domingo, 12 de abril de 2015
Mateo 12:34-37
Un corazón dispuesto para Dios es el de un
Creyente que es obediente por sobre todas las cosas. Es el de una persona honesta
y fiel, que pone en primer lugar la
palabra y la voluntad de Dios.
Esto es muy importante en nuestra vida
cristiana, pues lo que guardemos en nuestro corazón se manifestará en todas nuestras
acciones, ya que “de la abundancia del corazón habla la boca”. Nuestro corazón es
el lugar donde existe la fuerza de la vida, el motor que mueve nuestras acciones.
Así lo dice Proverbios 4:23: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón;
porque de él mana la vida”.
¡Gracia y Paz!
sábado, 11 de abril de 2015
¿LA GRANDIOSA MAJESTAD E INFINITA SANTIDAD DE DIOS TE PRODUCEN CONVICCIÓN DE PECADO?
Isaías 6:1-7
“En el año que murió el rey Uzías vi yo al
Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.
Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus
rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba
voces, diciendo: Santo, santo, santo, Señor de los ejércitos; toda la tierra
está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la
voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que
soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de
pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Señor de los
ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón
encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca,
dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu
pecado”.
¿Has estado alguna vez delante de la fama y la grandeza? Tal
vez le has estrechado la mano a un líder mundial. Quizás has estado cerca de un
atleta famoso. O puede que un escritor de mucho éxito te haya firmado un libro.
Estar cerca de personas muy famosas es muy emocionante. Los has visto por
televisión y has leído acerca de ellos en los periódicos, ¡pero ahora estás en
su presencia! Eso puede hacerte temblar. Sin embargo la realidad es que no
debía ser así, pues todos ellos son gente común y corriente. Es posible que
hayan hecho algo grande, pero en el fondo todos son seres humanos como tú y
como yo. A los ojos de Dios son pecadores que necesitan la gracia del único a
quien verdaderamente podemos llamar grande:
nuestro Dios todopoderoso.
En la escritura de hoy, mientras adoraba ante el altar
del incienso, el profeta Isaías recibió una visión y vio al Señor reinar como
Dios soberano sobre su reino. Entonces exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto;
porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que
tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Señor de los ejércitos”. La
grandiosa majestuosidad e infinita santidad de Dios produjeron en el profeta
una profunda convicción de pecado que lo llevó a confesar su miseria y su
inmundicia.
Ciertamente esta debía ser la actitud normal de cualquier
ser humano ante la santa presencia de Dios. Sin embargo con frecuencia las
personas actúan con irreverencia delante del Señor, y por otro lado se inclinan
ante la supuesta grandeza de otras personas que se encuentran en niveles
sociales más elevados. Por ejemplo, todo aquel que alguna vez en su vida tiene
el enorme privilegio de visitar a la reina Isabel de Inglaterra (y son muy
pocos) debe seguir el siguiente protocolo:
- El visitante jamás debe hablar primero; siempre debe esperar a que la reina le dirija la palabra.
- Nunca debe preguntar nada a su majestad real, debe limitarse a contestarle.
- En su primera respuesta tiene que añadir las palabras “Su majestad”.
- Al retirarse, nunca debe darle la espalda a la reina.
La Biblia dice en Hebreos 4:16: “Acerquémonos, pues,
confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia
para el oportuno socorro”. Es decir, sin ningún protocolo especial, con toda
confianza podemos llegarnos hasta el trono de la gracia de Dios y recibir de él
la gracia y la misericordia que necesitamos en ese momento. No obstante que él
es el Rey de reyes y el Señor de señores, no tenemos que usar títulos de la
nobleza al dirigirnos a él. Sólo necesitamos un corazón humilde reconociendo,
como el profeta Isaías, nuestra miseria y la infinita santidad de nuestro
Creador. Jesús nos dijo que le llamáramos simplemente “Padre Nuestro”. Así se
establece una relación de amor y de respeto, y al mismo tiempo de absoluta
confianza para llegarnos a él y traer nuestras cargas y nuestras necesidades.
Confía tu vida en las manos de Aquel que es grande en
poder, grande en amor y grande en misericordia. Conoce y disfruta de la
verdadera grandeza que existe solamente en Dios, buscando su rostro en oración
cada día, y deleitándote en su santa presencia.
ORACIÓN:
Dios grande y poderoso, Rey de reyes y Señor de señores,
me postro delante de tu santa presencia para adorarte como sólo tú mereces.
Gracias por el privilegio que has dado a tu pueblo de acercarnos confiadamente
a tu trono, y recibir tu amor y tu socorro. Por Cristo Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
viernes, 10 de abril de 2015
¿ESTÁS TOMANDO EN CUENTA LAS ADVERTENCIAS DE DIOS?
Génesis 19:12-14
“Y dijeron los varones a Lot: ¿Tienes aquí
alguno más? Yernos, y tus hijos y tus hijas, y todo lo que tienes en la ciudad,
sácalo de este lugar; porque vamos a destruir este lugar, por cuanto el clamor
contra ellos ha subido de punto delante de Yahweh; por tanto, Yahweh nos ha
enviado para destruirlo. Entonces salió Lot y habló a sus yernos, los que
habían de tomar sus hijas, y les dijo: Levantaos, salid de este lugar; porque Yahweh
va a destruir esta ciudad. Mas pareció a sus yernos como que se burlaba”.
La historia de la destrucción de Sodoma y Gomorra es muy
conocida por todos. Dios reveló a Abraham que destruiría estas dos ciudades
porque su pecado era muy grave (Génesis capítulo 18). Abraham intercedió por
los justos de la ciudad, y Dios le contestó que no la destruiría si encontraba
diez justos en la ciudad. Lamentablemente ni siquiera diez justos había, pues
el Señor decidió enviar dos ángeles con la misión de demoler aquel lugar. El
pasaje de hoy nos muestra una conversación de los dos ángeles con Lot, el
sobrino de Abraham. Dice que los varones le dijeron a Lot que sacara a su
familia de la ciudad, porque la iban a destruir. Lot avisó a sus yernos, pero
éstos pensaron que él bromeaba, es decir no creyeron la advertencia del suegro;
así que Lot marchó solo con su esposa y sus hijas. Después que ellos estuvieron
fuera, Dios envió una lluvia de fuego y azufre que incineró completamente ambas
ciudades con todos sus habitantes (Génesis 19:24-25).
Muchos siglos después, respondiendo preguntas a un grupo
de fariseos acerca de cuándo habría de venir el reino de Dios, Jesús hizo
referencia a estos acontecimientos, y les dijo: “Asimismo como sucedió en los
días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el
día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó
a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste” (Lucas
17:28-30). El día que Jesús regrese a la tierra sucederá algo similar a lo que
sucedió en Sodoma. Y al igual que los yernos de Lot, muchos no creerán en esta
advertencia y correrán la misma suerte. Otros creerán, como creyó Lot, y se
librarán de la condenación.
Hace años un barco que pasaba por debajo de un puente en
la ciudad de Saint Petersburgh, Florida, golpeó accidentalmente una de sus
columnas y ésta se quebró, haciendo que parte del puente cayera al vacío. Era
de noche y varios automóviles que en ese momento trataban de cruzar el puente,
sin percatarse de lo que había sucedido, cayeron al mar. Un automovilista que
venía a corta distancia se dio cuenta y pudo frenar a tiempo. Enseguida se bajó
de su auto, y comenzó a hacer señas a los que se acercaban para que se
detuvieran, pero ninguno hizo caso, quizás pensando que él estaba pidiendo
algún tipo de ayuda. Continuaron su camino y este hombre, con horror, pudo ver
como uno a uno esos vehículos caían al vacío. Finalmente algunos se dieron
cuenta y comenzaron a detenerse antes de llegar al enorme hueco en el puente.
Muchos años después, aquel hombre no había podido borrar de su mente aquella
escena tan trágica de automóviles cayendo al mar y sus ocupantes muriendo
ahogados, sólo por no hacer caso a la voz que los alertaba del peligro.
La Palabra de Dios advierte al mundo del peligro del
pecado, y es clara en cuanto a las consecuencias del mismo: condenación eterna.
Pero también nos habla de una esperanza en Juan 3:16: “Porque de tal manera amó
Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él
cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Esta esperanza es para los que
creen que Jesús es el Hijo de Dios, quien murió en la cruz con el fin de pagar
la deuda de nuestros pecados, y después resucitó venciendo a la muerte. A los
demás, aquellos que no creen, les espera la muerte eterna. Así dice Juan 3:18:
“El que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del
unigénito Hijo de Dios”. Como cristianos, es nuestro deber hablar al mundo del
inmenso amor de Dios, y la salvación a través de Jesucristo. Y también debemos
advertirles acerca del peligro de no creer.
ORACIÓN:
Bendito Dios que estás en los cielos, te ruego me des
discernimiento para entender espiritualmente esta enseñanza, y sabiduría para
transmitirla a aquellos que no te conocen, de manera que puedan ver claramente
el peligro al cual se están enfrentando. Te lo pido en el nombre de Jesús,
Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
jueves, 9 de abril de 2015
domingo, 5 de abril de 2015
¡HA RESUCITADO EL SEÑOR VERDADERAMENTE!
Con estas palabras impregnadas de gozo se saludaron los
discípulos de Cristo cuando se encontraron al atardecer del día de la
resurrección. Ellos fueron los testigos oculares. Esta convicción, proclamada
por los cristianos de todos los tiempos, constituye la base de nuestra
esperanza. Sin la resurrección de Cristo no hubiese sido posible la victoria
sobre la muerte.
La resurrección, el gran milagro del cristianismo. La
resurrección de Cristo es la prueba de su divinidad. Jesús lo dijo: “Pongo mi
vida, para volverla a tomar” (Juan 10:17). Su resurrección también es la
garantía de nuestra resurrección futura. Jesús afirma: “Yo soy la resurrección
y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Dios
traerá a la vida a quienes durmieron en Jesús, para que estén unidos a él (1
Tesalonicenses 4:14). Los que hemos puesto nuestra confianza en Jesucristo podemos
esperar felices ese maravilloso momento en el que la voz poderosa del Señor
llamará a todos los que, vivos o muertos, le pertenezcamos, para que estemos
siempre con él (1 Tesalonicenses 4:17).
Jesús dice claramente que todos los hombres resucitarán, ya
sea para la “resurrección de vida” o para la “resurrección de condenación”
(Juan 5:29). Por lo tanto a todos los que no quieren oír la voz de Jesús les
decimos: “Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:20).
¡Gracia y Paz!
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