¡Que
Yahweh les mire con amor y les conceda la paz!
sábado, 21 de junio de 2014
¿CÓMO MANEJAS LOS ELOGIOS QUE RECIBES?
¿Cómo manejas los
elogios que recibes?
Proverbios 27:2
“Que te alabe el extraño, y no tu boca; el
forastero, y no tus labios”.
¿A quién no le agrada recibir una palabra de elogio?
Después de un largo día de trabajo, al completar una tarea agotadora o al
enfrentar circunstancias difíciles, una frase halagadora o un gesto de
amabilidad puede ser gratificante e inspirador. Sin embargo, hay que tener
cuidado al recibir elogios. Manejados correctamente, no hay ningún problema.
Pero puede haber peligro dependiendo de la manera en que lo recibimos, pues
nuestra naturaleza carnal tiende a llenarse de orgullo y vanidad con mucha
facilidad. Y esto, desde luego, puede acarrearnos malas consecuencias en
nuestras vidas.
Un ejemplo lo encontramos en Daniel capítulo 5. La Biblia
cuenta que Dios le dio al rey Nabucodonosor “el reino y la grandeza, la gloria
y la majestad” (v.18). Y por esto todos los pueblos y naciones “temblaban y
temían delante de él”. Todos se esmeraban en halagarle y presentar ante él todo
tipo de elogios y alabanzas. Producto de ello, el rey se llenó de orgullo y se
olvidó de Aquel que le había dado todo. Dice el versículo 20 que “cuando su
corazón se ensoberbeció, y su espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto
del trono de su reino, y despojado de su gloria”. Pero no sólo esto, más
adelante Nabucodonosor “fue echado de entre los hijos de los hombres, y su
mente se hizo semejante a la de las bestias, y con los asnos monteses fue su
morada. Hierba le hicieron comer como a buey, y su cuerpo fue mojado con el
rocío del cielo” (v.21). Ciertamente un cambio enorme en su vida, de rey y
señor de Babilonia, y envidia de todos los reinos de alrededor, a un perturbado
mental, viviendo a la intemperie y actuando como las bestias del campo. Todo
como resultado de su soberbia y su orgullo. Aquí se cumplen de manera perfecta
las palabras de Jesús en Mateo 23:12: “El que se enaltece será humillado, y el
que se humilla será enaltecido”.
Una actitud de soberbia y orgullo siempre traerá malas
consecuencias, porque “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los
humildes”, dice Santiago 4:6. Para evitar el orgullo, la jactancia o el egocentrismo
como resultado del elogio, la Biblia nos da pautas a seguir que nos permiten
aceptar halagos con gracia:
Evita elogiarte a
ti mismo.
El pasaje de hoy nos enseña que debemos dejar que otros
nos alaben y no nosotros mismos. La Biblia también nos enseña que cuando
actuamos con humildad, Dios mismo nos exaltará en Su tiempo. Dice 1 Pedro 5:6:
“Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando
fuere tiempo”.
Dale la honra a
Dios.
Recibir felicitaciones acerca de tu estilo de vida
positivo o por tu buen trabajo puede ser una buena oportunidad para darle el
crédito a Dios por lo que él está haciendo en tu vida. Dice Isaías 12:5:
“Cantad salmos a Jehová, porque ha hecho cosas magníficas; sea sabido esto por
toda la tierra”. Compartir la razón de tu actitud positiva o del cambio en tu
vida, puede ser un testimonio del poder de Dios para el no creyente. Por eso
siempre debes darle la gloria al Señor. Y que todos los que están a tu
alrededor lo sepan.
Responde con el
corazón.
Comparte con la persona que te alaba cómo el halago que
te hizo afectó tu vida. Proverbios 25:11 dice: “Manzana de oro con figuras de
plata es la palabra dicha como conviene”. Muestra agradecimiento a la persona
que te hizo sentir bien y de manera amable preséntale a Aquel que produce en ti
ese comportamiento.
Agradécele a Dios
en oración.
¿Le has pedido a Dios recientemente por una motivación
para entregarte más a él y servirle? Quizás él ha contestado tu oración por
medio de las palabras de estímulo de otra persona. Recuerda agradecerle a Dios
por esos halagos en tu tiempo de oración. Hebreos 13:15 dice: “Así que,
ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir,
fruto de labios que confiesan su nombre”.
Resumiendo, debemos pensar y actuar siempre sobre la base
de que todo lo bueno que recibimos proviene de Dios, incluyendo los halagos,
los cuales pueden ser usados por el Señor tanto para probar nuestra madurez
espiritual como para impactar la vida de quien nos halaga, dependiendo de
nuestra reacción.
ORACIÓN:
Padre Santo, te ruego pongas en mí un espíritu de
humildad que no me permita exaltarme a mí mismo en nada, sino que cada vez que
me den un elogio por algo que yo haga, seas tú quien reciba la gloria y el
honor que únicamente tú te mereces. En el nombre de Jesucristo, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
¡Que Yahweh les mire con amor y les conceda la paz!
martes, 17 de junio de 2014
¿ERES AGRADECIDO CON EL SEÑOR?
¿Eres agradecido
con el Señor?
Lucas 17:11-19
“Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre
Samaria y Galilea. Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez
hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos y alzaron la voz, diciendo:
¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! Cuando él los vio, les dijo: Id,
mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.
Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a
Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y
éste era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron
limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a
Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado”.
Para entender bien lo que este pasaje nos narra, tenemos
que pensar en la vida que aquellos leprosos llevaban. En primer lugar no
existía cura para esta enfermedad, y además era muy contagiosa. Por eso estas
personas eran forzadas a vivir fuera de la villa o aldea. La ley requería que
se mantuviesen a distancia de las demás personas, y cuando el viento soplaba
del leproso hacia la persona sana la ley establecía que la distancia debía ser
por lo menos de ciento cincuenta pies. Eran víctimas del rechazo de la sociedad
en que vivían. Ni siquiera podían acercarse a sus familias, a sus hijos, a sus
amistades. ¡Qué vida tan terrible!
Aquellos hombres clamaron a Jesús desesperadamente, y a
distancia le gritaron: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” Jesús
tuvo misericordia de ellos y los sanó. Y en el mismo instante en que la lepra
desapareció, nueve de ellos, ansiosos por ser declarados limpios y por lo tanto
volver a ser aceptados por la sociedad, continuaron su camino para mostrarles a
los sacerdotes que ya ellos eran sanos y que podían vivir una vida normal. Ni
siquiera les pasó por la mente aquel que había hecho tan precioso milagro en
sus vidas. Sin duda sus pensamientos estaban concentrados en su propio beneficio
y en su corazón no había una pizca de agradecimiento. Sólo uno de ellos volvió a
donde estaba Jesús, y “se postró rostro en tierra a sus pies, dándole las
gracias”. Entonces Jesús le pregunta: “¿No son diez los que fueron limpiados? Y
los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino
este extranjero?” Casi podemos percibir la tristeza en estas palabras del
Señor. Por último le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”. No sólo fue
aquel hombre sanado de su enfermedad, sino que su agradecimiento le llevó a
recibir del Señor el regalo más precioso que un ser humano pueda recibir: la
salvación de su alma.
De diez leprosos sólo uno mostró gratitud. El mínimo
posible. Pero esto no debe extrañarnos. La falta de agradecimiento forma parte
de la naturaleza humana. En sentido general todos somos malagradecidos en mayor
o menor grado. ¿Cuántos de nosotros tomamos cada día unos minutos para decirle
a Dios: gracias por mi vida, gracias por mi salud, gracias por mi trabajo,
gracias por mi familia, gracias por tu provisión, en fin, gracias por todas las
bendiciones recibidas día tras día?
En esta vida nos suceden muchas cosas contrarias a como
deseábamos, como suponíamos, o como teníamos previsto, pero en todos los casos
debemos dar gracias a Dios, pues sus planes para sus hijos son “planes de
bienestar y no de calamidad”, dice Jeremías 29:11. Aun en los malos momentos
por los que a veces pasamos debemos ser agradecidos ya que ellos son usados por
el Señor para moldear nuestro carácter y mover las circunstancias para un final
favorable a nosotros.
A Dios le agrada que seamos agradecidos. 1 Tesalonicenses
5:18 dice: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con
vosotros en Cristo Jesús”. Demos gracias al Señor cada mañana al despertar,
gracias por el alimento de cada día, gracias porque podemos llamarle “Padre
nuestro”, gracias porque él conoce nuestras necesidades y las suple “conforme a
sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19). Recordemos cada día
el sacrificio de Jesús en la cruz que nos ha dado vida eterna, y la infinita
misericordia de Dios. Y seamos agradecidos.
ORACIÓN:
Padre santo, te ruego perdones mi ingratitud, y me ayudes
a vivir consiente de todas las bendiciones que recibo diariamente. Y que de mi
corazón salga un constante agradecimiento que llegue hasta tu trono de gracia.
En el nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
lunes, 16 de junio de 2014
¿HAS SENTIDO LA CARGA DEL ESPÍRITU SANTO PARA ORAR POR ALGUIEN?
¿Has sentido la
carga del Espíritu Santo para orar por alguien?
Juan 16:5-15
“Pero ahora voy al que me envió; y ninguno
de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas,
tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que
yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si
me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de
justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por
cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de
este mundo ha sido ya juzgado. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora
no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os
guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que
hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me
glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el
Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber”.
A medida que se acercaba el momento de su muerte, Jesús
con frecuencia se refirió al “Consolador” que él enviaría, el cual enseñaría y
capacitaría a los creyentes para una vida conforme a los planes de Dios. En
Juan 14:26, el Señor les dice a sus discípulos: “Mas el Consolador, el Espíritu
Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y
os recordará todo lo que yo os he dicho”.
Una de las principales funciones del Espíritu Santo es
ayudarnos a llevar a cabo aquello para lo cual Dios nos ha llamado. Una de sus
responsabilidades es ser nuestro asistente en la oración. Él es el que pone en
nosotros “la carga” que nos mueve a orar. Él tiene conocimiento de las
tentaciones que esperan por nosotros más adelante, o las duras experiencias por
las que tendremos que pasar. Por eso nos urge a que nos mantengamos en contacto
con nuestro Padre celestial. Cuando sientas la necesidad de orar no debes
ignorarla bajo ningún concepto. En 1 Tesalonicenses 5:19, la Biblia nos dice:
“No apaguéis al Espíritu”. Apagamos al Espíritu cuando ignoramos sus
instrucciones, cuando lo limitamos o lo estorbamos. No debemos olvidar esta
divina advertencia.
Cuando sentimos una carga o peso para que oremos por
alguien, es el Espíritu Santo obrando para darnos la oportunidad de participar
en la obra de Dios. En ocasiones hemos sentido que debemos orar por una cierta
persona en un cierto momento, y más tarde nos enteramos que esta persona estaba
en medio de una situación difícil que requería la ayuda divina. La carga en
nuestros corazones para que oremos por nosotros mismos o por otras personas es
una demostración muy especial del amor de Dios. Al movernos a la oración, él
comienza un proceso de hacernos sensibles a las circunstancias que nos rodean,
o de prepararnos para una batalla que él sabe se acerca. Debemos estar
preparados para escuchar la exhortación del Espíritu Santo y obedecer fielmente
sus instrucciones, alejándonos de todo aquello que interfiera en nuestra
comunión con Dios.
Efesios 5:18 dice: “No os embriaguéis con vino, en lo
cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu”. La única manera de
ser “llenos del Espíritu” es estableciendo una íntima comunión con nuestro
Padre celestial. Con ese fin, separa todos los días un tiempo para el Señor,
leyendo su palabra, meditando en ella y orando, y “alabando al Señor en
vuestros corazones”, como dice Efesios 5:19. La Biblia dice que “el Espíritu
nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo
sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”
(Romanos 8:26). Pide a Dios que te revele aquello por lo que debes orar. El
Espíritu Santo pondrá en tu corazón una carga por algo o por alguien a quien
Dios quiere bendecir o usar para llevar a cabo algún plan que él tiene.
Participa tú en ese plan divino siendo sensible a las instrucciones del
Espíritu Santo.
ORACIÓN:
Padre santo, por favor lléname de tu Santo Espíritu.
Ayúdame a hacer mi parte en este proceso, de manera que yo pueda disfrutar
plenamente de tu amor y de tu paz, y llegar a tener un oído sensible para
escuchar todo lo que el Consolador me diga. En el nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
domingo, 15 de junio de 2014
¿Y TÚ DE QUÉ MANERA CLAMAS A DIOS?
¿Y tú de qué
manera clamas a Dios?
Nehemías 1:4-9
"Cuando oí estas palabras me senté y
lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los
cielos. Y dije: Te ruego, oh Jehová, Dios de los cielos, fuerte, grande y
temible, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus
mandamientos; esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oír la oración
de tu siervo, que hago ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel
tus siervos; y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido
contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado. En extremo nos hemos
corrompido contra ti, y no hemos guardado los mandamientos, estatutos y
preceptos que diste a Moisés tu siervo. Acuérdate ahora de la palabra que diste
a Moisés tu siervo, diciendo: Si vosotros pecareis, yo os dispersaré por los
pueblos; pero si os volviereis a mí, y guardareis mis mandamientos, y los
pusiereis por obra, aunque vuestra dispersión fuere hasta el extremo de los
cielos, de allí os recogeré, y os traeré al lugar que escogí para hacer habitar
allí mi nombre".
A Dios le agrada que meditemos en su Palabra y guardemos
sus mandamientos. A él le encanta que aprendamos las lecciones de las sagradas
Escrituras y las pongamos en práctica en nuestro diario vivir. Y también le
complace que prestemos atención a lo que él ha prometido y a lo que él ha
advertido son las consecuencias de nuestras acciones. A través de los siglos,
el Señor ha mostrado de manera inequívoca su fidelidad al cumplimiento de sus
promesas. Dice Hebreos 10:23: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de
nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió”. Ciertamente Dios es fiel y
siempre cumple su palabra.
En el pasaje de hoy, Nehemías oró usando las mismas
palabras que Dios había pronunciado años antes, cuando se dirigió a Moisés
advirtiéndole acerca de la infidelidad y el pecado del pueblo de Israel, y
recordándole su promesa de reunirlos y llevarlos a la tierra prometida si ellos
guardaban sus mandamientos. Nehemías no estaba insinuando que Dios pudiera
haberse olvidado de sus propias declaraciones. Él simplemente confiaba en las
Escrituras y las guardaba en su corazón y en su mente. Cuando Nehemías dice a
Dios "acuérdate de la palabra que diste a Moisés", está diciendo que
él cree en esa palabra de todo corazón y que su esperanza reside en las
promesas que el Señor ha dado a su pueblo.
Una de las mejores maneras de orar y ayunar es
manteniendo la Biblia abierta, trayendo ante Dios su propia palabra, y
mostrándole a él que nuestra esperanza se basa en sus promesas. David trajo
ante Dios su pecado y lo confesó, declarando: “Porque no quieres sacrificio,
que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu
quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”
(Salmo 51:16-17). Hoy nosotros, si estamos luchando contra alguna situación
pecaminosa, podemos aferrarnos a esas mismas promesas, declararlas, hacerlas
nuestras y venir humildemente delante del Señor arrepentidos y confesando
nuestros pecados.
¿Tienes problemas económicos? Haz una prioridad tu
búsqueda del Señor, y acércate a su trono de gracia expresando las palabras de
Jesús en Mateo 6:33: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y
todas estas cosas os serán añadidas”. ¿Andan tus hijos por caminos que no son
de Dios? Si tú has creído, ora aferrándote a la promesa de Hechos 16:31: “Cree
en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”. ¿Necesitas paz y descanso
espiritual? ¿Sientes sobre ti una carga muy pesada? En Mateo 11:28, Jesús nos
dejó una preciosa promesa: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y
cargados, y yo os haré descansar". Ven al Señor en oración trayendo estas
promesas, confiando que él habrá de cumplirlas en ti plenamente.
ORACIÓN:
Amante Padre, te doy gracias por tus promesas y por tu
fidelidad. Tú has prometido descanso para todos aquellos que estamos trabajados
y cansados Has prometido suplir nuestras necesidades, y estar con tus hijos
todos los días hasta el fin del mundo. Hoy yo vengo a ti y te entrego todas mis
necesidades confiando en que tú las suplirás. En el nombre de Jesús, Amén.
“Gracia y paz”
Dios te Habla
sábado, 14 de junio de 2014
¿ESTÁS COMIENDO EL VERDADERO PAN DEL CIELO?
¿Estás comiendo el
verdadero pan del cielo?
Éxodo 16:2-4
“Y toda la congregación de los hijos de
Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto; y les decían los hijos de
Israel: Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto,
cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta
saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda
esta multitud. Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo;
y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo
pruebe si anda en mi ley, o no”.
Esta escritura nos muestra al pueblo de Israel, mientras
se desplazaban a través del desierto con rumbo a la tierra prometida después de
haber sido liberados de la esclavitud en Egipto. Ahora los israelitas tienen
hambre y comienzan a quejarse y a murmurar contra Moisés y Aarón, llegando
hasta a “añorar” los tiempos de esclavitud, y sobretodo mostrando un enorme mal
agradecimiento a Dios a pesar de todo lo que él había hecho por ellos. Sin
embargo, Dios en su inmensa misericordia, les promete que va a saciar su
hambre. Y así lo cumplió, enviándoles “pan del cielo” (el maná) todos los días.
No les faltó el alimento para su sustento durante todos los años que estuvieron
en el desierto, pero la mayoría de ellos murieron sin poder disfrutar de la
Tierra Prometida por su rebeldía y falta de fe en Dios. Todo producto de
espíritus mal alimentados, pues saciaban su hambre física pero no daban la
misma importancia al alimento espiritual.
Nos vamos 1,400 años hacia adelante en la historia, y
encontramos a Jesús enfrentándose a los mismos problemas que confrontó Moisés.
Juan capítulo 6 nos dice que en una ocasión el Señor dio de comer a más de
cinco mil personas con sólo cinco panes y dos pececillos, y después de esto
grandes multitudes le seguían, pero Jesús, conociendo sus corazones, se dirigió
a ellos diciéndoles: “De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis
visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis” (Juan 6:26).
La mayoría de los que le seguían estaban más interesados en lo material que en
lo espiritual. Entonces Jesús continuó con un consejo que tiene un valor
extraordinario: “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que
a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste
señaló Dios el Padre” (v.27).
En esta misma ocasión Jesús les recuerda la época a la
que se refiere el pasaje de hoy, y les dice: “De cierto, de cierto os digo: No
os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo.
Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.”
(Mateo 6:32-33). Seguidamente se revela a ellos como el Mesías prometido, el
alimento espiritual que tanto ellos necesitaban declarando: “Yo soy el pan de
vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá
sed jamás” (v.35). Finalmente Jesús los deja con este poderoso mensaje, el cual
resuena aun en los tiempos actuales: “De cierto, de cierto os digo: El que cree
en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el
maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para
que el que de él come, no muera” (vv.47-51). Lamentablemente, tanto en los
tiempos de Moisés como en la época del ministerio de Jesús en este mundo y
hasta en la actualidad, la tendencia del ser humano es satisfacer primeramente
sus necesidades materiales y físicas, e ignorar el aspecto espiritual, el cual
debe ocupar el primer lugar en nuestras vidas.
Cuando Satanás se acercó a Jesús en el desierto para
tentarlo (Mateo capítulo 4), sabiendo que él había ayunado durante cuarenta
días, le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”.
Y Jesús le respondió: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios”. Jesús se enfrentó al diablo con el
poder de la Palabra de Dios y éste tuvo que huir. Este poder está a nuestra
disposición, pero es imprescindible que nos hagamos el firme propósito de
buscar ansiosamente cada día “el pan de vida”, el cual encontramos en la
Palabra de Dios.
ORACIÓN:
Mi amante Padre celestial, reconozco que necesito
alimentarme espiritualmente. Te ruego pongas en mí un profundo deseo de buscar
cada día en tu Palabra, el único y verdadero pan de vida eterna: tu Hijo
Jesucristo. En su santo nombre te lo pido, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
viernes, 13 de junio de 2014
¿ESTÁS EN MEDIO DE ALGÚN PROBLEMA EN ESTOS MOMENTOS?
¿ESTÁS EN MEDIO DE ALGÚN PROBLEMA EN ESTOS MOMENTOS?
¿TE SIENTES TRISTE?
Salmo 13
"¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? ¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma, con tristezas en mi corazón cada día? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí? Mira, respóndeme, oh Jehová Dios mío; alumbra mis ojos, para que no duerma de muerte; para que no diga mi enemigo: Lo vencí. Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara. Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación. Cantaré a Jehová, porque me ha hecho bien".
Muchas veces pensamos que los cánticos de triunfo que vemos en la Biblia fueron escritos por personas que ya habían vencido sus luchas y estaban celebrando la victoria. Pero el libro de cánticos por excelencia (los Salmos), nos recuerda que la expresión victoriosa coincide muchas veces con el clamor angustiado, manifestación evidente de una fe profunda. En la primera parte del pasaje de hoy, David expresa la ansiedad y la tristeza que lo envuelven, pero, en medio de su angustia, seguidamente muestra su confianza en el Dios todopoderoso diciendo: “Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación”.
Un famoso poeta inglés del siglo XIX y autor de varios himnos, luchó con ataques frecuentes de depresión durante toda su vida. Tal vez sea por eso que sus himnos todavía nos conmueven profundamente en los momentos en que nuestra vida es sacudida por fuertes pruebas y necesitamos confiar en Dios desesperadamente. “Dios obra en maneras misteriosas” es uno de los himnos más conocidos de este poeta. Cuando oímos este himno escuchamos estas alentadoras palabras: “Oh, santo temeroso, ¡anímate! Las nubes que tanto temes llenas de misericordia están. Y sobre ti bendiciones derramarán”. En todas las luchas (mentales, físicas, emocionales o espirituales) nuestro desafío es pasar del temor de ser abrumados a la confianza de que Dios ha vencido.
La Biblia dice que Dios habita en medio de la alabanza de su pueblo (Salmo 22). Y donde Dios se encuentra no puede existir desgracia, ni depresión, ni destrucción. Cuando la luz del Espíritu Santo llega, las tinieblas desaparecen, y la tristeza y el desánimo dan lugar al gozo y la esperanza. Así lo expresa David en el Salmo 30:11: “Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría”. El cilicio era una ropa de material áspero que se usaba como señal de duelo o angustia. Dios había quitado su “cilicio” y le había vestido de “alegría”. Para David fue como la diferencia entre el llanto de un funeral y la alegría de una boda.
Hechos capítulo 16 nos cuenta que el apóstol Pablo y su discípulo Silas estaban encadenados y encerrados en un oscuro calabozo, y se pusieron a orar y a cantar himnos en alta voz. Entonces “sobrevino de momento un gran terremoto”, y se abrieron todas las puertas y se soltaron las cadenas que los ataban. Pensando que los presos se habían escapado, el carcelero se iba a matar, pero Pablo le gritó que no lo hiciera, pues todos estaban allí. Entonces el carcelero se acercó a ellos temblando de miedo y les dijo: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” Y ellos le contestaron: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”. Y esa noche, el carcelero y toda su familia creyeron y fueron salvos. La actitud de Pablo y Silas orando y cantando hizo que el gozo de la Resurrección se manifestara donde antes había pesar y muerte.
¿Estás en medio de algún problema en estos momentos? ¿Te sientes triste? ¡Anímate! No importa si te encuentras en los días más oscuros de tu vida. Comienza a cantar tu mayor alabanza a Dios. Muy probablemente tengas que hacer un gran esfuerzo, pero si lo logras, ten la seguridad que el poder de Dios se manifestará de manera perfecta en tu situación, la luz redentora de Cristo iluminará tu vida y una paz muy grande te inundará. Expresa ahora mismo con fe, como el salmista: “Cantaré a Jehová, porque me ha hecho bien".
ORACIÓN:
Padre celestial, te doy gracias porque tu poder, tu amor y tu misericordia son mucho más grandes que la mayor de las pruebas a las que yo pueda enfrentarme en mi vida. Te suplico aumentes mi fe para poder ver tus bendiciones detrás de las nubes oscuras que hay sobre mí en estos momentos. En el nombre de Jesús, Amén.
¡Gracia y Paz!
Dios te Habla
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