martes, 21 de julio de 2015

¡CUIDA TU LIBERTAD EN CRISTO!



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¿SABES CÓMO SER ESPIRITUALMENTE LIBRE?





Efesios 4:31-32
“Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”.

¿Conoces personas que van a la Iglesia cada semana y dicen que aman al Señor, pero no comparten el amor de Dios con otros? Aun después de haber aceptado a Jesucristo como salvador, y habiendo creído que su infinito amor ha entrado en sus vidas, muchos cristianos encuentran gran dificultad en transmitir ese amor al mundo hambriento de afecto que nos rodea. ¿A qué se debe?

Una de las principales razones por las que muchas personas no pueden experimentar el amor de Dios fluyendo a través de ellos es la existencia de una barrera de amargura y resentimiento que no proviene de Dios, sino del enemigo de nuestras almas. Por lo tanto son incapaces de ser "benignos" con los otros, como nos dice el pasaje de hoy que seamos; más bien todo lo contrario, afectan negativamente a los que están a su alrededor. Así dice Hebreos 12:15: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados”. Esta raíz de amargura hace que la actitud, la comunión y aún la adoración estén encarceladas en una celda de rencor y encadenadas por diabólicas ataduras de odio.

El primer paso para la libertad espiritual es aceptar a Jesucristo como salvador personal. Pero este es sólo el primer paso. Entonces comienza un proceso durante el cual debemos crecer espiritualmente, eliminando de nuestras vidas todo aquello que se ha acumulado durante el tiempo en que no conocíamos al Señor. Para ello tenemos que alimentar nuestros espíritus diariamente con la Palabra de Dios. De esta manera lo expresa el apóstol Pedro: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1 Pedro 2:2). A medida que crecemos espiritualmente, y vamos conociendo la verdad por medio de la lectura de la Biblia y la oración día tras día, vamos siendo liberados de esas ataduras, y comenzamos a experimentar la libertad que Cristo nos ofrece. Así dice Juan 8:31-32: “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. La única manera de conocer la verdad que nos hace libres es a través de la poderosa Palabra de Dios, la cual “es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).

La amargura generalmente tiene su origen en un espíritu no perdonador. Si has permitido que la amargura se acumule en el corazón y eche raíces… Si sientes que eres cautivo de tu propio enojo y hostilidad; si hay en ti ira, rencor, envidia, odio o cualquier otro sentimiento que provenga del enemigo, permítele al Señor cambiar esas actitudes por el amor que necesitas para perdonar. Lo primero que tienes que hacer es reconocer que esta condición existe en tu corazón, entonces confiésalo delante de Dios y pídele sinceramente que te ayude a perdonar a quienes te han ofendido y a amarlos como Cristo nos amó. El Espíritu Santo limpiará tu corazón de toda raíz de amargura, y de manera milagrosa te hará totalmente libre para amar. Dice 2 Corintios 3:17: “Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”. Esta libertad te permitirá experimentar el gozo y el amor de Dios y al mismo tiempo vendrás a ser un vaso de amor para compartir con otros, aún con aquellos que te han herido.

ORACIÓN:
Padre santo, vengo delante de tu trono a traer todo enojo, ira o rencor que haya hecho nido en mi corazón. Te ruego que arranques toda raíz de amargura y llenes mi corazón de tu amor. Por favor libérame y capacítame para poder perdonar y amar a todos los que me han herido u ofendido de alguna manera. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla

Salmo 21:6


SI PUEDES CRER...


¿QUE ES LA AMARGURA?



Efesios 4:31-32

“Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”.

¿PALABRA DE DIOS O DE HOMBRE?


EL AMOR NO ES UNA FRASE ROMÁNTICA, ES UNA VIDA COMPARTIDA


ATREVETE A SER EN PERSONA ESO QUE APARENTAS Y DICES SER EN FACEBOOK...


¿Y TU... QUE ERES?... ¿CREYENTE O DISCIPULO?


lunes, 20 de julio de 2015

¿QUE HACER SI NUESTRO PRÓJIMO ESTA EN PECADO?


EL CHISME ES TAN DESTRUCTIVO QUE PUEDE TERMINAR CON UNA BUENA AMISTAD...



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¿Y TÚ, NO TENDRÁS PROBLEMAS CON EL CHISME…?





Proverbios 18:8
“Las palabras del chismoso son golosinas, bajan hasta el fondo de las entrañas”.

¿Sabías que las palabras que salen de nuestra boca pueden ser de bendición y consuelo, o pueden servir para maldecir y romper corazones, destruir reputaciones y crear contiendas?

La escritura de hoy habla de “las palabras del chismoso”, es decir, de aquel o aquella que no se detiene a considerar el efecto que puede tener en la vida de otros transmitir una noticia, un rumor o una historia sin siquiera verificar si es cierta, ni sopesar las consecuencias que pueda traer. Dice que estas palabras son “como bocados suaves”, o sea son fáciles de tragar, es decir, se creen fácilmente y llegan hasta lo más profundo del corazón o de la mente.

Por alguna razón, a muchas personas les encanta que les cuenten los problemas y asuntos personales de otros, y luego lo retransmiten a su manera. “¿Escuchaste lo que Susana dijo de Nancy?” “¿Te enteraste de cómo terminaron Roberto y María?” “¡Ni te imaginas lo que está pasando entre Maritza y Julián!” ¡Cuántas historias como éstas habrás escuchado últimamente! Muy probablemente cada una de ellas puede incluirse en la categoría de “chisme”. El chisme es una enfermedad que frecuentemente corre desenfrenada en el lugar de trabajo, en los círculos sociales e incluso en la iglesia. Esto no sólo habla de una falta de sinceridad y de respeto hacia los demás, sino también nos muestra un grave problema espiritual en aquellos que lo disfrutan.

El chisme puede destruir la vida de una persona. Por eso Dios advirtió a su pueblo acerca del chisme de la misma manera que lo hizo con respecto al homicidio. En Levítico 19:16 dice: “No andarás chismeando entre tu pueblo. No atentarás contra la vida de tu prójimo. Yo Yahweh”. Es un mandato del Señor. Sería bueno enmarcar este mandato y colgarlo en la pared de nuestra casa o en nuestro centro de trabajo o inclusive en el templo, pero sería mucho mejor si permitimos que esta orden divina se grabe en nuestros corazones.

El chisme es destructivo, y si se deja actuar puede terminar con una buena amistad. Así dice Proverbios 16:28b: “El chismoso aparta a los mejores amigos”. Y Proverbios 26:20 advierte: “Sin leña se apaga el fuego, y donde no hay chismoso, cesa la contienda”. Así como la leña aviva el fuego, el chisme aviva la contienda. El lugar donde existe chisme es un lugar donde habrá contiendas y peleas. Como cristianos debemos prestar atención y actuar según el consejo del apóstol Pablo a los filipenses: “Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa” (Filipenses 2:14-15).

Una vieja historia cuenta que en un pequeño reinado, un hombre fue acusado de haber calumniado a otro, habiendo afectado tremendamente su moral y su vida y la vida de su familia. El acusado fue traído ante el rey, el cual tenía fama de ser muy sabio al juzgar. El rey mandó que llenaran un saco de plumas y lo ataran con una soga. Se lo entregó al hombre y le dijo que fuera a lo alto de una colina cercana y abriera el saco y echara las plumas al aire. Así lo hizo aquel hombre, contento por un castigo tan simple. Enseguida regresó y le entregó el saco vacío al rey. “Completa la tarea, su majestad”, le dijo. Y el rey le contestó: “No. Falta la segunda parte. Ahora vaya y recoja todas esas plumas”.

Al igual que las plumas, una vez que las palabras salen de nuestra boca no se pueden recoger. Por eso tenemos que ser muy cuidadosos con lo que hablamos, pues las palabras que pronunciamos pueden tener grandes implicaciones en la vida de otras personas. Claro que nuestra naturaleza pecaminosa no es capaz de lograr el perfecto control necesario para evitar que salgan de nuestras bocas palabras que causen un efecto negativo. Así les dijo Jesús a un grupo de fariseos: “¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Por eso debemos orar constantemente y pedir al Señor que limpie nuestros corazones y los llene de su amor y de su misericordia. Así las palabras que salgan por nuestras bocas harán bien a los que nos rodean.

ORACIÓN:
Amante Padre celestial, reconozco que muchas veces no he sido cuidadoso al hablar. Te ruego me perdones y limpies mi corazón para que las palabras que yo hable bendigan y edifiquen a los demás y glorifiquen tu santo nombre. Por Cristo Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!

Dios te Habla

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