraje. En mayor o menor grado todos reaccionamos de esta
manera. Es lo común en los seres humanos. Sin embargo, Dios nos pide que nos
humillemos como requisito para escuchar nuestras oraciones y perdonar nuestros
pecados y sanar nuestra tierra. ¿Acaso Dios quiere herirnos u ofendernos?
¡Desde luego que no! Él nos ama con amor eterno, y sólo quiere lo mejor para
nosotros. Esto nos dice su palabra.
Para entender el propósito que Dios tiene cuando requiere
que nos humillemos delante de él, es necesario remontarnos al principio de la
creación cuando Adán y Eva vivían en constante comunión con su Creador. Eran
tiempos felices, y Adán y Eva recibían día tras día todo lo que necesitaban
física, material, emocional y espiritualmente en el huerto del Edén, conforme a
lo que Dios les había prometido. Pero también el Señor les había advertido que
del árbol de la ciencia del bien y del mal no debían comer, "porque el día
que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Desde un principio
Dios estableció que la relación entre él y el hombre sería una relación de amor
mutuo. Él les mostraría su amor a ellos bendiciéndolos y supliendo todas sus
necesidades, y ellos corresponderían a su amor por medio de la obediencia. Así
dijo Jesús en Juan 14:21: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es
el que me ama”.
Además, Adán y Eva no tenían conocimiento del bien o del
mal, por lo tanto en cada decisión que tomaban dependían totalmente de Dios.
Era una relación perfecta, planeada por Dios. Por eso el Señor les prohibió que
comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal. Pero la serpiente
(Satanás) era muy astuta, y se las ingenió para interrumpir el plan de Dios. Sutilmente
engañó a Eva y esta comió del fruto prohibido, y dio a Adán, el cual también
comió. Al comer de la fruta prohibida, Adán y Eva desobedecieron a Dios creando
una separación con aquel que se los había dado todo, y rompiendo la dependencia
que tenían de él.
Desde ese momento un espíritu de arrogancia y de soberbia
se apoderó de ellos, y se consideraron a sí mismos como dioses capaces de
dirigir sus vidas y tomar sus propias decisiones. Ese espíritu de orgullo ha
pasado de generación en generación hasta nuestros días, y constituye un
obstáculo en nuestra relación con Dios. Nos consideramos autosuficientes, no
consultamos con nuestro Padre celestial antes de tomar decisiones, no
dependemos de él en la manera en que él desea que lo hagamos con el fin de
bendecirnos abundantemente.
Es necesario deshacernos de ese espíritu, es
imprescindible que bajemos de ese pedestal que se creó aquel nefasto día en que
la desobediencia apareció en el Edén. Se requiere que reconozcamos nuestra
soberbia y vengamos arrepentidos delante del Señor. Eso es “humillarse”,
simplemente bajar al nivel que nos corresponde, reconociendo nuestra miseria y
bajeza ante la infinita santidad y majestuosidad del Rey del Universo. Eso es
todo lo que Dios requiere para perdonar nuestros pecados, que seamos humildes,
nos arrepintamos y busquemos su dirección dependiendo de él como al principio
de la Creación. Para mantener este comportamiento y por lo tanto una íntima
comunión con el Señor, es necesario que cada día de tu vida busques su rostro
en oración, leas su santa palabra y medites en ella.
ORACIÓN:
Padre santo, reconozco que he sido altivo y arrogante y
me he considerado autosuficiente al punto de ignorarte al tomar decisiones por
mi propia cuenta. Te ruego me perdones y arranques de mí todo vestigio de soberbia.
Ayúdame a humillarme delante de ti y reconocer que para vivir en victoria tengo
que depender totalmente de ti. En el nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
lunes, 21 de julio de 2014
¿HAY DESEOS DE VENGANZA EN TU VIDA?
¿HAY DESEOS DE venganza
EN TU VIDA?
1 Samuel 26:5-9
“Y se levantó David, y vino al sitio donde
Saúl había acampado; y miró David el lugar donde dormían Saúl y Abner hijo de
Ner, general de su ejército. Y estaba Saúl durmiendo en el campamento, y el
pueblo estaba acampado en derredor de él. Entonces David dijo a Ahimelec heteo
y a Abisai hijo de Sarvia, hermano de Joab: ¿Quién descenderá conmigo a Saúl en
el campamento? Y dijo Abisai: Yo descenderé contigo. David, pues, y Abisai
fueron de noche al ejército; y he aquí que Saúl estaba tendido durmiendo en el campamento,
y su lanza clavada en tierra a su cabecera; y Abner y el ejército estaban
tendidos alrededor de él. Entonces dijo Abisai a David: Hoy ha entregado Dios a
tu enemigo en tu mano; ahora, pues, déjame que le hiera con la lanza, y lo
enclavaré en la tierra de un golpe, y no le daré segundo golpe. Y David
respondió a Abisai: No le mates; porque ¿quién extenderá su mano contra el
ungido de Jehová, y será inocente?”
El rey Saúl había escogido tres mil hombres de su
ejército, y había salido a buscar a David con el fin de matarlo. Este pasaje
nos cuenta que una noche David y uno de sus hombres, Abisai, se llegaron hasta
el lugar donde Saúl había acampado, y descubrieron que el rey y sus hombres
dormían. Viendo que estaban totalmente indefensos, Abisai pidió permiso a David
para matar a Saúl, diciendo que esta oportunidad había venido de Dios. David
pudo haber consentido fácilmente. Lo cierto es que Saúl lo estaba buscando a él
para matarlo, así que perfectamente podía considerar el acto como defensa
propia. Pero no sólo eso, sino que ya David en una ocasión anterior había
perdonado la vida a Saúl cuando pudo haberlo matado (1 Samuel 24). En aquel
momento Saúl lloró cuando se enteró de la misericordia de David, y decidió
abandonar la persecución, y hasta dijo que David era apto para ser el próximo
rey de Israel.
Pero ahora Saúl había reanudado su inflexible acoso. Y de
nuevo David lo tenía indefenso frente a él. Bien pudo haber razonado: “Lo
perdoné una vez. Dios me está dando esta segunda oportunidad”. Además, Abisai
insistía en matarlo. ¡Qué fantástica oportunidad de librarse de aquel que tanto
lo odiaba! Sin embargo, David rechazó esos pensamientos porque creía firmemente
que no estaba bien matar al hombre que Dios había ungido para que fuese rey de
Israel. Y le respondió a Abisai: “No le mates; porque ¿quién extenderá su mano
contra el ungido de Jehová, y será inocente?”
Cuando nos tratan injustamente, nos ofenden o nos causan
daño, es fácil aprovechar cualquier oportunidad para vengarnos de alguna manera,
y después tratar de justificar la acción sobre la base de ese maltrato de que
fuimos víctimas, e incluso hasta aseguramos que Dios fue el que facilitó la
oportunidad. Sin embargo, estos no son los principios que deben guiar a un hijo
de Dios que verdaderamente desea agradar a su Padre celestial. En el Sermón del
Monte, Jesús dijo a sus discípulos: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu
prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos,
bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por
los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:43-44).
Es muy difícil poner en práctica esta enseñanza, pues
nuestra naturaleza carnal nos impulsa a hacer lo contrario, como quería Abisai.
Pero, al igual que David, nosotros podremos lograrlo si deseamos agradar al
Señor. Lo más importante es poner en primer lugar, antes que nuestros
sentimientos y nuestros impulsos carnales, los principios de la palabra de
Dios, y nuestra disposición a obedecer su voluntad. El apóstol Pablo nos dejó
este consejo en su carta a los romanos: “No os venguéis vosotros mismos, amados
míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la
venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:19).
Si estás luchando con un sentimiento de venganza en
relación a alguien que te ha hecho daño, haz tuya esta enseñanza, y glorifica
el nombre de Dios siguiendo sus preceptos y obedeciendo su voluntad. Déjalo en
manos del Señor. Ten la completa seguridad de que él recompensará con creces tu
obediencia.
ORACIÓN:
Padre amado, es mi anhelo agradarte siempre, pero cuando
se trata de controlar los deseos de vengarme de alguien que me ha herido, me
resulta muy difícil obedecer tu palabra. Por favor dame las fuerzas para
sobreponerme a estos sentimientos y mostrar tu amor y tu misericordia. En el
nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
jueves, 12 de junio de 2014
¿SIENTES CELOS O ENVIDIA DE ALGUIEN?
¿Sientes celos o
envidia de alguien?
Hechos 13:42-46
“Cuando salieron ellos de la sinagoga de los
judíos, los gentiles les rogaron que el siguiente día de reposo les hablasen de
estas cosas. Y despedida la congregación, muchos de los judíos y de los
prosélitos piadosos siguieron a Pablo y a Bernabé, quienes hablándoles, les
persuadían a que perseverasen en la gracia de Dios. El siguiente día de reposo
se juntó casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios. Pero viendo los
judíos la muchedumbre, se llenaron de celos, y rebatían lo que Pablo decía,
contradiciendo y blasfemando. Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo,
dijeron: A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la
palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida
eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles”.
Este pasaje nos cuenta que los judíos se opusieron a la
predicación de Pablo porque “se llenaron de celos” al ver la muchedumbre que se
reunió “para oír la palabra de Dios”. En Génesis 30:1 leemos que “viendo Raquel
que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana”. Entonces le pidió a
Jacob que se llegara a su sierva Bilha, la cual concibió y dio a luz un hijo a
Jacob. También los hermanos de José “le tenían envidia” (Génesis 37:11) porque
su padre mostraba favoritismo hacia él, y por esa razón lo vendieron como
esclavo a unos mercaderes. Poncio Pilato les preguntó a los judíos si querían
que soltara al criminal Barrabás o a Jesús, “porque sabía que por envidia le
habían entregado”, dice Mateo 27:18. Poco después se cometió la mayor injusticia
de la historia de la humanidad. Estos ejemplos nos muestran la maldad que se
desprende de la envidia o de los celos.
Los celos y la envidia son sinónimos. Cualquier ventaja
que una persona tenga sobre otra en algún área específica puede dar lugar a ese
sentimiento, ya sea una buena posición económica, o la inteligencia, la buena
apariencia, la popularidad, un buen empleo, etc. La envidia es un resentimiento
que surge por el deseo de tener esas y otras cosas. El diccionario define
“envidia” de la siguiente manera: “Tristeza o pesar del bien ajeno. Sentimiento
de hostilidad contra el que posee una cosa que nosotros no poseemos”. La
envidia produce tristeza, pesar, infelicidad; afecta el estado espiritual y a
la larga afecta también la salud física y mental. Proverbios 14:30 dice: “El
corazón apacible es vida de la carne; mas la envidia es carcoma de los huesos”.
El apóstol Pablo, en su carta a los gálatas, les dice:
“Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo
de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne”
(Gálatas 5:16). Entonces menciona una larga lista de “las obras de la carne”,
entre las cuales incluye “los celos y la envidia”. Ciertamente estos
sentimientos pueden traer muy malas consecuencias en la persona que los siente
y en aquellos que le rodean. Debemos estar muy alertas, pues ni el cristiano
más consagrado es inmune a la sutil tentación de la envidia.
Medita en esta enseñanza, mira bien dentro de ti, y
contesta esta pregunta: “¿Sientes envidia de alguien?” Si la respuesta es “sí”,
debes confesarla ante el Señor con un corazón arrepentido, y empezar a orar por
esa persona. Sabrás que estás arrancando de ti la envidia cuando comiences a
regocijarte en el éxito y las buenas cualidades de esa persona.
ORACIÓN:
Padre santo, arranca de mi corazón todo sentimiento de
celos o envidia, que sin duda afectan mi relación contigo. Ayúdame a gozarme en
lo bueno que sucede a los demás, sabiendo que todo lo bueno proviene de ti. En
el nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
martes, 10 de junio de 2014
¿AÚN DICES MENTIRAS?
¿Aún dices
mentiras?
Colosenses 3:9-10
“No mintáis los unos a los otros, puesto que
habéis desechado al viejo hombre con sus malos hábitos, y os habéis vestido del
nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme
a la imagen de aquel que lo creó”.
Un entrenador de fútbol universitario renuncia después de
admitir que falsificó sus credenciales académicas y atléticas. Un oficial
militar de carrera confiesa haber llevado puestas condecoraciones de combate
que no se ganó. Un solicitante de un empleo reconoce que cuando dijo que tenía
experiencia en la "supervisión de alimentos y bebidas" en realidad lo
que hacía era café todas las mañanas en la oficina. Con frecuencia oímos de
muchos otros que son públicamente avergonzados cuando en algún momento se
descubre que mintieron en el pasado. Lo cierto es que más tarde o más temprano
habrá malas consecuencias para aquellos que mienten.
A veces pensamos que una pequeña “mentirita” no tiene
importancia y que seguramente no tendrá consecuencias, pero nos olvidamos que
cuando ignoramos los principios de la Palabra de Dios estamos exponiéndonos a
sufrir los resultados que trae consigo la desobediencia. Gálatas 6:7 dice: “No
os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare,
eso también segará”. Es decir, si sembramos una mentira con seguridad no vamos
a segar algo bueno, sino todo lo contrario. El pasaje de hoy dice claramente:
“No mintáis los unos a los otros”, sin diferenciar una mentira de otra. Aun
esas pequeñas mentiras por lo general crecen a medida que tratamos de evitar
que se descubran. Y a una mentira sigue otra y otra, y por regla general el
resultado final es un enorme enredo lleno de malas consecuencias.
Ahora bien, la razón fundamental por la que no debemos
mentir es porque hemos confiado en Jesucristo como nuestro Salvador, por lo
cual el “viejo hombre” con todas sus miserias y pecados, incluyendo las
mentiras, ha sido desechado dando lugar a un “nuevo hombre”. De esta manera
continúa el pasaje de hoy: “…puesto que habéis desechado al viejo hombre con
sus malos hábitos, y os habéis vestido del nuevo hombre..." Es el plan de
Dios que este “nuevo hombre” poco a poco, bajo la acción del Espíritu Santo, se
vaya “renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de aquel
que lo creó”. Así termina este pasaje.
Sin duda, en este proceso, muchas veces vendrán a
nosotros pensamientos o impulsos pertenecientes a hábitos o costumbres del
pasado, entre ellos las mentiras. La enseñanza de hoy nos exhorta a rechazar
esos impulsos, y decir siempre la verdad, pues la verdad viene de Dios,
mientras que la mentira proviene de Satanás. En Juan 8:44, Jesús les dice a un
grupo de judíos: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de
vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha
permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de
suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira”. Es evidente que cuando
mentimos no agradamos al Señor, sino que estamos complaciendo los deseos del diablo.
Debemos esforzarnos y luchar contra todo aquello que no sea verdad. No siempre
resulta fácil hacerlo, pero si permitimos que se manifieste en nosotros el
poder del Espíritu Santo y con él la verdad y la justicia de nuestro Señor,
entonces podremos vivir una vida santa y veraz, digna de un hijo o hija de
Dios.
Busca el rostro del Señor cada día en oración, lee la
Biblia, medita en sus enseñanzas y esfuérzate en ponerlas en práctica. El
Espíritu Santo producirá en ti su fruto, y poco a poco las mentiras dejarán de
formar parte de tu vida, y el nombre de Dios será glorificado.
ORACIÓN:
Querido Dios, ayúdame a vivir consciente de que las cosas
viejas pasaron y todas han sido hechas nuevas. Dame el poder para mostrar el
Cristo que vive en mí quien vivió una vida de total honestidad, integridad y
verdad absoluta. En el nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
martes, 6 de mayo de 2014
¿ERES UNA PERSONA ORGULLOSA Y SOBERBIA?
¿Eres una persona
orgullosa y soberbia?
Proverbios 16:18
“Antes del quebrantamiento es la soberbia, y
antes de la caída la altivez de espíritu”.
En casi todo lugar donde vayamos nos encontraremos con
personas orgullosas, altivas y soberbias. Estas tres palabras se escriben diferentes
pero tienen un significado similar. Las personas que tienen esta conducta de
vida actúan como si fueran superiores a todos los demás y como si todo se lo
merecieran. Por regla general se consideran a sí mismos el centro de atención.
A simple vista estas personas pueden parecer grandes triunfadores, pero la
realidad es que son personas fracasadas y con un alto grado de frustración. Una
persona orgullosa y soberbia, generalmente expresa superioridad sobre los demás
y se exalta a sí misma con el fin de impresionar a quienes les escuchan. Pero,
como dice Jesús en Mateo 6:5 refiriéndose a los fariseos, “ya tienen su
recompensa”. Esto es, una satisfacción superficial y pasajera, nada más. Después
sufrirán las consecuencias de su orgullo, porque “cualquiera que se enaltece,
será humillado…” (Lucas 14:11a). La característica opuesta al orgullo y la
soberbia es la humildad. Y los
resultados de una y otra actitud son totalmente opuestos. Conforme a lo que nos
dice la Biblia, el que se humilla, el de corazón humilde, éste será enaltecido,
es decir será exaltado. Continúa Lucas 14:11b: “... y el que se humilla, será
enaltecido”.
El ejemplo máximo de humildad lo dio Jesús, “el cual,
siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que
aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho
semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí
mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses
2:6-8). Por eso “Dios le exaltó hasta lo sumo” (Filipenses 2:9). En el extremo
opuesto está Satanás, cuyo orgullo y soberbia al querer ser semejante a Dios,
lo llevó a su caída de los lugares celestiales. El profeta Isaías habla de este
evento en Isaías 14:13-15, y le dice al diablo: “Tú que decías en tu corazón:
Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono,
y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las
alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. Mas tú derribado
eres hasta el Seol, a los lados del abismo”. Ciertamente se cumplió lo que dice
el pasaje de hoy: “Antes de la caída la altivez de espíritu”.
La característica del cristiano debe ser la humildad de
espíritu si queremos imitar a Jesús y llegar a crecer espiritualmente hasta “la
medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). Si deseamos
llegar a este estado espiritual en la vida, debemos aprender a despojarnos de
toda forma de soberbia, orgullo y altivez. Debemos pedir a Dios el
discernimiento espiritual que nos revele cuando estamos actuando con soberbia.
Muchas veces nos resulta difícil identificar en nosotros mismos una actitud de
este tipo, y más difícil aún reconocerla y confesarla. Pero es necesario
hacerlo. Es imprescindible humillarnos delante de Dios y de aquellos ante los
cuales hemos actuado con orgullo, si queremos profundizar en nuestra relación
con el Señor. El orgullo y la soberbia crean una barrera entre nosotros y Dios;
la humildad nos acerca a él. Este contraste lo expresa Proverbios 29:23 de la
siguiente manera: "El orgullo del hombre lo humillará, pero el de espíritu
humilde obtendrá honores".
Acércate hoy al trono de la gracia de Dios en oración.
Pide al Señor que te revele esa área en la que estás actuando con orgullo y
soberbia, y reconoce esta actitud como un verdadero pecado ante los ojos de
Dios. Renuncia a ella en el nombre de Jesús, y pídele al Señor que la presencia
de su Espíritu Santo coloque en su lugar un espíritu de humildad.
ORACION:
Padre Santo, escudriña lo profundo de mi corazón y quita
de mí toda altivez, soberbia y orgullo que sólo pueden conducir a la
destrucción. Ayúdame a caminar en humildad para agradarte a ti. En el nombre de
Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
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