martes, 28 de octubre de 2014

Efesios 5:1-2



Efesios 5:1-2

"Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados; y andad en amor, así como también Cristo os amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma.…"

PON EN PRACTICA LA ORACIÓN PACIENTE


Si los jueces malos ceden ante las presiones constantes, cuánto más un Dios grande y amoroso nos responderá. Si hemos sentido su amor, podemos creer que El responderá nuestros ruegos.

Mateo 7:11
“Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?”

Lucas 11:13
“Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”


¡Gracia y Paz!

¿ERES UN HACEDOR DE LA PALABRA?



Santiago 1:22
“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”.

Un hacedor de la Palabra es...
a. bienaventurado.
b. justo ante Dios.
c. semejante al hombre que construyó su casa sobre la roca.

Un hacedor de la Palabra es bienaventurado.

Juan 13:17
"Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis"

Un hacedor de la Palabra es justo ante Dios.

Romanos 2:13
"... porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados"

Un hacedor de la Palabra es semejante al hombre que construyó su casa sobre la roca.

Lucas 6:47-48
"Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca"

La Biblia también enseña que un hacedor de la Palabra:

Es el que hace la voluntad de Dios... Mateo 7:21
Es considerado parte de la familia de Cristo... Mateo 12:50
Recibe acceso para entrar por las puertas de la ciudad santa... Apocalipsis 22:14
Permanece para siempre... 1 Juan 2:17


¡Gracia y Paz!

¿Ocupas tu tiempo como Dios manda?



¿Ocupas tu tiempo como Dios manda?

Eclesiastés 3:1-10
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz. ¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana? Yo he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él”

En este pasaje, el sabio Salomón nos muestra la conclusión a la que él llegó al estudiar las actividades, los trabajos y los propósitos que Dios ha preparado para que el hombre ocupe su tiempo. Dice el versículo 10: “Yo he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él”. Dios planeó todo perfectamente desde el mismo instante en que creó el universo. Todo va a ocurrir en un cierto momento y de acuerdo a sus leyes y principios. Y estos eventos se van a repetir como en un ciclo a través de toda la historia. Cuando el ser humano se empeña en cambiar el orden de estos acontecimientos, los resultados siempre traerán malas consecuencias.

Dice este pasaje: “¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana?” La respuesta es: Ninguno. Por eso el Señor nos manda a no afanarnos por nada. Algunos han hecho del trabajo un dios, y su prioridad es trabajar con el fin de comprar cosas. Cosas que esta sociedad de consumo trata de convencernos que son indispensables para nuestra vida. Es nuestra responsabilidad establecer prioridades de manera que hagamos todo en su debido orden y tiempo, pero debemos hacerlo conforme a la voluntad de Dios y a sus planes para nuestras vidas. En Efesios 5:15-17, se nos exhorta a andar “no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo” Y nos dice la clave para lograrlo: “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor”.

Igual, en Efesios capítulos 5 y 6, se nos menciona un cierto orden que bien pudiéramos aplicar al tiempo que tenemos disponible cada día. En primer lugar comencemos el día buscando el rostro del Señor en oración, leyendo su palabra y meditando en ella. Jesús nos exhorta a hacer de esto una prioridad en nuestras vidas. Él nos dice en Mateo 6:33: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Debemos también dedicar tiempo a la familia. Dios quiere que el esposo y la esposa disfruten de tiempo de compañerismo e intimidad; también es imprescindible compartir tiempo de calidad con los hijos, y entablar con ellos una buena relación, al mismo tiempo que les instruimos en los caminos del Señor. El tiempo en nuestro trabajo debe ser aprovechado al máximo para llevar a cabo nuestras responsabilidades eficientemente. Y por último, también debemos dedicar tiempo a servir en la iglesia de Cristo.

El rey David dijo: “Señor, en tu mano están mis tiempos” (Salmo 31:15). Tenemos que estar conscientes de que el tiempo que tenemos a nuestra disposición pertenece a Dios. Nosotros somos simplemente sus administradores. De la misma manera que cuando terminó su Creación, Dios “tomó al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase” (Génesis 2:15), él espera que nosotros administremos con efectividad el tiempo y los recursos que él nos ha dado. Sigamos fielmente sus instrucciones escritas en la Biblia y esforcémonos en obedecer su voluntad. Algún día llegará el fin de nuestro tiempo aquí en la tierra y nos encontraremos frente a frente con el Señor. Entonces daremos cuenta de la manera en que ocupamos el tiempo que tuvimos disponible durante nuestras vidas.

Oración:
Bendito Padre celestial, te ruego me ayudes a estar consciente del tiempo y de mis responsabilidades de manera que todo lo que yo haga sea conforme a tu voluntad, en el tiempo perfecto y de la manera que tú deseas, para que en todo sea glorificado tu santo nombre. Por Cristo Jesús te lo pido, Amén.

¡Gracia y Paz!

Dios te Habla

lunes, 27 de octubre de 2014

¿CÓMO CREES QUE DIOS TE DA LA SALVACIÓN, POR FE O POR OBRAS?


¿CÓMO CREES QUE DIOS TE DA LA SALVACIÓN, POR FE O POR OBRAS?

Lucas 18:9-14
“A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.

Esta escritura dice que Jesús se dirigió a unos que se creían justos y que menospreciaban a los demás considerándolos inferiores a ellos, y les contó una parábola. Esta parábola puede parecer a muchos una contradicción, pues el hombre que admitió que estaba mal fue declarado justo, mientras que el que afirmaba estar bien fue condenado porque estaba mal. Pero lo cierto es que Jesús les está enseñando el único y verdadero camino de la salvación a aquellos que creían que serían justificados por sus obras.

El fariseo representa la clase religiosa de la época, supuestamente de altos principios morales y muy virtuosos. El publicano, recaudador de impuestos, representa todo lo contrario: irreligioso, poco honesto y odiado por muchos. El fariseo se vanagloriaba a sí mismo por las “buenas” obras que él hacía, pero no mostraba ningún amor por los demás, todo lo contrario, más bien los menospreciaba. Sin embargo, el publicano no hacía mención de obra alguna que él hubiese hecho, sino que se dirigía a Dios humildemente, reconociendo que era pecador y pidiendo la misericordia divina. Este descendió a su casa justificado, dijo Jesús, mientras que el fariseo con todas sus “buenas” obras, no fue justificado. Jesús finaliza este pasaje mencionando un principio fundamental en nuestra relación con Dios: “Cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.

En su carta a los Efesios el apóstol Pablo establece con toda claridad la base fundamental de nuestra salvación. Dice Efesios 2:8-9: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. Es decir, el cielo es un “don de Dios”, un regalo producto de la gracia y la misericordia divina, el cual lo obtenemos por medio de la fe, no por las obras que hagamos, por buenas que éstas sean. Las buenas obras del cristiano son consecuencia de su salvación, no la causa de la misma. La persona que ha aceptado a Jesucristo como Salvador, es movida por el amor de Dios a hacer obras que glorifiquen su nombre.

Y en su primera carta a los corintios Pablo escribe: “Si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Corintios 13:3). En otras palabras, no importa cuántas obras buenas tú hagas, ni cuántos sacrificios realices, si no hay amor en tu corazón, de nada te sirve lo que hagas. El apóstol Juan completa este concepto cuando escribe (1 Juan 4:8): “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor”. Es decir, si no hay amor en tu corazón es porque no conoces a Dios, y todas las obras que hagas por “buenas” que sean no te van a dar la salvación de tu alma.

Si tú has aceptado a Jesucristo como Salvador, dale gracias a Dios por tu salvación. Pero si no tienes la seguridad de que si mueres hoy irás al cielo, la palabra de Dios dice “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:9-10).

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla


viernes, 24 de octubre de 2014

Romanos 14:19



Romanos 14:19
“Esforcémonos por promover todo lo que conduzca a la paz y a la mutua edificación”.

La enseñanza de este versículo es sobre la tolerancia que debemos tener entre creyentes, lo cual conlleva a la mutua edificación. Por ejemplo, si vemos que un hermano(a) de otra Iglesia e incluso de la nuestra, por sus convicciones no cree conveniente comer ciertos alimentos, no debemos menospreciarlo sino entenderlo. Quizás haya otros que piensan que deben guardar un día de reposo diferente al nuestro. Estos son los ejemplos que nos describe el apóstol Pablo.

Pero si nos ubicamos a la actualidad, pensemos en aquellos que critican a las mujeres porque tienen el pelo largo o porque lo tienen corto, porque se maquillan o porque no lo hacen. Se critica a los jóvenes por su cabellera o por su indumentaria, o porque usan un arete. Todas estas actitudes nos crean conflictos entre los miembros de la congregación. “¿Quién eres tú para juzgar…?” (v. 4). Pablo nos dice que deberíamos de ser cuidadosos cuando queramos sacar el dedo acusador: “Por tanto, dejemos de juzgarnos unos a otros. Más bien, propónganse no poner tropiezos ni obstáculos al hermano” (v. 13).

El reino de Dios, como lo dice el apóstol, no es de comidas o bebidas; no es de apegarnos a lo superfluo, es de convicciones firmes con un corazón limpio ante el Señor. El reino de Dios es de justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo (v. 17). “Por lo tanto, esforcémonos en promover todo lo que conduzca a la paz y a la mutua edificación” (v. 19).

Entendamos al débil en la fe, no creyéndonos que lo sabemos TODO y juzgando a la ligera, porque más nos demoraremos en criticar y juzgar que probablemente nosotros caer en lo mismo.


¡Gracia y Paz!

Jeremías 29:13



¡Qué tristeza y que terrible soledad sería vivir sin nuestro amado Dios! Y que invitación más grande y gloriosa tenemos en éste versículo. Aquí el Señor nos exhorta a tener una vida llena de gozo buscando su presencia cada día de nuestras vidas, pero eso no lo vamos a lograr con solo tener “buenas intenciones” ni diciendo “tal vez mañana”.

Dios recompensa nuestra sinceridad y diligencia. “Porque es el tiempo de buscar a Yahweh, hasta que venga y os enseñe justicia” (Oseas 10:12). Tenemos esta hermosa promesa de que si buscamos a Dios de todo corazón, lo encontraremos. Nuestra recompensa será tener una vida más profunda en Cristo y seremos participes del cuidado y la bendición de Dios. “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente” (Salmo 91:1).

¡Gracia y Paz!


¿POR QUÉ HAY SUFRIMIENTO EN EL CRISTIANO?



¿POR QUÉ HAY SUFRIMIENTO EN EL CRISTIANO?

1 Pedro 1:5-7
“Sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo”.

Todos los días vemos en la televisión o leamos en los periódicos noticias de accidentes que terminan con la vida de una o más personas. En todo el mundo, miles de personas están en estos momentos sufriendo por la pérdida de un ser querido. No es difícil imaginar el dolor de aquel padre o madre que recibe la trágica e inesperada noticia. Y en medio del terrible dolor muchos se preguntan: “¿Por qué Dios permite tanto sufrimiento?” Cuando ha llegado a nosotros de manera inesperada una prueba llena de dolor y sufrimiento, muchas veces preguntamos: “¿Por qué a mí?”, “¿Por qué… si yo soy cristiano?”

Preguntas como ésta abundan mucho en el vocabulario de los creyentes. Quizás inconscientemente nos aferramos a la idea de que una vez que aceptamos a Cristo como nuestro salvador, los sufrimientos y tribulaciones van a desaparecer de nuestras vidas y que todo va a marchar siempre “a pedir de boca”. Lo cierto es que no es así. La experiencia nos enseña que, al igual que los inconversos, mientras caminamos en este mundo los cristianos encontramos muchas pruebas, algunas de las cuales traen con ellas una gran dosis de dolor y pesar que afecta nuestras vidas profundamente. Realmente no debía sorprendernos, pues Jesús lo advirtió a sus discípulos, a aquellos que habían dejado todo para seguirlo, cuando les dijo: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

La Biblia nos enseña que los cristianos maduran por medio del sufrimiento. Nuestra fe se fortalece por medio de las pruebas, afirma el pasaje de hoy. La vida del cristiano es un llamado a la gloria a través de un camino de sufrimientos. Así dice 1 Pedro 5:10: “Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca”. Dios usa el sufrimiento con el fin de limpiarnos, purificarnos y prepararnos para disfrutar de la gloria junto a él. Esto es, sin duda, una parte importante del proceso de santificación.

Jesús soportó la cruz, sin importarle el dolor y la vergüenza que sufrió porque sabía que después del sufrimiento disfrutaría de un gozo extraordinario, y que volvería a sentarse junto al Padre en el trono celestial, dice Hebreos 12:2. Los cristianos, al igual que Jesús, debemos confiar y estar seguros de la victoria que nos espera adelante cuando estamos en medio del sufrimiento. El apóstol Santiago nos exhorta de la siguiente manera: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Santiago 1:2-4).

Ciertamente no hay gozo en el sufrimiento. El gozo viene después. No hubo gozo en la cruz del Calvario. El gozo se manifestó en la resurrección. Pero para que hubiese resurrección tuvo que haber muerte primero. Jesús pudo haberse librado de la cruz, pero no lo hizo por amor a nosotros. Él decidió aceptar el plan del Padre, confiar en él y obedientemente padeció el terrible e injusto sufrimiento, “por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo”, dice Filipenses 2:9. Los que hemos decidido seguir a Jesús también a veces recibimos golpes que nos sacuden; a veces desfallecemos, nos sentimos agotados y desanimados, pero nunca destruidos ni derrotados, afirma 2 Corintios 4:9. Y siempre podemos tener la seguridad de que más adelante nos espera un gozo indescriptible.

Oración:
Bendito Dios, gracias por esta enseñanza que me consuela y me da esperanza en medio de la prueba. Te confieso que no tengo fuerzas para soportar el dolor y el sufrimiento. Por favor, ayúdame a llevar mi cruz, confiando que me espera el gozo y la victoria. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y paz!

Dios te Habla

jueves, 23 de octubre de 2014

ETAPAS DE CRECIMIENTO ESPIRITUAL (1 Corintios 13:11-13)


ETAPAS DE CRECIMIENTO ESPIRITUAL (1 Corintios 13:11-13)

El Creyente Entiende que debe seguir y servir a Cristo - Mateo 16:24 (Toma su cruz y le sigue); Entiende que debe cambiar sus prioridades - Mateo 10:37 (El Señor es su prioridad); Entiende que debe producir fruto - Juan 15:2 (Para eso ha sido escogido).

Es aquel que deja atrás las cosas de la carne - 1 Corintios 3:3 (Su vida espiritual marca diferencia); Es aquel que ya ha sufrido por causa de Cristo - 1 Pedro 2:21 (Para eso fuimos llamados); Es aquel que persevera a pesar de todo - Filipenses 3:14-15 (Tiene clara su meta).

Es reconocido por su Sabiduría - Job 32:10 (Puede haber jóvenes sabios); Es reconocido por su liderazgo - 1 Timoteo 5:1-3; (Tiene la capacidad para dirigir a un grupo de personas sin importar edades o sexo); Es reconocido por su carácter - Tito 2:2-4 (El Espíritu lo ha moldeado).

Todos somos parte del mismo CUERPO - 1 Corintios 2:12 (El cuerpo es uno, con muchos miembros); Todos debemos procurar la UNIDAD - Juan 17:20-21 (Jesús oró por unidad); Todos compartimos el mismo TRABAJO - Mateo 28:18-20 (Hacer discípulos); Todos tenemos los mismos FUNDAMENTOS - Efesios 4:4-6.


¡Gracia y Paz!

ORACIÓN



¿EN QUÉ ETAPA TE ENCUENTRAS EN EL PROCESO DE SANTIFICACIÓN?



¿EN QUÉ ETAPA TE ENCUENTRAS EN EL PROCESO DE SANTIFICACIÓN?

Romanos 6:20-22
“Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna”.

La santificación es un proceso durante el cual el Espíritu Santo actúa en una persona con el fin de lograr cambios profundos en ella, limpiando la suciedad del pecado, obrando en su mente y su corazón, eliminando hábitos y costumbres mundanas, es decir ejerciendo una verdadera transformación que tiene como fin que se cumpla el objetivo fundamental de Dios de que lleguemos a ser “conformes a la imagen de su Hijo”, según dice Romanos 8:29. El proceso de santificación comienza en el momento que aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador. En ese momento “nacemos” espiritualmente, y somos sellados con el Espíritu Santo (Efesios 1:13). La función fundamental del Espíritu Santo es guiarnos y ayudarnos a llevar a cabo el proceso de santificación en nuestras vidas.

En el libro “Etapas de la Santificación” se describe lo siguiente: “La santificación es un proceso dinámico de crecimiento espiritual, durante el cual somos progresivamente liberados del poder del pecado”. Estas etapas son: El nuevo nacimiento, el bebé espiritual, el niño espiritual, el adolescente espiritual, el adulto espiritual, y el padre espiritual. En cada etapa, el creyente que va madurando encuentra nuevos desafíos, pruebas y oportunidades de crecer.

En la Santa Palabra de Dios, todas estas etapas se pueden resumir en dos períodos fundamentales: Primeramente la infancia. El apóstol Pablo escribe en 1 Corintios 13:11a: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño…” Y finalmente la etapa de un adulto espiritual, a la cual se refiere Pablo en la segunda parte de este versículo: “...mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño”. En esta última etapa se puede observar la transformación en el comportamiento de la persona. Su manera de hablar cambia; muchas cosas que antes decía ya no las dice, su vocabulario ya no es el mismo, y los demás se dan cuenta. Sus principios y valores son distintos a los de antes, y su manera de actuar es totalmente diferente.

Para aquellos que están dando los primeros pasos en esta transformación, el apóstol Pedro tiene un consejo que deben seguir al pie de la letra. Dice 1 Pedro 2:2: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación”. A medida que el creyente se alimenta con esta “leche espiritual no adulterada” (la Palabra de Dios), va creciendo espiritualmente, y progresivamente va dejando de ser un niño para llegar a la etapa de un adulto espiritual. La meta es “que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efesios 4:13-14).

¿En qué etapa te encuentras en el proceso de santificación? No olvides que Dios quiere eliminar de ti todo aquello que impide realizar su propósito de que llegues a la madurez espiritual y la santidad. Sólo tienes que permitir al Espíritu Santo que lleve a cabo en ti su obra de santificación. Entrega sin reservas tu vida a Cristo, busca una íntima comunión con Dios, escudriña su palabra, dedica tiempo a la oración, busca oportunidades de servir al Señor. Comenzarás a experimentar cambios profundos en tu vida, y te irás pareciendo cada vez más a Jesucristo.

Oración:
Amante Padre celestial, yo quiero caminar en santidad para glorificar tu nombre. Por favor ayúdame a rendirme a la acción transformadora de tu Espíritu, de manera que el proceso de santificación se lleve a cabo en mi vida conforme a tus planes. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!
Dios te Habla


miércoles, 22 de octubre de 2014

ORACIÓN


DEDIQUEMOS A DIOS UN TIEMPO AL AMANECER....


¿SABES DEMOSTRAR EL AMOR A DIOS?



¿SABES DEMOSTRAR EL AMOR A DIOS?

Juan 14:21
“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él”.

Un famoso consejero familiar cristiano con frecuencia comienza sus conferencias con la pregunta: “¿Qué fortalece sus relaciones y qué las debilita?” Exhorta sobre la necesidad de que ambos cónyuges deben demostrar su amor por el otro con hechos más que con palabras. Esto, indudablemente, enriquece y fortalece grandemente la relación.

La Biblia nos muestra un principio similar al referirse a nuestra relación con Dios. En primer lugar conocemos del indescriptible amor de Dios cuando leemos en Romanos 5:8 que “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. No existe una mayor prueba de este amor “que excede a todo conocimiento” (Efesios 3:19) que entregar a su hijo al sufrimiento y la muerte en la cruz con el fin de salvar de la condenación eterna a todos aquellos que le habían dado la espalda. Pero no sólo eso, sino que el Señor tiene planes de bienestar y prosperidad para sus hijos, es decir aquellos que han creído en su Hijo y lo han aceptado como salvador, dice Jeremías 29:11.

¿Cómo podemos nosotros corresponder a ese amor? La Biblia está llena de pasajes que nos enseñan diferentes formas de expresarle a Dios el amor que sentimos por él. Una de ellas es por medio de nuestra obediencia. En el pasaje de hoy Jesús dice: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama”. Es decir, el que ama al Señor es aquel que no solamente conoce sus mandamientos sino que los obedece. En otras palabras, el verdadero amor se manifiesta con hechos más que con palabras. Así dice Santiago 1:22: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”.

También mostramos amor a Dios consolando a los que sufren y haciendo buenas obras a aquellos que nos rodean. El apóstol Santiago escribe en su epístola que la religión pura delante de Dios es esta: “Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27). Es decir, hechos más que solamente palabras expresan mucho mejor el amor que proviene del Espíritu Santo, y que por lo tanto agrada a nuestro Padre celestial. Cuando le damos ánimo a alguien en medio de una situación difícil, agradamos a Dios, y así le mostramos nuestro amor. Cada vez que de alguna manera ayudamos a un necesitado, estamos demostrando al Señor que le amamos.

Finalmente, demostramos nuestro amor al Señor cuando pasamos tiempo con él diariamente. No hay señal más evidente de amor por una persona que desear estar a su lado el mayor tiempo posible. David expresa su amor por Dios, y nos exhorta a que lo hagamos nosotros cuando nos dice: “Deléitate asimismo en el Señor, y él te concederá las peticiones de tu corazón” (Salmo 37:4). Deleitarse es sentir una gran satisfacción o placer al hacer algo. Si de verdad amamos al Señor, disfrutaremos plenamente de su compañía. Y Dios a su vez manifestará su amor concediéndonos los deseos de nuestro corazón. Dice 1 Corintios 2:9: “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”. Ciertamente no podemos imaginar todas las bendiciones que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman y le buscan cada día de todo corazón, pero debemos creerlo porque lo dice su Palabra.

Hagámonos el propósito de mostrar nuestro amor a Dios buscando su rostro en oración cada día de nuestras vidas, leyendo su Santa Palabra, meditando en ella y poniéndola en práctica en toda ocasión que se nos presente. La paz y el gozo de su Espíritu nos inundarán y seremos sumamente bendecidos. Es su promesa.

ORACIÓN:
Mi amado Padre celestial, te ruego pongas en mi corazón el fuego de tu Espíritu para amarte con la pasión y el fervor que tú mereces, y ayúdame a demostrarte mi amor amando a los demás de la manera en que tú me amas a mí. En el nombre de Jesús, Amén.

¡Gracia y Paz!

Dios te Habla